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– ¿Qué proponéis que hagamos cuando nos reunamos con ese Laisre? -inquirió Eadulf-. Me refiero a los cadáveres. ¿Tenéis en mente exigirle una explicación?

– Habláis como si dierais por sentado que es culpable.

– Parece una suposición lógica.

– Las suposiciones no son hechos.

– Entonces, ¿qué pensáis hacer?

– ¿Qué pienso hacer? -se preguntó Fidelma, frunciendo el ceño-. Pues seguir el consejo de mi hermano: guárdate de lo que digas, cuándo y a quién.

Capítulo 4

Apenas habían avanzado un kilómetro y medio a través del valle, cuando oyeron caballos acercándose. Justo delante de ellos había un acceso a lo que parecía un barranco, que se abría entre dos cerros de granito, donde el camino desaparecía. El ruido de cascos procedía claramente de esa dirección.

Eadulf, que aún estaba asqueado por la visión que había presenciado, miró a su alrededor de inmediato para buscar refugio, pero no encontró dónde.

Fidelma frenó el caballo y aguardó con tranquilidad, a la espera de que aparecieran los jinetes, y le ordenó con sequedad que hiciera lo mismo.

Momentos después, una columna de unos veinte guerreros apareció por el desfiladero para salir a la llanura que se extendía ante ellos. El jefe del grupo, una figura esbelta, los vio enseguida y, sin vacilar, guió a la columna a todo galope hasta liegar frente a ellos. Entonces, como si reaccionaran a una señal imperceptible incluso para el observador más experimentado, el grupo de caballos se detuvo en medio de una polvareda, entre resoplidos y algún que otro relincho quejumbroso.

Fidelma entrecerró los ojos al examinar al cabecilla de los jinetes. Era una mujer delgada de unos treinta años. Su cabellera rizada, casi negra como el azabache, le caía sobre los hombros. Una fina espiral de plata le cruzaba la frente y concedía al cabello cierta apariencia de orden. Iba ataviada con una capa; a un lado llevaba una larga vaina con una espada, y una daga a la derecha, ambas labradas. El rostro de la mujer era ligeramente redondo, casi con forma de corazón, e incluso atractivo. Sus labios eran gruesos y rojos; su piel, extremadamente blanca. Tenía los ojos oscuros, y desprendían un destello desafiante.

– ¡Forasteros! -exclamó con una voz ronca que contrastaba con su aspecto-, Y además cristianos. Os conozco por vuestro atuendo. ¡Sabed que aquí no sois bienvenidos!

Fidelma apretó los labios ante la descortesía de la acogida.

– Al señor de este reino no le gustaría saber que no soy bien recibida aquí -contestó con serenidad.

Sólo Eadulf reconoció el enfado que subyacía bajo aquel tono sosegado.

La mujer de cabellos oscuros torció el gesto.

– Me temo que estáis equivocada, mujer del dios de Cristo. Estáis hablando con su hermana.

Fidelma se limitó a levantar una ceja para preguntar con cinismo e incredulidad:

– ¿Decís ser la hermana del rey de este reino?

– Soy Orla, hermana de Laisre, el regente de este reino.

– Ah -exclamó Fidelma al ver que la mujer no había entendido bien el concepto de «rey»-. No me refiero a Laisre, jefe de Gleann Geis; hablo del rey de Cashel, ante el cual Laisre debe rendir pleitesía.

– Cashel queda muy lejos de aquí -le espetó la mujer con enfado.

– Pero el dominio de Cashel es firme y seguro, y extiende la justicia hasta los lugares más recónditos del reino.

Fidelma habló con tal firmeza y confianza, que Orla bajó los párpados con recelo. Parecía que no estaba acostumbrada a que le contestaran con confianza ni como a una igual.

– ¿Quién sois, mujer, que os adentráis al reino de Laisre con tal displicencia? -preguntó, lanzando una mirada desdeñosa a Eadulf, que esperaba detrás de Fidelma en silencio-. ¿Y quién sois vos para traer a este reino a un clérigo extranjero?

