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– ¡Puerco e hijo de una puerca! -dijo entre dientes, y dio media vuelta para salir de la sala de festejos sin volverse atrás.

Una mujer repolluda se levantó de otra mesa y la siguió, mirando encolerizada a Murgal. Fidelma reparó en que se trataba de la hostalera, Cruinn.

Murgal se estremeció, acaso de rabia, y a continuación abandonó también la sala. Instantes después, uno de los guerreros, Rudgal, el de cabello rubio, se puso en pie y siguió a Murgal al exterior.

Fidelma se volvió hacia Laisre con una mirada inquiridora.

– Supongo que se trata de algún asunto doméstico -dijo en un tono inocente.

– No, Marga no es la esposa de Murgal -explicó Orla con picardía, antes de que su hermano pudiera hablar-. Pero digamos que a Murgal se le van los ojos…

Esnad, la joven hija de Orla, se echó a reír y luego, al ver que su padre, Colla, la miraba con enfado, hizo un mohín y calló.

Laisre se ruborizó un poco.

– No es una cuestión que deba comentarse delante de forasteros en un banquete -reprendió a su hermana.

Orla le hizo una mueca de fastidio antes de volver a su sitio. Laisre reanudó una conversación más considerada hacia Fidelma.

– Basta decir que el vino puede hacer del mejor de nosotros un patán -observó, tratando de quitar hierro al asunto.

– El vino es como la lluvia. Si cae sobre una ciénaga, la ensucia más, pero si cae sobre suelo bueno, lo hace florecer -observó Colla, que no había dicho nada desde hacía rato, evidenciando con el comentario que tenía poco respeto por Murgal.

– Esa muchacha, Marga, es atractiva -señaló Fidelma-. ¿Quién es?

– Es nuestra boticaria -contestó Laisre con cierto desinterés.

Fidelma reparó en que se le habían ruborizado las mejillas.

– Sí, es una mujer atractiva -añadió el jefe.

Fidelma estaba sorprendida.

– ¡Tan joven y ya es boticaria!

– Está facultada por la ley -dijo Laisre a la defensiva.

– No esperaba menos -contestó Fidelma a media voz y con un dejo de censura-. ¿Reside en la ráth?

– Sí. ¿Por qué lo preguntáis? -preguntó Colla con brusquedad.

– Por nada -dijo Fidelma para cambiar de tema, dado el tono suspicaz de Colla-, siempre es bueno saber dónde hay un boticario.

Uno de los músicos reanudó la canción larga e interminable que habían interrumpido, cantada sin acompañamiento instrumental, elevando y bajando la voz. Era una antiquísima canción sobre una muchacha a la que unas fuerzas invisibles atraían a la cima de una montaña, donde encontraba el destino que le habían determinado los dioses. Fidelma se identificó con la heroína de la canción. Algo la había arrastrado a aquel valle, y parecía que unas fuerzas invisibles dictaran su destino.

Capítulo 7

Todavía era pronto cuando Fidelma decidió retirarse del banquete. Estaban tocando música y el vino y el aguamiel seguían circulando. Presentó sus excusas a Laisre arguyendo que estaba cansada después de un viaje tan largo desde Cashel. El jefe no puso ningún reparo. Al cruzar la sala, Fidelma hizo una señal a Eadulf para que la siguiera. Éste se levantó de la silla, vacilante y con cierta renuencia, y la siguió. Era consciente de que había bebido más de lo que le convenía, de modo que intentó compensar el efecto caminando despacio y con parsimonia. Asombrosamente, fuera había mucha luz: la luna llena, una inmensa esfera fulgurante en medio de un cielo raso, se alzaba imponente. Incluso el cielo era un fulgor de luz con innúmeras estrellas titilantes en su bóveda. Fidelma lo estaba esperando en la puerta. No había oído los pasos sigilosos e inciertos de Eadulf.

