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En casa. Al oír esas palabras recordó que no había llamado a Adele en ningún momento. Y ella tampoco lo había llamado a él. Cogió el móvil y marcó el número de casa. Contestó Giovanni. -La señora no está, señor. Se fue ayer por la mañana. -¿Adonde? -A Taormina, para una convención. ¿Por qué no le había hablado de eso? Una convención se prepara con meses de antelación. Seguro que ella ya estaba decidida a ir la última vez que se habían visto. A lo mejor había una explicación. -Páseme a Daniele. -El señorito ha acompañado a la señora. He ahí la explicación, la que él imaginaba. -¿Cuándo regresan? -Esta tarde. A tiempo para su salida de la clínica, que, sin embargo, ignoraban que se había aplazado. Si no hubiera llamado al criado, no habría sabido nada de aquella excursión porque con toda seguridad ellos no se la habrían comentado. -Giovanni, como todavía voy a quedarme aquí unos cuantos días, necesitaría que me trajera ropa limpia. Tome nota. Así que Adele y Daniele no habían perdido tiempo en aprovechar su ausencia. ¿Por qué le dolía? ¿Por qué se indignaba? ¿Acaso no lo había sabido siempre?

Se quedó toda la mañana tumbado. Hacia las tres sonó el móvil, que tenía en la me-sita de noche. Se sobresaltó, pues no se lo esperaba. Le pareció que el aparato hacía más ruido que una charanga. -Esperaba encontrarte en casa, pero Giovanni me ha dicho… -Pues sí, tengo que quedarme unos días más. -Pero ¿por qué? -Pasado mañana me operan. -¿Te operan? ¿De qué? -Me han encontrado un tumor. -¡Oh, Dios mío! Pero ¡qué dices! -La voz le cambió totalmente. -Mira, no te alteres. De Caro me ha dicho que… -¿Hasta qué hora están autorizadas las visitas? -No lo sé. -Voy enseguida. -No. El «no» le salió impulsivamente. Oyó con toda claridad que ella, a causa del asombro, respiraba afanosamente, emitiendo una especie de sollozo. -¿Por qué? -No vengas. -¿Te has vuelto loco? ¿Por qué no…? -No me gustaría verte aquí. -Pero es que yo tengo muchas ganas de… -Pues yo no. -Estaré sólo cinco minutos. -No. Prefiero disfrutar pensando que te encontraré en casa cuando vuelva. ¿Me comprendes? -En absoluto. Pero si no quieres… -Así me gusta. Después de la operación, en cuanto esté en condiciones de hacerlo, te llamo. ¿De acuerdo? -Si a ti te parece bien… Desconectó el móvil, temiendo que ella volviera a llamar para insistir. No lo había hecho despechado por su breve escapada con Daniele. Pero es que la contemplación de Adele en aquel ambiente aséptico, ajeno, carente de intimidad, lo habría molestado mucho. De ella tenía una imagen que deseaba conservar intacta; no quería que se le superpusiera otra, la de la esposa que visita al marido enfermo con cara de circunstancias y aspecto insignificante… Además, ¿para qué iba a ir? Se sentaría en la silla de metal, quizá conseguiría derramar unas lágrimas y… ¿de qué hablarían? Por supuesto, él no podría preguntarle los detalles de su excursión a Taormina. Paradójicamente, más que en la clínica, habría preferido verla en el motel Regina. Seguro que allí habría estado menos incómoda. Dos días después, a las siete de la mañana se presentó un enfermero para prepararlo para la operación. Esa vez no sintió la menor vergüenza.

El profesor le dijo que la operación había ido muy bien. Estaba el latazo del catéter, pero uno se acostumbraba. -Pasado mañana podrá irse a casa. Antes de que se vaya, vendré a despedirme. El no notaba nada, sólo se sentía un poco aturdido. Llamó a Adele. -Lo sé todo -le dijo ella alegremente-. La operación ha ido muy bien. ¿Cómo se las había arreglado para saberlo? -¿Quién te lo ha dicho? -He llamado a De Caro. -¿Lo conoces? -No. Pero su mujer pertenece a nuestra asociación. Pasado mañana irá a recogerte Giovanni. Llámalo cuando estén a punto de darte el alta. Por desgracia, yo tengo una reunión a la que no puedo faltar; de lo contrario iría. ¿Tienes a mano el talonario de cheques? Siempre exacta y atenta su mujer. Dios nos libre de que se retrasara en un pago, faltara a una cita, llegara tarde, se olvidara de algo por nimio que fuera. Y sobre todo, siempre con el atuendo adecuado para la ocasión. Le entraron ganas de no afeitarse; así, en cuanto lo viera, Adele le dirigiría una mirada de reproche.

