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– La verdadera cuestión es que la batalla marcó el derrocamiento de la antigua religión entre los grandes reyes del norte -dijo con desaprobación-. Cierto que se sostuvo una discusión acerca del insulto que representaba haber sentado a Congal donde no le correspondía en la mesa de invitados. Pero según dicen los grandes jefes de Ulaidh, hacía mucho que se resistían a la Fe y al rey cristiano Domnall mac Aedo, que pretendían imponerles. Sus diferencias terminaron con la victoria de Domnall mac Aedo en Magh Ráth. A partir de entonces, la antigua Fe quedó reducida a los clanes pequeños y aislados.

El joven escriba, el hermano Dianach, intentó reprimir un escalofrío y se santiguó.

– Bien es cierto que la Fe triunfó tras la batalla de Magh Ráth -concedió- y gracias a Dios. Cuentan que, justo antes del banquete, dos horribles espectros negros, un hombre y una mujer, se aparecieron ante la asamblea y, tras devorar grandes cantidades de comida, se desvanecieron. Dejaron una funesta influencia. Hasta tal punto fue así, que el rey Domnall tuvo que guiar a las fuerzas de Cristo contra las fuerzas del Demonio. Y así venció, ¡Deo favente!

El escriba mayor soltó una risa socarrona.

– ¿Cuándo decís que tuvo lugar? -preguntó Eadulf al muchacho, desoyendo al anciano, en aparente muestra de solidaridad.

– En los tiempos de mi padre; hace unas tres décadas, cuando era un joven guerrero. Perdió el brazo derecho en Magh Ráth.

Entonces Eadulf cayó en la cuenta de que ya había oído hablar de la batalla: la había estudiado en Tuam Brecain. En aquella universidad eclesiástica, había un profesor de avanzada edad llamado Cenn Faelad. Era profesor de derecho irlandés, pero además había escrito una gramática de la lengua de Eireann, que a Eadulf le había servido mucho para ampliar sus conocimientos de la lengua en cuestión. Cenn Faelad cojeaba y, en cierta ocasión en la que Eadulf había insistido, aquél le había revelado que de joven le habían herido en una batalla que Eadulf, al no haber oído bien el nombre, creía que se llamaba «Moira». Dado que Tuam Brecain era una reconocida universidad destacada en medicina, y además tenía un profesorado experto en derecho y estudios eclesiásticos, habían llevado allí a Cenn Faelad, y el abad, un cirujano cualificado, le ayudó a recuperar la salud. Cenn Faelad se quedó allí para hacer carrera en derecho y no en la guerra, y así se convirtió en uno de los brehons de los cinco reinos. Cuando Eadulf se disponía a contarle aquello a su compañero para seguir con la conversación, lo interrumpieron.

Laisre se puso en pie, y el trompetero dio un último toque. A Eadulf se le ocurrió que tal vez Laisre iba a decir Deo gratias para bendecir la comida, pero enseguida se percató del error. Laisre se limitó a dar la bienvenida formal a sus invitados, como dictaba la tradición.

Poco después, entraron los sirvientes cargando enormes bandejas de comida y cántaros de vino y aguamiel. Eadulf se fijó en que los platos calientes que iban entrando también se iban entregando formalmente, siguiendo una pauta jerárquica. Se reservaban determinados pedazos de carne asada a algunos jefes, oficiales y profesionales, de acuerdo con su posición. Los dáilemain, trinchadores o repartidores de comida, pasaban por las mesas ofreciendo pedazos de carne asada a cada comensal. Ellos mismos sujetaban la carne con los dedos de la mano izquierda, y cortaban la pieza que preferían con un cuchillo. Cada persona debía tener el cuidado de respetar la parte de la carne que cortaban. Era una grave ofensa cortar inadvertidamente una parte reservada a otro. Incluso había una ley -había explicado a Eadulf el hermano Dianach, cuya locuacidad iba en aumento- que penalizaba a quien cortaba el curathmir o bocado del héroe, una parte especial, reservada para la persona a la cual se reconocía como autora de la mayor y más valiente proeza de entre los invitados.