Un guerrero corpulento de la columna de jinetes se adelantó. Era un hombre feo de barba poblada, con una cicatriz sobre el ojo, la marca de una antigua herida.

– Señora, no es necesario hacer más preguntas a estos extranjeros que visten las togas afeminadas de su extraña religión. Dejadles dar media vuelta y marchar o permitid que yo mismo los guíe.

Orla, la mujer, le clavó la mirada con irritación.

– Cuando necesite ayuda, Artgal, os consultaré -lo reprendió y, tras la orden, se volvió hacia Fidelma sin alterar la expresión hostil de sus rasgos-. Hablad, mujer, y decidme quién osa aleccionar a la hermana del jefe de Gleann Geis, competencia de su hermano.

– Soy Fidelma… Fidelma de Cashel.

Ya fuera con intención o sin ella, Fidelma hizo un discreto movimiento desde la silla, con el que asomó la cruz de la Cadena de Oro, que ocultaba entre los pliegues de la ropa. El reflejo del sol sobre el metal atrajo la mirada de Orla, que abrió los ojos perceptiblemente al reconocerla.

– ¿Fidelma de Cashel? -repitió Orla con vacilación-. ¿Fidelma, hermana de Colgú, rey de Muman?

Fidelma no se molestó en contestar, pues dio por sentado que Orla ya sabía la repuesta.

– Vuestro hermano, Laisre, espera mi embajada desde Cashel -prosiguió, como si no le interesara la reacción que había provocado.

Se dio la vuelta para extraer de las alforjas el bastón blanco con el ciervo de oro en un extremo, símbolo de su embajada del rey de Cashel.

Todos guardaron silencio, mientras Orla contemplaba el bastón, maravillada.

– ¿Aceptáis el bastón blanco o preferís la espada? -preguntó Fidelma con el esbozo de una sonrisa en el rostro.

Los enviados que llegaban a un territorio hostil presentaban bien el bastón, bien la espada, a modo de reto simbólico en son de paz o de guerra.

– Mi hermano espera a un representante de Cashel -reconoció Orla despacio, levantando los ojos del bastón para mirar a Fidelma con un gesto inseguro.

Había respeto en su voz.

– Pero el representante debería estar cualificado para negociar con Laisre en cuestiones eclesiásticas. Alguien cualificado para…

Fidelma contuvo un suspiro de impaciencia.

– Soy abogada del tribunal brehon, con el título de anruth, que me cualifica. Soy el negociador que espera, y llevo la palabra de mi hermano, Colgú, su rey.

Orla no pudo disimular su asombro. El título de anruth era sólo un grado inferior al máximo que concedían las universidades eclesiásticas y seglares de Irlanda. Fidelma podía caminar y hablar con los reyes, incluso con el rey supremo, y, cómo no, con jefes menores.

La mujer de cabellos negros tragó saliva y, aunque estaba claramente impresionada, no alteró la expresión dura y hostil de su rostro.

– Como representante de Laisre de Gleann Geis, os doy la bienvenida, techtaire.

Eadulf tardó un momento en reconocer la antigua palabra para «enviado».

– No obstante, como representante de la nueva religión de Cristo no sois bien recibida en este lugar -añadió-. Ni tampoco el extranjero que os acompaña.

Fidelma se inclinó y dijo con voz firme y clara:

– ¿Supone esto una amenaza? ¿Acaso las leyes sagradas de hospitalidad están derogadas en el reino de Laisre? ¿Aceptáis la espada en vez de esto?

Fidelma empuñó el bastón otra vez, mostrándolo a Orla con un movimiento casi agresivo. El sol destelló con intensidad sobre la figurilla de oro.

Orla enrojeció y levantó la barbilla, desafiante.

– No pretendo amenazar vuestra vida. Ni siquiera la suya -dijo, señalando a Eadulf con la cabeza-. Ni tú ni el extranjero sufriréis daño alguno mientras le deis vuestra protección. En Gleann Geis no somos bárbaros. Por ley, los enviados son sagrados e inviolables, y se les trata con sumo respeto, aunque sean acérrimos enemigos.

Eadulf estaba inquieto, pues tras aquellas palabras seguía habiendo una seria amenaza.