XXIII
la estación Allende es una de esas estaciones de campo con unos cuantos paisanos, un jefe en mangas de camisa, una volanta y unos tarros de leche.
Me irritaron dos hechos: la ausencia de María y la presencia de un chofer.
Apenas descendí, se me acercó y me preguntó:
– ¿ Usted es el señor Castel?
– No -respondí serenamente-. No soy el señor Castel.
En seguida pensé que iba a ser difícil esperar en la estación el tren de vuelta; podría tardar medio día o cosa así. Resolví, con malhumor, reconocer mi identidad.
– Sí -agregué, casi inmediatamente-, soy el señor Castel.
El chofer me miró con asombro.
– Tome -le dije, entregándole mi valija y mi caja de pintura.
Caminamos hasta el auto.
– La señora María ha tenido una indisposición -me explicó el hombre.
"¡Una indisposición!", murmuré con sorna. ¡Cómo conocía esos subterfugios! Nuevamente me acometió la idea de volverme a Buenos Aires, pero ahora, además de la espera del tren había otro hecho: la necesidad de convencer al chofer de que yo no era, efectivamente, Castel o, quizá, la necesidad de convencerlo de que, si bien era el señor Castel, no era loco. Medité rápidamente en las diferentes posibilidades que se me presentaban y llegué a la conclusión de que, en cualquier caso, sería difícil convencer al chofer. Decidí dejarme arrastrar a la estancia. Además, ¿qué pasaría en caso de volverme? Era fácil de prever porque sería la repetición de muchas situaciones anteriores: me quedaría con mi rabia, aumentada por la imposibilidad de descargarla en María, sufriría horriblemente por no verla, no podría trabajar, y todo en honor a una hipotética mortificación de María. Y digo hipotética porque jamás pude comprobar si verdaderamente la mortificaban esa clase de represalias.
Hunter tenía cierto parecido con Allende (creo haber dicho ya que son primos); era alto, moreno, más bien flaco; pero de mirada escurridiza. "Este hombre es un abúlico y un hipócrita", pensé. Este pensamiento me alegró (al menos así lo creí en ese instante).
Me recibió con una cortesía irónica y me presentó a una mujer flaca que fumaba con una boquilla larguísima. Tenía acento parisiense, se llamaba Mimí Allende, era malvada y miope.
¿Pero dónde diablos se habría metido María? ¿Estaría indispuesta de verdad, entonces? Yo estaba tan ansioso que me había olvidado casi de la presencia de esos entes. Pero al recordar de pronto mi situación, me di bruscamente vuelta, en dirección a Hunter, para controlarlo. Es un método que da excelentes resultados con individuos de este género.
Hunter estaba escrutándome con ojos irónicos, que trató de cambiar instantáneamente.
– María tuvo una indisposición y se ha recostado -dijo-. Pero creo que bajará pronto.
Me maldije mentalmente por distraerme: con aquella gente era necesario estar en constante guardia; además, tenía el firme propósito de levantar un censo de sus formas de pensar, de sus chistes, de sus reacciones, de sus sentimientos: todo me era de gran utilidad con María. Me dispuse, pues, a escuchar y ver y traté de hacerlo en el mejor estado de ánimo posible. Volví a pensar que me alegraba el aspecto de general hipocresía de Hunter y la flaca. Sin embargo, mi estado de ánimo era sombrío.
– Así que usted es pintor -dijo la mujer miope, mirándome con los ojos semicerrados, como se hace cuando hay viento con tierra. Ese gesto, provocado seguramente por su deseo de mejorar la miopía sin anteojos (como si con anteojos pudiera ser más fea) aumentaba su aire de insolencia e hipocresía.
– Sí, señora -respondí con rabia. Tenía la certeza de que era señorita.
– Castel es un magnífico pintor -explicó el otro.
Después agregó una serie de idioteces a manera de elogio, repitiendo esas pavadas que los críticos escribían sobre mí cada vez que había una exposición: "sólido", etcétera. No puedo negar que al repetir esos lugares comunes revelaba cierto sentido del humor. Vi que Mimí volvía a examinarme con los ojitos semicerrados y me puse bastante nervioso, pensando que hablaría de mí. Aún no la conocía bien.
– ¿Qué pintores prefiere? -me preguntó como quien está tomando examen.
No, ahora que recuerdo, eso me lo preguntó después que bajamos. Apenas me presentó a esa mujer, que estaba sentada en el jardín, cerca de una mesa donde se habían puesto las cosas para el té, Hunter me llevó adentro, a la pieza que me habían destinado. Mientras subíamos (la casa tenía dos pisos) me explicó que la casa, con algunas mejoras, era casi la misma que había construido el abuelo en el viejo casco de la estancia del bisabuelo. "¿Y a mí qué me importa?", pensaba yo. Era evidente que el tipo quería mostrarse sencillo y franco, aunque ignoro con qué objeto. Mientras él decía algo de un reloj de sol o de algo con sol, yo pensaba que María quizá debía estar en alguna de las habitaciones de arriba. Quizá por mi cara escrutadora, Hunter me dijo:
– Acá hay varios dormitorios. En realidad la casa es bastante cómoda, aunque está hecha con un criterio muy gracioso.
Recordé que Hunter era arquitecto. Habría que ver qué entendía por construcciones no graciosas.
– Este es el viejo dormitorio del abuelo y ahora lo ocupo yo -me explicó señalando el del medio, que estaba frente a la escalera.
Después me abrió la puerta de un dormitorio.
– Este es su cuarto -explicó.
Me dejó solo en la pieza y dijo que me esperaría abajo para el té. Apenas quedé solo, mi corazón comenzó a latir con fuerza pues pensé que María podría estar en cualquiera de esos dormitorios, quizá en el cuarto de al lado. Parado en medio de la pieza, no sabía qué hacer. Tuve una idea: me acerqué a la pared que daba al otro dormitorio (no al de Hunter) y golpeé suavemente con mi puño. Esperé respuesta, pero no me contestó. Salí al corredor, miré si no había nadie, me acerqué a la puerta de al lado y mientras sentía una gran agitación levanté el puño para golpear. No tuve valor y volví casi corriendo a mi cuarto. Después decidí bajar al jardín. Estaba muy desorientado.
XXIV
fue una vez en la mesa que la flaca me preguntó a qué pintores prefería. Cité torpemente algunos nombres: Van Gogh, el Greco. Me miró con ironía y dijo, como para sí:
– Tiens. Después agregó:
– A mí me disgusta la gente demasiado grande. Te diré -prosiguió dirigiéndose a Hunter- que esos tipos como Miguel Ángel o el Greco me molestan. ¡ Es tan agresiva la grandeza y el dramatismo! ¿No crees que es casi mala educación? Yo creo que el artista debería imponerse el deber de no llamar jamás la atención. Me indignan los excesos de dramatismo y de originalidad. Fíjate que ser original es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás, lo que me parece de gusto muy dudoso. Creo que si yo pintase o escribiese haría cosas que no llamasen la atención en ningún momento.
– No lo pongo en duda -comentó Hunter con malignidad.
Después agregó:
– Estoy seguro de que no te gustaría escribir, por ejemplo, Los hermanos Karamazov.
– Quelle horreur! -exclamó Mimí, dirigiendo los ojitos hacia el cielo. Después completó su pensamiento-: Todos parecen nouveaux-riches de la conciencia, incluso ese moine ¿cómo se llama?… Zozime.
– ¿Por qué no decís Zózimo, Mimí? A menos que te decidas a decirlo en ruso.
– Ya empiezas con tus tonterías puristas. Ya sabes que los nombres rusos pueden decirse de muchas maneras. Como decía aquel personaje de una farce: "Tolstói o Tolstuá, que de las dos maneras se puede y se debe decir."