– Demos una vuelta por los muros de la ráth.

Ella lo precedió por la escalera que subía a las almenas, donde soplaba una brisa que le alborotaba los cabellos. Desde allí entreveía algunas figuras a lo largo del muro: eran muchachos y muchachas que se habían ausentado de la sala para buscar sus propios intereses amatorios. Se detuvo a contemplar el cielo. Desde allí, se oía el remoto sonido de la música y las risas. En el patio de abajo, una mujer soltó una carcajada burda, a la que acompañó una profunda risotada de su compañero. Fidelma se abstrajo de los sonidos que la rodeaban e inspiró profundamente, mientras contemplaba la magnificencia sobrecogedora del cielo nocturno.

– Caeli enarrant glariam Dei -susurró.

Eadulf entreoyó las palabras mientras se apoyaba contra el antepecho del muro, a su lado. Se frotó la frente e intentó concentrarse. Sabía que era una cita de los Salmos.

– Los cielos cantan la gloria del Señor -tradujo con aprobación, tratando de no arrastrar las palabras al hablar.

– Salmo XIX -confirmó Fidelma sin dejar de escrutar el cielo.

Pasados unos segundos, se volvió de pronto y le preguntó:

– ¿Estáis bien, Eadulf? No habláis como de costumbre.

– Me temo que he tomado demasiado vino, Fidelma.

Ella dio un chasquido como reprobación.

– En fin, no permitiré que os retiréis sin haberme contado qué os ha dicho el escriba del hermano Solin, el joven Dianach.

Eadulf apretó los labios con expresión de asco. Entonces gruñó, ya que todo empezó a darle vueltas.

– ¿Qué os ocurre? -preguntó Fidelma, preocupada, al ver que Eadulf se llevaba la mano a la frente.

– Un mal vino… y peor aguamiel.

– No esperéis que os compadezca por ello -lo amonestó-. Decidme, qué habéis averiguado con el hermano Dianach.

– Sólo que es un joven sumamente ingenuo, o que es un actor consumado. No hizo amago siquiera de explicar el por qué de la visita del hermano Solin. Dice que el hermano Solin no le confía sus razones.

Fidelma avanzó el labio inferior en un gesto de enfado.

– ¿Le creéis?

– Como he dicho, es difícil saber si es candido o más bien versado en el arte del engaño.

– Según ha dicho el hermano Solin, sólo está aquí para desempeñar una misión en nombre de Armagh, a fin de establecer la fuerza de la Fe en los confines de los cinco reinos -dijo Fidelma, pensativa.

– ¿Y por qué no iba a ser verdad lo que dicen?

– Porque podían haber acudido a los centros eclesiásticos de los cinco reinos para preguntar a abades y obispos lo que Ultan quiere saber, de manera que la información se obtendría en una semana, a diferencia de cuanto pudiera averiguar el hermano Solin en todo un año. Hay algo ilógico en todo esto.

Eadulf todavía estaba algo aturdido por el vino como para pensar en posibilidades alternativas, de manera que prefirió no hacer ningún comentario más al respecto

– No sabía que cantarais tan bien -confesó, dando un giro brusco a la conversación.

– Lo importante no era cómo cantaba, sino qué cantaba -respondió Fidelma con adusta satisfacción-. ¿Os habéis percatado de la escena de Murgal? Me refiero al incidente con la joven, no al de la canción.

– Dudo que alguno de los presentes en la sala de festejos lo haya pasado por alto. Además, se trata de una mujer muy atractiva.

– ¿Habéis tenido ocasión de fijaros en la causa del bofetón?

– De hecho, creo que Murgal empezaba a pasarse de simpático con la muchacha, y ella se ha cansado de su lascivia.

Aquello coincidía con el malicioso comentario de Orla sobre Murgal.

Fidelma miró al valle, iluminado por el resplandor fantasmal de la luna. Era una escena preciosa, a la vez que estremecedora.