Después de la carne caliente, se sirvieron platos de pan, pescado y fiambres, así como cuencos llenos de fruta, todo ello acompañado de cántaros de vino importado o jarras de cerveza y aguamiel del lugar. El hecho de que Gleann Geis pudiera permitirse importar vino -aunque Eadulf consideró que no era un vino especialmente bueno o que, cuando menos, había perdido sus propiedades durante el viaje desde Galia- era motivo de orgullo para su jefe. Eadulf ya se había tomado dos copas de vino, antes de darse cuenta de que le dejaba un sabor amargo en la boca y decidir que prefería beber la rica aguamiel del lugar.

Se entregó un lambrat, una servilleta, a cada persona para que pudieran limpiarse las manos al final de la cena.

En el transcurso de la comida, Eadulf hizo cuanto pudo para sonsacar al joven clérigo los motivos por los que él y el hermano Solin habían viajado hasta allí. El joven, con una inocencia que hizo pensar a Eadulf que acaso fuera fingida, parecía más interesado en hacerle preguntas sobre la vida en los reinos anglosajones y, después de saber que Eadulf había estado en Roma, no respondió a nada hasta que Eadulf le hubo hablado de la ciudad y sus magníficas iglesias. Al final, Eadulf poco averiguó y, dado que el vino le había amargado la cena, bebió más aguamiel de la cuenta. El joven clérigo había tenido la sensatez de empezar con una jarra de cerveza, que hizo durar hasta el final, pues no tomaba más que pequeños sorbos.

– Mi padre fue guerrero del Dál Fiatach en el reino de Ulaidh, hasta que perdió el brazo en Magh Ráth -dijo al fin el hermano Dianach para responder a la insistencia de Eadulf, ya que, de hecho, la complacencia a la que se había abandonado había hecho perder toda sutileza a sus preguntas-. Pero eso pasó mucho antes de que yo naciera. Me enviaron a Armagh para estudiar con los religiosos, y allí aprendí a ejercer de escriba.

– Pero, ¿por qué vinisteis aquí?

– Por el hermano Solin -respondió el joven en un tono inocente, para exasperación de Eadulf.

– Eso ya lo sé, pero, ¿por qué os eligieron para acompañar al hermano Solin?

– Porque soy un buen escriba, supongo -contestó el hermano Dianach-. Y porque estoy sano: el viaje desde Armagh a este reino es muy largo.

– ¿Y por qué enviaron al hermano Solin? -preguntó Eadulf para animarlo a continuar.

El joven suspiró ante la insistencia de Eadulf sobre aquella pregunta concreta.

– Eso sólo lo sabe el hermano Solin. Mi superior me llamó y dijo que estaría bajo las órdenes del hermano Solin con mi estilo y demás bártulos, y que acatara cuanto me pidiera.

– Seguro que te dijeron más cosas -dijo Eadulf en un tono exigente que el alcohol hacía parecer agresivo.

– Tan sólo que íbamos a realizar un largo viaje y que me preparara para tal. Me dijeron que estaría haciendo el trabajo de Dios y de Armagh.

– ¿Y el hermano Solin no os explicó nada sobre el propósito de vuestro viaje? Ni siquiera un simple comentario de pasada.

El hermano Dianach movió la cabeza con resolución para responder que no.

– Pero seguro que teníais curiosidad por saberlo, ¿no? -insistió Eadulf como un perro que roe un hueso.

– ¿Por qué estáis tan interesado en el asunto del hermano Solin? -preguntó el joven, viéndose obligado a hacerlo-. El hermano Solin dice que la curiosidad, además de la ambición, son dos azotes de un alma desasosegada.

Eadulf estaba exasperado, aunque se daba cuenta de que había llevado la cuestión demasiado lejos.

– Sin duda, aquel que carece de curiosidad es un enemigo del conocimiento. ¿Cómo va a aprenderse nada sin curiosidad? -respondió a la defensiva.

El hermano Dianach miró con menosprecio la tez enardecida de Eadulf. No quiso hablar más del asunto, de manera que se volvió de cara a Mel, el anciano escriba, y desatendió al sajón, el cual se sintió de pronto algo ridículo. No había bebido tanto para haber perdido la sensibilidad. Se maldijo por haber mezclado un vino tan malo con un aguamiel tan fuerte.