Выбрать главу

– ¿Con qué propósito?

– No estoy seguro. Quizás en realidad intentaba advertirme de que era mejor si viajaba solo que con vos.

Fidelma estaba intrigada.

– ¿Os ha amenazado?

– No creo que fuera una amenaza… o no exactamente.

– Entonces, ¿exactamente qué?

– Hablaba con abstracciones hipotéticas, de manera que yo no supiera muy bien a qué se refería en realidad. Sólo sé que no os quiere bien.

– En tal caso vigilaremos al hermano Solin de cerca. Debemos averiguar qué pretende.

– Que pretende algo, lo doy por sentado, Fidelma -afirmó Eadulf.

Fidelma guardó silencio un instante antes de hablar.

– Según me han dicho, este banquete será un acto formal. Sabéis que hay un protocolo de asiento en tales encuentros, ¿verdad?

– He pasado el tiempo suficiente en Eireann para saberlo -reconoció.

– Muy bien. Entonces yo me sentaré con Laisre y su familia inmediata por el simple hecho de que soy la hermana del rey de Cashel. Imagino que el hermano Solin se sentará con los ollamhsy los eruditos como Murgal. A vos, seguramente os sentarán a la misma mesa que el joven escriba del hermano Solin, el hermano Dianach, que además de joven es inexperto. Intentad sonsacarle qué mueve a su superior. Estaría más tranquila si supiera qué es exactamente lo que ha traído al hermano Solin a Gleann Geis.

– Haré lo que pueda, Fidelma. Yo me encargaré de eso.

Fidelma quedó pensativa un momento, apretando los labios.

– Eadulf, creía que esta negociación iba a ser pan comido. Ahora ya no estoy tan segura. Detrás de todo esto hay algo extraño, que debemos descubrir.

Una tos amanerada les interrumpió. Tan enfrascados estaban en la conversación, que no advirtieron la presencia de un guerrero que se les había acercado. El hombre estaba a unos pocos metros de ellos, mirándolos con una expresión burlona. Era el mismo guerrero que había saludado a Orla a su entrada en la fortaleza.

– Hermana, os he visto a vos y al hermano aquí de pie y me preguntaba si necesitabais algo -preguntó.

– No, sólo estábamos tomando un poco el aire antes del banquete -explicó Eadulf.

Fidelma miraba al guerrero con interés, fijándose por primera vez en sus facciones. Era un hombre de aspecto fuerte, cabello rubio como el maíz y ojos azul claro. Tenía poco más de treinta años. Llevaba un bigote largo a la antigua usanza, que le colgaba a ambos lados de la boca, sobre la mandíbula, lo que le hacía parecer mayor. Tenía buen porte.

– ¿Por qué os dirigís a mí como «hermana»? -preguntó Fidelma inesperadamente-. Quienes no son adeptos a la Fe no tienen costumbre de hacerlo.

El guerrero posó la mirada sobre la suya un momento, lanzó otra fugaz a Eadulf y volvió a mirarla. Luego escrutó a lo largo de la pasarela por temor a que nadie le oyera, antes de introducir la mano en la camisa y sacar algo colgado de una correa de cuero. Era un crucifijo pequeño de bronce.

Fidelma lo miró pensativamente.

– ¿Así que sois cristiano?

El hombre asintió y volvió a guardar el crucifijo.

– Somos más de los que a Murgal le gustaría reconocer, hermana -respondió-. Mi madre vino aquí para casarse con un hombre de Gleann Geis y, al crecer, me educó en secreto bajo los dictados de la fe cristiana.

– ¿De modo que, cuando Laisre ha dicho que quería una iglesia y una escuela para la comunidad cristiana del lugar -reflexionó Eadulf-, no mentía?

El guerrero rubio movió la cabeza y dijo:

– No, hermano. Hace muchos años que nuestra comunidad pide al jefe y al Consejo que nos permita atender nuestras necesidades. Hasta ahora siempre se habían negado. Luego supimos que Laisre se había puesto en contacto con Imleach y Cashel para tal propósito. Una buena noticia para nosotros.

– ¿Y cómo os llamáis? -preguntó Fidelma.

– Me llamo Rudgal, hermana.