Al día siguiente hubo una desagradable novedad. La enfermera lo despertó a las siete de la mañana, cuando él pensaba quedarse acostado hasta muy tarde porque estaba convaleciente y aún se sentía débil. -¿Qué pasa? -Hay que repetir las radiografías. ¡¿Cómo?! ¿Empezaban otra vez? Más que preocuparse, se puso nervioso. -¿Puedo saber por qué? -A mí no me lo pregunte. Yo hago lo que me dicen que haga. ¿Necesita ir al lavabo? -Sí. -Vaya, pero no se lave. Lo lavaré yo. No debe permanecer demasiado rato de pie. A aquellas alturas, la vergüenza ya era un lejano recuerdo.

Por la tarde no lo molestaron. Si hubiera querido, habría podido trabajar con los papeles de las sociedades financieras, pero no tenía ganas. ¿Qué significaban aquellas nuevas radiografías? ¿No le habían hecho ya de todo el cuerpo, incluidos los pulmones? ¿Por qué esta vez se habían limitado a los pulmones? ¿Qué buscaban? ¿Había complicaciones? En determinado momento no resistió más y llamó a la enfermera. -¿Podría hablar con el profesor De Caro? -Por regla general, ningún paciente puede requerir al profesor. Y aunque yo quisiera hacer una excepción, no podría: el profesor está operando. Sin embargo, ahora le había entrado una angustia insoportable. ¿Cómo trataban así a un enfermo, sin darle ninguna explicación? ¿Y si llamaba a Adele para que solicitara información? No, no era el caso. Recordó a Caruana. Tuvo la suerte de que se lo pasaran enseguida. -¿Qué hay? Todo bien, ¿no? De Caro es un amigo, me tiene informado. -Iba bien. Pero esta mañana han vuelto a sacarme placas de los pulmones. -¿Y bien? -Quisiera saber por qué. -¿Quieres que se lo pregunte a De Caro? -Te lo agradecería. En este momento está operando. -Eso significa que hablaré con él dentro de un par de horas. Quédate tranquilo, que en cuanto tenga noticias te llamo al móvil. Pero Caruana no llamó, y cuando él lo telefoneó a su casa sobre las diez de la noche, su mujer le dijo que aún no había regresado. Marcó el número del consultorio y el teléfono sonó en vano. Lo llamó al móvil y estaba apagado. Pasó una noche infame.

Por la mañana, se levantó de la cama a las siete sin que ninguna enfermera lo hubiera despertado. Eso lo tranquilizó bastante. Significaba que no habría contraórdenes, que en cuestión de unas horas saldría. Fue al lavabo, se lavó, se afeitó, se vistió, recogió sus efectos personales y los guardó en la maleta, incluidas las dos carpetas. A las ocho menos diez volvió a llamar a Caruana. Esta vez el teléfono sonó un buen rato en vano. ¿Sería posible que tampoco su mujer estuviera en casa? ¿O es que Caruana no quería hablar con él? No tuvo el valor de llamarlo al móvil. Seguro que lo tendría apagado. Después, sin saber qué hacer, se sentó y encendió el televisor por primera vez en todos aquellos días. A las nueve se presentó en la habitación una guapa joven que no iba vestida de enfermera. -El profesor lo espera en su despacho dentro de media hora. Puede dejar la maleta aquí. La mandaré bajar a la recepción. Si entretanto quiere pasar por administración… Se alegró. Si lo dejaban salir es que las radiografías de la víspera las habían hecho en vano. Por consiguiente, si Caruana no lo había llamado ni había contestado a sus llamadas, significaba simplemente que estaba demasiado ocupado. La factura ya estaba preparada. Firmó un talón, pidió que le explicaran dónde estaba el despacho del profesor, tomó el ascensor, bajó dos pisos, encontró la puerta y llamó con los nudillos. Una voz femenina le dijo que entrara, y se encontró delante de la guapa chica de antes, sentada detrás de un escritorio. -Voy a ver si el profesor puede atenderlo. Se levantó, abrió una puerta y la cerró a su espalda. Volvió a salir un minuto después. -Pase.