Выбрать главу

Fidelma iba a contestarle, cuando Laisre, con una sonrisa en la boca, la tomó del brazo y la volvió de espaldas a Murgal, diciendo:

– Lo cierto es que no hay nada malo en los principios, aunque a menudo es más fácil luchar por un principio que adherirse a sus preceptos. Venid, Fidelma, permitidme que os presente a mi tánaiste, Colla, esposo de mi hermana Orla.

El hombre que estaba junto a Orla dio un paso adelante e inclinó la cabeza para saludarla. El tánaiste era el nombre dado al heredero elegido en todas las tribus del reino. Colla era de la misma edad que Laisre, pero le sacaba una cabeza. Era evidente que era un hombre de acción: tenía complexión de guerrero, y una piel tostada por el sol que contrastaba con la fiereza de sus cabellos cobrizos y de unos claros ojos azules. No era guapo, pero poseía un sutil atractivo masculino, que Fidelma advirtió. Quizá fueran sus ademanes, una suerte de fuerza interior, o la leve sonrisa de su rostro, que le hacía parecer de trato fácil y afable, aunque sin menoscabo de la fuerza de carácter para un ojo atento. Vestía la guarnición militar, y llevaba la espada a la manera de un soldado.

– Me alegra que hayáis llegado sana y salva, Fidelma -saludó con una voz cavernosa que de entrada la asustó-. Mi esposa, Orla, me ha contado los detalles del horror que habéis encontrado en la cañada, y os aseguro que haré cuanto esté en mis manos para hallar a los culpables y hacer justicia. La razón de esa matanza sin sentido debe descubrirse, ya que no da una buena imagen de nuestro pueblo.

Fidelma lo miró con gravedad y luego preguntó en un tono inocente:

– ¿Por qué decís que fue una matanza sin sentido?

El tánaiste dio un respingo, sorprendido.

– No sé a qué os referís.

– Si conocéis la razón por la que se hizo, ¿por qué decís que fue una matanza sin sentido? -explicó con detalle.

Se hizo un silencio incómodo durante unos momentos, hasta que Colla se encogió de hombros y contestó:

– Es una forma de hablar…

Una risotada lo interrumpió. Laisre estaba alborozado.

– Sois sagaz, Fidelma. La negociación será interesante. Pero debo decir que, cuando Orla y Artgal nos informaron de este asunto, todos quedamos perplejos. No se ha sabido nada de los Uí Fidgente desde que el ejército de vuestro hermano los derrotó en la colina de Aine el pasado año. Hasta entonces, ellos habían sido los únicos jinetes hostiles de estas tierras. Algunas tribus al otro lado del valle perdieron muchos de sus rebaños a causa de varios asaltos. Pero, ¿quién iba a querer matar a unos forasteros, y de esa forma? ¿Quiénes son los forasteros a los que han asesinado? ¿De dónde eran? Por lo visto, hasta ahora nadie ha podido dar una respuesta a estas desconcertantes preguntas.

Fidelma mostró un interés repentino:

– ¿Sabemos a ciencia cierta que son forasteros?

Laisre estaba muy seguro de sí mismo.

– Artgal ha examinado meticulosamente cada uno de los cuerpos. Nuestra población no es tan grande para pasar por alto la ausencia de unos treinta hombres. Y no reconoció a ninguno.

– De hecho, eran treinta y tres -corrigió Fidelma, volviéndose intencionadamente hacia Murgal-. Treinta y tres cuerpos. Treinta y tres es un número extraño. Treinta y tres, distribuidos en un círculo en el sentido de la trayectoria del sol. Cada uno de los cuerpos había sufrido tres formas de muerte distintas: la Triple Muerte.

En la sala consistorial se impuso un silencio lúgubre; un silencio tal que, por encima del crepitar del fuego, hasta podían oírse los resoplidos de uno de los lebreles. Nadie dijo nada. Todos sabían qué representaba lo que había dicho Fidelma. El simbolismo significaba mucho para quienes seguían las antiguas formas de adoración. Finalmente, Murgal dio un paso adelante.

