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En la mesa principal, Fidelma sabía que era de mala educación plantear a Laisre o a sus tánaistes asuntos relacionados con las negociaciones previstas. En la sala de festejos, por tradición, las armas, la política y los negocios se dejaban en la puerta. Así que Fidelma había mostrado interés por la historia del pueblo de Gleann Geis, pues quería aprender cuanto pudiera sobre las distintas partes del país. No obstante, la conversación fue reservada y forzada, por lo que en cierto modo agradeció la entrada de unos músicos en la sala.

Laisre había explicado que, a diferencia de muchos jefes, él rehusaba la presencia de músicos durante el banquete. Sólo una vez terminada la comida les permitía la entrada para que entretuvieran a los invitados.

– La música durante la comida es un insulto, tanto para los cocineros como para los músicos, y anula la conversación -explicó.

Mientras se hacía circular más vino y aguamiel entre los invitados, entró un arpista a la sala con un cruit, o arpa de mano, y se sentó de piernas cruzadas delante del jefe, al otro lado de la mesa. Tocó una melodía enérgica con unos dedos hábiles, que se movían a un ritmo asombroso de tan complejo, mo dulándolos con perfecta armonía, y completando las cadencias con sonoridad, si bien con delicadeza. Las notas más altas, que sostenían los tonos más graves de las cuerdas bajas, resultaban agradables.

Al final de la pieza, Orla se inclinó sobre Fidelma para decirle:

– Como podéis apreciar, incluso nosotros, pobres paganos, disfrutamos de nuestra propia música.

Fidelma hizo caso omiso a la burla furtiva de Orla.

– Mi mentor, el brehon Morann de Tara, me dijo en una ocasión que allí donde hay música no puede haber maldad.

– Una sabia observación -concedió Laisre-. Elegid una canción, Fidelma, y permitid que los músicos os demuestren su talento.

Al que tocaba el cruit se había unido otro arpista con un ceis, un arpa más pequeña de forma cuadrada que, como bien sabía Fidelma, servía de acompañamiento al cuit. Otro músico que tocaba un timpan, un instrumento de ocho cuerdas con un arco y un plectro, también se unió al grupo junto con un gaitero y su cruisech.

Solían tocarse tres tipos de música distinta en los festejos. La gentraige, que incitaba a los oyentes a la risa y la alegría y que incluía melodías animadas propias para el baile; la gotraige, expresión de penas y lamentos, canciones tristes sobre la muerte de héroes; y la súantraige, una forma pausada sobre amores no correspondidos y canciones de cuna.

La música había ocupado un lugar importante en la infancia de Fidelma, pues en el palacio de Cashel nunca habían faltado músicos, rapsodas y romanceros.

Estaba pensando en la canción que iba a pedir, cuando Murgal, que estaba sentado al lado del hermano Solin en la mesa contigua, se puso en pie, tambaleándose. Estaba rojo, y Fidelma advirtió enseguida que se había dado gustosamente al vino.

– Conozco una canción que será del gusto de una princesa Eóghanacht -dijo con sorna-. Yo la cantaré.

El fuerte de la gran Roca de Muman,

fue de Eoghan y fue de Connall,

fue de Nad Froích, fue de Feidelmid.

Fue de Fingen, fue de Faílbe Fland,

y es de Colgú ahora.

Todos vienen y van, y permanece el fuerte;

y bajo la tierra yacen todos los reyes.

La mesa de guerreros prorrumpió en carcajadas, y muchos empezaron a golpear la madera con los mangos de los cuchillos, manifestando así que les había gustado.

Era evidente lo que insinuaba Murgal cantando aquella canción. Con aquellas palabras decía que la autoridad de los reyes era transitoria.

Laisre torció el gesto hasta convertirlo en una máscara colérica.

– ¡Murgal! ¡El vino os ha sorbido el seso! ¿Osáis insultar a vuestro jefe degradándole a los ojos de sus invitados?

