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—¿Tomaba algo más su señora?

—No. El marido de la señorita Bella, el médico extranjero, le trajo un día un frasco de algo, pero aunque la señora se lo agradeció muy cortésmente, tiró el contenido. ¡Y yo sé bien por qué! Creo que estuvo muy acertada. No sabe una qué es lo que puede pasar tomando cosas extranjeras.

—La señora Tanios vio cómo su tía tiraba la medicina al lavabo, ¿verdad?

—Si, y me temo que se sintió ofendida por ello; pobre señora. Lo siento, también, porque no hay duda de que había buena intención por parte del doctor Tanios.

—Sin duda, sin duda. Supongo que las medicinas sobrantes se tiraron después de la muerte de la señorita Arundell. ¿verdad?

Ellen pareció sorprendida por la pregunta.

—Pues, sí, señor. La enfermera tiró algunas y la señorita Lawson puso las demás en el botiquín del cuarto de baño.

—¿Guardaba ahí las... ejem... las «Cápsulas Hepáticas del doctor Loughbarrow»?

—No; se guardaban en el armario que hay en uno de los rincones del comedor, para tenerlas a mano después de las comidas.

—¿Qué enfermera cuidó de la señorita Arundell? ¿Puede darme su nombre y señas?

Ellen se los proporcionó inmediatamente.

Poirot continuó formulando preguntas sobre la última enfermedad de la señorita Arundell.

Ellen le dio los detalles con minuciosidad, describiendo las náuseas, el dolor, el ataque de ictericia y el delirio final. No sé si Poirot extrajo algún indicio de todo aquel catálogo. Escuchó con bastante paciencia y de vez en cuando intercaló alguna pregunta, por lo general acerca de la señorita Lawson y del tiempo que solía estar en la habitación de la enferma. Se interesó también, a mi juicio con exceso, por el régimen a que estuvo sometida la señorita Arundell, comparándolo con el que siguió un difunto e inexistente pariente suyo.

Viendo que ambos se estaban divirtiendo mucho con aquella charla, salí otra vez al vestíbulo. Bob estaba durmiendo en el descansillo de la escalera, con la pelota bajo su quijada.

Silbé y se levantó rápidamente. Sin embargo, esta vez no dejó aparte su dignidad ofendida y se entretuvo un rato en hacer como si fuera a lanzarme la pelota, aunque reteniéndola en el último instante.

—Chasqueado, ¿verdad? —parecía decir—. Bueno, dejaré que la cojas otra vez.

Cuando volví al saloncito, Poirot estaba hablando del doctor Tanios y de su inesperada visita el domingo antes de que muriera la señorita Arundell.

—Sí, señor. El señorito Charles y la señorita Theresa salieron a dar un paseo. Estoy segura de que no esperaban al doctor Tanios. La señorita estaba reposando un poco y se quedó sorprendida cuando le dije quién había venido.

«¿El doctor Tanios? —dijo—. ¿Ha venido su señora con él?» Le contesté que el caballero había venido solo. Después me ordenó que le dijera que bajaría al momento.

—¿Estuvo aquí mucho tiempo?

—No llegó a una hora, señor. No parecía muy contento cuando se marchó.

—¿Tiene usted idea del... ejem... motivo de su visita?

—No, señor.

—¿No oyó usted nada?

—No; no oí nada, señor. No me gusta escuchar detrás de las puertas... y no me importa lo que la gente pueda hacer... ¡cosa que muchos debieran saber mejor!

—¡Oh, no me ha comprendido usted! —Poirot se disculpó vehementemente—. Sólo quería decir que quizá sirvió usted el té mientras el caballero estuvo aquí, pues de ser así, difícilmente hubiera podido evitar el oír lo que él y su señora estaban hablando.

Ellen se suavizó.

—Lo siento, señor. No lo comprendí. No, el doctor Tanios no se quedó a tomar el té.

—Y si deseara saber por qué vino ese día... bueno, ¿sería posible que la señorita Lawson lo supiera? ¿Qué le parece?

—Pues si no lo sabe ella, no lo sabe nadie —rezongó Ellen dando un resoplido.

—Déjeme ver —Poirot frunció el entrecejo como si tratara de recordar—. La habitación de la señorita Lawson... ¿está al lado de la que ocupaba la señorita Arundell?

—No, señor. El cuarto de la señorita Lawson está justamente al comienzo de la escalera. Se lo puedo enseñar si gusta, señor.

Poirot aceptó el ofrecimiento. Al subir se arrimó a la pared y cuando llegamos arriba lanzó una exclamación y se inclinó, palpando la pernera del pantalón.

—Vaya; me he hecho un desgarrón... Ah, sí; aquí hay un clavo en el rodapié.

—Sí, hay uno, señor. Creo que no lo debieron clavar bien. El vestido se me ha quedado enganchado en él una o dos veces.

—¿Hace mucho tiempo que está así?

—Me parece que ya hace tiempo, señor. Me di cuenta cuando la señora estuvo en la cama después del accidente. Probé de quitarlo, pero no pude.

—Me parece que tuvo atado un hilo.

—Eso es, señor. Tenía un lacito de cordel, lo recuerdo. Nunca comprendí su objeto.

No había huella de sospecha en la voz de Ellen. Para ella era uno de esos incidentes que pasan en las casas y respecto a los cuales no vale la pena perder el tiempo buscándoles explicación.

Poirot entró en la habitación que le interesaba. Era da regulares dimensiones. Tenía dos ventanas frente a la puerta de entrada. Había una vestidura en un rincón y entre las ventanas un armario con un gran espejo. La cama estaba a la derecha, detrás de la puerta. Adosada a la pared de la izquierda se veía una magnífica cómoda de caoba y un lavabo con piedra de mármol.

Poirot dio una ojeada a la habitación, con aspecto pensativo, y luego salió otra vez al descansillo de la escalera. Se dirigió por el pasillo adelante, pasando entre dos dormitorios y entró en la espaciosa habitación que perteneció a Emily Arundell.

—La enfermera ocupó el cuartito contiguo —explicó Ellen.

Poirot asintió.

Cuando bajamos por la escalera, preguntó si podíamos dar una vuelta por el jardín.

—Sí, señor. ¡No faltaba más! Está muy bonito ahora.

—¿Trabaja aquí todavía el jardinero?

—¿Angus? Sí, señor. Angus está aquí todavía. La señorita Lawson quiere que todo se conserve en buenas condiciones, pues así podrá venderse con más facilidad.

—Me parece muy acertado. No es muy prudente dejar que se estropee un sitio así.

El jardín era un lugar apacible y hermoso. Los anchos arriates estaban atestados de lupinos, adelfas y grandes amapolas encarnadas. Las peonías estaban floreciendo. Deambulamos por los senderos y llegamos a un cobertizo lleno de macetas, donde estaba trabajando un hombre bastante viejo, robusto y tosco. Nos saludó respetuosamente y Poirot empezó a charlar con él.

La mención de que habíamos visto a Charles aquel mismo día rompió el hielo y el viejo se volvió más locuaz.

—¡Siempre ha sido una buena pieza, sí, señor! Una vez vino corriendo a refugiarse aquí con medio pastel de grosella, mientras la cocinera lo perseguía dando unos gritos terribles. Cuando volvió a casa el chico puso tal cara de inocencia que hizo pensar que aquello lo había hecho el gato, aunque nunca oí que a los gatos les gusten las tartas de grosella. ¡Es una buena pieza el señorito Charles!

—Estuvo aquí el pasado mes de abril, ¿no es cierto?

—Sí, vino en dos ocasiones. Pero antes de que muriera la señora.

—¿Lo vio muchas veces entonces?

—Algunas. Desde luego. Aquí no hay muchas diversiones para un joven. Solía visitar «The George», donde tomaba unas copas, y luego venía aquí y me hacía varias preguntas sobre muchas cosas.

—¿Acerca de las flores?

—Sí... flores... y sobre gusanos también —cloqueó el viejo.

—¿Gusanos?

La voz de Poirot tenía una repentina nota de atención. Volvió la cabeza y miró inquisitivamente a los estantes. Su mirada se detuvo sobre un bote de hojalata.