– Y, como veo, sois guerrero.

Rudgal soltó una risita.

– En Gleann Geis no hay guerreros profesionales. Soy carrero de oficio, pero acudo a Laisre cada vez que necesita mis servicios como guerrero. Aquí cada hombre sigue su propia vocación. Incluso Artgal, a quien Laisre tiene como escolta principal, tiene su oficio: es herrero.

Fidelma recordó lo que le había dicho Orla.

– ¿Y por qué os habéis dado a conocer, Rudgal? -preguntó Eadulf.

Rudgal lanzó a los dos una rápida mirada.

– Por si puedo serviros en algo. Acudid a mí en caso de que necesitéis algo; siempre que pueda ayudaros, lo haré.

Oyeron el sonido de un cuerno cercano. Rudgal hizo una mueca y dijo:

– ¡Ah, la llamada! Debemos dirigirnos a la sala del banquete.

Eadulf, al igual que Fidelma, tenía la impresión de que Laisre era estrictamente tradicional. Todos se habían congregado en la inmensa antesala de la sala consistorial de la ráth. Habían convertido el lugar en una sala de festejos. Tres oficiales al servicio de Laisre accedieron antes que nadie a la sala. Murgal, como consejero oficial de Laisre, un bottscare, o supervisor, para regular el orden de precedencia de quienes iban a tomar asiento, y el trompetero ofearstuic. Al sonido del siguiente toque aislado de trompeta, entraron el escudero de Laisre y demás portadores de los escudos y estandartes de los guerreros de Laisre. Entonces colgaron los escudos en unas perchas de la pared, sobre las sillas, según el rango de quien iba a sentarse.

Al tercer toque, los portadores de los emblemas de quienes poseían rangos menores entraron y dejaron los distintivos allí donde se sentaría cada invitado. Al final, con el último toque de trompeta, pasaron los invitados y cada uno se sentó bajo el escudo o emblema que le correspondía. De este modo se evitaba cualquier disputa indecorosa por el lugar que debía ocupar cada uno. Ni hombres ni mujeres se sentaron de cara, por lo que sólo ocuparon un lado de la mesa. Eadulf observó que la norma más estricta consistía en seguir con rigidez un orden de prioridades.

En la sala habían instalado grandes tablones de madera a modo de mesas. El supervisor de Laisre no dejó de ir de acá para allá, hasta comprobar que cada persona estaba sentada donde le correspondía por rango. En ocasiones -o eso le habían contado a Eadulf-, de todos era sabido que podían entablarse discusiones en cuanto a las posiciones que cada uno debía ocupar durante el banquete.

En la mesa principal estaba Fidelma, sentada junto a Laisre, pues le correspondía por derecho por ser una princesa Eóghanacht. Al otro lado del jefe estaba Orla y su hija, Esnad. A lo largo de cada lado se sentaban otros miembros de la familia del jefe. Los guerreros estaban sentados a otras mesas; los hombres de intelecto, como Solin y Murgal, junto con otros a los que Eadulf no supo identificar, estaban en otra mesa. Al parecer, a la mesa de Eadulf se sentaban los invitados de menor rango profesional. Los subjefes y otros funcionarios estaban agrupados en otra mesa más.

Eadulf reparó en que el escriba del hermano Solin, el hermano Dianach, había sido asignado a su izquierda, tal cual Fidelma había predicho. Decidió entablar conversación comentando que aquella costumbre de sentar a los invitados le era ajena. El joven movió la cabeza y superó su aparente timidez para reconvenir a Eadulf por la crítica que subyacía en el comentario.

– En la época de mi padre, fue precisamente la posición que ocupó Congal Cloén, por debajo de la que le correspondía, en el banquete de Dún na nGéid, el motivo principal de la batalla de Magh Ráth -dijo con calma y seriedad.

Eadulf decidió seguir rompiendo el hielo.

– ¿Qué batalla fue ésa?

– Fue la batalla en que el rey supremo Domnall mac Aedo aniquiló a Congal y a sus aliados, los Dál Riada al otro lado de las aguas -contestó el joven escriba.

Un anciano sentado en el lado contrario de Dianach, que se había presentado como Mel, escriba de Murgal, intervino: