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Fidelma no se dejó apocar. Decidió ser directa:

– ¿Qué trae al Obispo de Armagh por este remoto rincón del reino de mi hermano?

Solin se sirvió una taza de aguamiel de la jarra que había sobre la mesa.

– ¿Acaso Cashel prohibe la presencia de clérigos errantes?

– Eso no es una respuesta -contestó Fidelma-. Creo que poco se os puede considerar peregrinator pro Cristo.

Solin la miró con enfado.

– Hermana, creo que os olvidáis de quién sois. Como secretario de Ultan… -protestó.

– No poseéis privilegios de rango con respecto a mí. Soy enviada de mi hermano, rey de Cashel. ¿A qué habéis venido?

Por un momento, la sangre se agolpó en la cara de Solin al tratar de contener la ira que sentía por un comentario tan osado. Cuando recuperó la compostura, añadió:

– Ultan de Armagh me ha enviado a los rincones más remotos de los cinco reinos para averiguar cómo prospera la Fe. Me ha enviado con presentes para distribuir entre…

La puerta volvió a abrirse con brusquedad.

Era Orla. Entró con una expresión de enfado que le arrugaba los rasgos.

– ¿Qué significa esto? -soltó-. Estáis haciendo esperar a mi hermano. ¿Ésta es la cortesía que Cashel muestra a los jefes de su reino?

Solin se levantó sonriendo.

– Ahora precisamente estaba intentando convencer a la hermana para que me acompañara a la sala consistorial del jefe -dijo con lisonja-. Parecía más interesada en los motivos de mi presencia en Gleann Geis.

Fidelma abrió la boca para defenderse de la falacia, pero la cerró inmediatamente y no dijo nada. Se volvió hacia Orla para enfrentarse a su enfado y su mirada pétrea.

– Estoy lista. Después de vos.

Orla alzó una ceja, desconcertada por la altanera expresión de Fidelma, ya que no estaba acostumbrada a que desafiaran su autoridad. Sin decir nada más, los guió a todos al exterior. Eadulf y Solin iban detrás.

El mayor de los edificios de la ráth albergaba las estancias de Laisre. Se trataba de un edificio de tres plantas situado en la parte central; a través de una gran puerta se accedía a una enorme sala de recepción con corredores que daban a izquierda y derecha, y una escalera de piedra que conducía a las dependencias de la planta de arriba. Una elevada puerta interior daba acceso a una estancia de gran tamaño. Era una sala humeante de techo alto, en la que había varias personas reunidas. Las paredes estaban cubiertas con unos tapices de gran tamaño, y del techo colgaban unas lámparas que iluminaban el lugar, aunque el fuego principal, donde ardían varios troncos, proyectaba una intensa luz resplandeciente que concedía aquel aspecto humeante a la atmósfera.

Dos lebreles estaban echados cuan largos eran junto al fuego crepitante. Junto a uno de ellos había una gran silla de roble con ornamentos tallados. Apiñados en torno a ésta había varios hombres y mujeres del círculo inmediato al jefe. Dos guerreros custodiaban la puerta interior y un tercero estaba de pie, detrás de la silla oficial. Fidelma reconoció al tercer guerrero como el hombre de barba negra al que llamaban Artgal, y que acompañaba a Orla en el primer encuentro con Eadulf y ella.

No habría sido difícil identificar a Laisre, el jefe de Gleann Geis, aun si no hubiera estado sentado a sus anchas en la gran silla de roble. Era fácil reconocerlo sabiendo que Orla era su hermana, ya que el parecido era increíble. Tenía la misma estructura del rostro, los mismos ojos y cabellos oscuros y la misma forma de gesticular que Orla. Incluso llevando un bigote largo y ralo, Fidelma habría pensado que eran dos guisantes de la misma vaina. De hecho, al observarlo más de cerca, se percató de que acaso Orla y él eran gemelos. Era un hombre de rasgos esbeltos y hermosos, y quizá tenía el defecto de saberlo. No respondía, ni mucho menos, a la imagen que Fidelma se había forjado de un jefe pagano de Cashel; había imaginado a un hombre salvaje y rebelde. No obstante, aun siendo pagano, Laisre tenía mucho aplomo, era de maneras impecables y hacía ostentación de ello.