Murgal se volvió hacia su jefe aún con un vacuo atisbo de sonrisa en el rostro, envalentonado por el vino.

– Vuestra invitada Eóghanacht deseaba una canción. Lo único que he hecho ha sido proporcionarle una como homenaje a su hermano de Cashel.

Se dejó caer pesadamente en su silla sin dejar de sonreír. Fidelma vio que el hermano Solin no disimulaba una sonrisita de satisfacción al imaginar su incomodidad. Entonces se fijó en una joven sentada junto a Murgal, una mujer delgada y rubia, bastante atractiva. Miraba al frente, con un rostro inexpresivo, claramente incómoda por la ebriedad de su compañero.

Laisre se volvió hacia Fidelma para disculparse, pero ella se puso de pie. Permitió que asomara una sonrisa en sus labios, como si de este modo compartiera la broma de Murgal.

– La canción de Murgal ha sido buena -anunció a los presentes-, si bien he oído otras mejores y mejor cantadas. Tal vez le gustará oír la última composición de los bardos de Cashel.

A continuación, sin más preámbulos, sacudió la cabeza para apartarse el cabello del rostro y empezó a cantar, primero en un tono bajo y suave, para ir ganando resonancia. Fidelma tenía talento para la música, y la cadencia soprano de su voz impuso la expectación en la sala de festejos.

No es la rama de un árbol marchito,

Colgú, príncipe de los Eóghanacht,

hijo de Faílbe Fland, el que nobles obras

hizo,

y noble descendiente de Eoghan Mór,

nacido de la raza de Eber el Justo,

que reinó en Eireann desde las orillas

del Boyne

hasta el mar de Cliodhna, al sur.

Es descendiente de un auténtico

príncipe,

es árbol surgido de las raíces

de Eireann, santuario de bosques,

es justo heredero de Milesius,

es rica cosecha de frutas de árboles diversos,

cada uno de los cuales, antiguo como

el más adiano roble,

corona que cubre vastedad de ramajes.

Se sentó en medio de un silencio incómodo. Entonces Eadulf, que no se había interesado en los pormenores del cruce de canciones y sólo sabía que Fidelma había cantado como los ángeles, se dejó llevar por los efectos del aguamiel y prorrumpió en aplausos. Laisre acabó emulándole, lo cual provocó un aplauso de cortesía en toda la sala. Cuando se hubo apagado, pidió a los músicos que siguieran tocando melodías suaves.

Fidelma había respondido a la cínica mofa de Murgal sobre la mortalidad de los reyes de Cashel y lo efímero de su reinado. En su canción, había señalado que los Eóghanacht descendían de Eber, hijo de Milesius, jefe de los milesios, los primeros gaélicos que poblaron Irlanda. De Eber descendía Eoghan Mór, fundador de la dinastía real de los Eóghanacht. Además, con la sutileza de la canción había recordado a los presentes su rango.

Laisre, mirándola contrito, se excusó:

– Disculpad la falta de decoro que ha tenido Murgal.

El jefe quiso decir que para su pueblo era una norma estricta no insultar jamás a un invitado en una sala de festejos.

Fidelma respondió sin rencor:

– Como vos mismo habéis observado antes, el vino lo empujaba, si bien, como dijo Teognis una vez, el vino suele dar a conocer la mente de quien lo toma.

El sonido seco de un bofetón fue tan abrupto, que la música del cruit decayó hasta detenerse, pues a aquel sonido siguieron otros en serie. Primero se oyó una silla que era echada hacia atrás y luego el ruido de platos de loza al caer y romperse; a esto siguió una exclamación de indignación casi contenida. Todas las miradas de la sala de festejos se dirigieron a la mesa donde estaba Murgal, que volvía a estar de pie, tambaleándose. Sin embargo, esta vez tenía una mano sobre su mejilla enrojecida para aliviar el dolor y miraba con irritación a la mujer rubia que estaba sentada a su lado, y que también se puso en pie, encarándose a él.