– Hablad, enviada de Cashel, pues me ha parecido vislumbrar una acusación velada en tus palabras.

Laisre miró a su brehon con incomodidad.

– Yo no he oído ninguna acusación, Murgal -lo reprendió-. Luego, volviéndose hacia Fidelma prosiguió con calma-. La idea de que nosotros, los que seguimos la antigua religión, realizamos sacrificios humanos, que es lo que oído predicar a algunos clérigos de vuestra Fe, es mera palabrería. Incluso en las historias que se cuentan sobre la adoración del ídolo Cromm, se decía que fueron los druidas quienes se alzaron contra el rey Tigernmas, el que introdujera el culto a Cromm, y ellos fueron quienes lo aniquilaron y, con él, aquella vil adoración.

– No obstante -insistió Fidelma-, me limito a señalar el simbolismo de las muertes. Y tal simbolismo nos conduce inevitablemente a hacernos ciertas preguntas que requieren una respuesta.

Orla, que se había colocado junto a su esposo, resopló con desaprobación.

– Ya he explicado a Fidelma de Cashel que no puede buscar la responsabilidad de estas muertes en Gleann Geis.

– No pretendo insinuar que la responsabilidad recaiga sobre Gleann Geis. Sé que la responsabilidad recae sobre otro lugar. Querría pediros permiso para retirarme de vuestro Consejo por unos días para iniciar una investigación de inmediato, antes de que el viento y la lluvia borren las huellas.

Saltaba a la vista que a Laisre no le hizo gracia la propuesta. Aun así, Colla habló por él.

– Es evidente que hay mucho por discutir sobre Gleann Geis y Cashel -se aventuró a decir, hablando directamente a Laisre-. Las negociaciones son importantes. No hay tiempo que perder. Por tanto, permitidme, mi señor, hacer una propuesta. Dadme permiso para salir del valle con media docena de guerreros e investigar lo ocurrido en lugar de Fidelma de Cashel. Mientras ella concluye la misión que la trajo a Gleann Geis, yo averiguaré cuanto pueda de las muertes y regresaré a informarla de ello.

Laisre parecía aliviado con la propuesta.

– Una idea excelente. Estamos de acuerdo.

Fidelma estaba a punto de expresar su insatisfacción y señalar que, como cualificada dálaigh de los tribunales que era, tenía más experiencia en la resolución de aquel tipo de asuntos que el tánaiste, pero el jefe continuó:

– Sí, disponed de lo necesario, Colla. Llevaos a Artgal y a tantos hombres como creáis necesarios. No partiréis hasta el alba, así que esta noche organizaremos un banquete para dar la bienvenida a la enviada de Cashel, como teníamos previsto -sólo entonces se volvió de nuevo hacia Fidelma-. Un plan de acción encomiable, ¿no os parece, Fidelma de Cashel?

Fidelma se disponía a expresar su desacuerdo cuando Murgal la volvió a interrumpir con un tono de satisfacción en sus palabras:

– Estoy seguro de que Colla descubrirá que nada de lo ocurrido está relacionado con Gleann Geis.

Fidelma lo miró con irritación.

– Estoy convencida de que vuestro tánaiste lo averiguará.

Murgal le devolvió la mirada sabiendo qué insinuaba. Era evidente que consideró por un momento si debía entender el comentario como una ofensa directa, pero ella le dio la espalda para esconder su enojo por no haber podido cumplir su propósito.

Eadulf estaba algo preocupado y se preguntaba si Fidelma insistiría más en el asunto. No hacía falta tener mucho sentido común para advertir que el jefe de Gleann Geis no iba a conceder permiso alguno a Fidelma para abandonar las negociaciones e investigar la muerte de aquellos hombres. Por suerte, a Eadulf le pareció que Fidelma también se había dado cuenta de que así sería, ya que inclinó la cabeza en señal de que aceptaba la situación.

– Muy bien, Laisre -dijo-. Aceptaré esta propuesta. Tendré que dar cuenta a mi hermano cuando regrese a Cashel, de manera que todo cuanto Colla descubra, por muy insignificante que sea para él, será de interés para mí.