Cuando Orla entró en la sala acompañando a los invitados, Laisre se levantó de la silla oficial y avanzó para recibir a Fidelma como muestra de respeto a su rango, del cual su hermana ya le habría informado. Laisre le tendió la mano.

– Sois bien recibida aquí, Fidelma de Cashel. Confío en que vuestro hermano, el rey, esté bien.

– Así es, a Dios gracias -contestó Fidelma automáticamente.

Uno de los hombres de la sala profirió una exclamación contenida. Fidelma dirigió una mirada inquisitiva en dirección al grupo.

Laisre hizo una mueca de disculpa. Sus ojos reflejaban cierto sentido del humor.

– Muchos de los presentes se preguntarán a qué dios os referís.

Fidelma dio con el hombre que había lanzado el frustrado bufido. Era alto y delgado, de cabello entrecano; vestía una toga de varios colores, con bordados de hilo de oro; y de su cuello colgaba una cadena oficial de oro. Sus facciones recordaban las de un ave, era escuálido, con una nuez prominente que subía y bajaba al tragar, cosa que, al parecer, hacía con frecuencia. Tenía unos ojos negros y profundos, impasibles cual serpiente, que ardían con intensa emoción.

– Murgal tiene derecho a expresar su opinión -observó Fidelma sin alterarse, volviéndose a Laisre.

Ella sabía que aquel hombre no daría crédito a lo que acababa de oír. Incluso a Laisre le sorprendió que fuera capaz de identificar a Murgal.

– ¿Conocéis a Murgal? -preguntó el jefe, vacilante, incapaz de entender la simple lógica que le había permitido identificarlo.

Fidelma contuvo una sonrisa de satisfacción provocada por el efecto que había causado.

– Seguramente todos conocen la reputación de Murgal, y saben que es un hombre con principios y cultura… así como un hombre correcto -respondió Fidelma con solemnidad, dispuesta a aprovechar tantas ventajas como pudiera antes de iniciar las negociaciones con Laisre.

La mejor manera de empezar era desconcertando a los adversarios. Fidelma había hecho una mera deducción. Orla había alardeado de Murgal, el brehony druida de su hermano. De hecho, nunca había oído hablar de él, pero, ¿quién sino estaría tan cerca del jefe, y con una cadena oficial como aquélla? Había acertado por azar, y en la sala consistorial de Gleann Geis se rumorearía sobre los conocimientos que tenía la enviada de Cashel.

Murgal había apretado los labios. La miraba con los párpados entornados, sopesando sus facultades como adversaria.

Aquel primer enfrentamiento no tuvo más trascendencia para ninguno de los presentes, salvo para Fidelma y Murgal.

– Venid, Murgal, y saludad a la enviada y hermana de Colgú de Cashel -ordenó Laisre.

El hombre alto dio unos pasos adelante e hizo y una reverencia con cierta deferencia con respecto al rango de ella.

– Yo también he oído hablar de Fidelma, hija de Faílbe Fland de Cashel -saludó con un extraño susurro, un tono ligeramente silbante, como si padeciera asma-. Vuestra fama os precede. Todavía estáis en la memoria de los Uí Fidgente, pues a vos atribuyen la derrota que sufrieron el pasado invierno.

¿Conllevaban aquellas palabras alguna amenaza?

– La derrota de los Uí Fidgente, después de que intentaran derrocar al rey legítimo de Cashel, se debió a la vanidad y avaricia de su gente -respondió Fidelma con serenidad-. Han sido castigados por ello con justicia. Sin embargo, como su servidora leal, me complace que aquellos que alimentan la traición contra Cashel sean descubiertos, así como estoy segura de que le complace a Laisre, servidor real de mi hermano, Colgú.

Murgal abrió y cerró los párpados lentamente, como si estuviera cansado y necesitara cerrarlos. Empezaba a darse cuenta de que se hallaba ante una adversaria astuta y perspicaz a la que habría que tratar con habilidad y discreción.

– Vuestros principios son dignos de admiración… la seguridad o el conocimiento de que servís a una causa justa frente al mal ha de ser sin duda un consuelo -dijo.