– ¿Y qué pensáis de esta tierra de paganos, Eadulf? -preguntó Fidelma después de quedar un momento en silencio.
Eadulf reflexionó antes de responder. Intentaba dar algún sentido a la confusión de sus pensamientos.
– Pues no la considero peor ni mejor que otras tierras. Aquí hay personas, paganas o no, que tienen las mismas faltas de conducta, las mismas envidias y las mismas pretensiones que otras de cualquier lugar de la cristiandad. Pero cuanto antes concluyáis vuestra misión, antes podremos marcharnos. Prefiero la vida fácil y alegre del palacio de vuestro hermano en Cashel.
– ¿No habéis olvidado algo? -preguntó Fidelma, algo atónita.
– ¿Que he olvidado algo? -se quejó Eadulf, que sólo pensaba en irse a dormir-. ¿De qué me he olvidado?
– De los treinta y tres hombres que han asesinado en la entrada a este valle.
– ¡Ah, eso! -exclamó Eadulf, moviendo la cabeza-. No, no, claro que no lo he olvidado.
– ¡Eso! -lo imitó Fidelma para luego añadir con seriedad-: Puede que aquí haya personas que compartan las mismas emociones que otras de la cristiandad, pero además algo maligno se cierne sobre este lugar, y no descansaré hasta descubrirlo.
– Creía que ibais a esperar a ver qué descubre Colla, el tánaiste -supuso Eadulf, tratando en vano de contener un bostezo.
– No confío en que Colla vaya a proporcionarme la información adecuada. De todos modos -añadio, volviendo la vista a la bóveda celeste-, quizá debamos retirarnos: debemos estar preparados para mañana. No es bueno sacar conclusiones precipitadas, antes de disponer de información.
Dio media vuelta y descendió por la escalera de madera delante de Eadulf, que trataba de contener otro bostezo a la vez que todo volvía a darle vueltas. Se agarró al pasamanos para no caerse. Fidelma fingió que no se daba cuenta de las dificultades de Eadulf, que tropezó detrás de ella. No obstante, no lo perdió de vista para asegurarse de que llegaba a la cama del hostal para invitados sano y salvo. Cuando hubieron llegado, y Eadulf se dejó caer en la cama de su habitación, Fidelma esperó un poco y luego tuvo la sensatez de asomarse a la habitación.
Eadulf estaba echado bocabajo sobre la cama con la ropa puesta; su cuerpo postrado profería un leve ronquido. Por lo general, Fidelma no solía aprobar de nadie que bebiera demasiado, pero nunca había visto a Eadulf en aquel estado. De manera que le concedió el beneficio de la duda, le quitó las sandalias y lo cubrió con una manta.
Fidelma se levantó temprano, como de costumbre. Fue la primera en bañarse de los cuatro invitados del hostal. Terminó de asearse y vestirse antes de bajar a la sala principal del hostal, donde Cruinn, la rotunda hostalera, preparaba la primera comida del día. Se sorprendió cuando vio que Eadulf ya se había levantado. Estaba allí sentado, despeinado y sin afeitar, con la cabeza entre las manos, claro indicio de que sufría los efectos del festejo de la víspera. Al sentarse frente a él, levantó la cabeza con un ruido y parpadeó con cara de sueño.
– ¡Que Dios maldiga a los gallos! -murmuró-. Acababa de dormirme cuando el maldito gallo ha empezado a cantar y me ha impedido descansar. Sonaba como un coro demoníaco del infierno.
Fidelma no quiso decirle que había pasado la noche entera ajeno al mundo, sumido en un sueño inducido por el alcohol. Frunció el ceño y lo amonestó.
– Me sorprende que pidáis a Dios que maldiga al gallo, ya que, entre todas las aves, ésta es sagrada para la Fe.
– ¿Ah, sí? -preguntó Eadulf frotándose la cabeza, todavía mareado.
– ¿No recordáis la historia de cómo, después de que los soldados romanos crucificaran a Cristo, cocinaron un gallo? Uno de ellos informó a sus compañeros de que entre los seguidores de Cristo corría el rumor de que resucitaría al tercer día. Un segundo soldado se rió e hizo la broma de decir que no sucedería, como no podía suceder que un gallo muerto pudiera cantar. Dicho esto, el pájaro muerto salió del caldero y, agitando las alas, gritó: «¡El hijo de la virgen está a salvo!».
Pese al dolor de cabeza, Eadulf tuvo que reconocer que las palabras irlandesas «mac na hóighe slán» recordaban el canto de un gallo. Entonces le vino a la mente un vago recuerdo.
– Yo leí una historia pareja en un evangelio griego, el Evangelio deNicodemo, salvo que era la mujer de Judas Iscariote quien cocinaba el gallo e intentaba tranquilizar al traidor de Cristo. El ave batió las alas y cantó tres veces, pero sin significado implícito.
Fidelma se rió de buena gana.
– Debéis permitir que nuestra tradición barda interprete las historias para que tengan cierto fundamento para nuestra gente.
Al sentir otra punzada en su cabeza, Eadulf soltó un quejido.
– A mí no me hace falta otro gallo que cante para reafirmar mi Fe. Lo que necesito es que calle cuando intento descansar, ya que si no, ¿cómo voy a tener la mente lo bastante clara para seguir los dictados de mi doctrina?
– Con gallo o sin gallo, creo que la respuesta a vuestra falta de descanso está en otra parte. ¿O acaso no conocéis el dicho?: el vino es oro de noche y plomo por la mañana.
Eadulf abrió la boca para responder, cuando apareció el hermano Dianach, el joven escriba. En silencio, Eadulf maldijo el semblante recién lavado y reluciente del joven, así como su alegre saludo a Fidelma y la mirada de desaprobación que le lanzó. Parecía haber perdido toda su timidez.
Después de darle los buenos días, Fidelma le preguntó por su señor, el hermano Solin de Armagh.
– No estaba en su cuarto -contestó el hermano Dianach-, de modo que supongo que se habrá levantado y habrá salido.
Fidelma miró a Eadulf, pero el ojeroso monje sajón estaba demasiado abstraído en los efectos de su resaca.
– Entonces es que se ha levantado muy pronto. ¿Suele tener esa costumbre?
El joven monje asintió moviendo la cabeza con despreocupación, al tiempo que olfateaba el aire.
La rotunda Cruinn se dirigía a ellos con una bandeja de pan recién horneado, que aún despedía un intenso aroma, acompañado de crema de leche, fruta y fiambres, y un cántaro de aguamiel. Tras dejar la bandeja, la corpulenta hostalera solicitó que la dejaran volver a su casa, porque había prometido a su hija que saldría con ella a recoger hierbas curativas. Fidelma se encargó de concederle permiso y de darle las gracias, añadiendo que se las arreglarían solos. Cuando Cruinn hubo salido, Eadulf extendió una mano temblorosa para coger el cántaro de aguamiel más próximo. Sonrió burlonamente ante la mirada condenatoria de Fidelma.
– Similia simüibus curantur -musitó él, vertiendo la bebida del cántaro a la jarra.
– Ah, no, hermano -intervino el joven Dianach en un tono reprobatorio-. Las cosas iguales no se curan con cosas iguales. Estáis muy, muy equivocado.
El joven parecía tan serio, que Eadulf se quedó con la jarra en el aire. Fidelma soltó una risilla maliciosa.
– ¿Y cuál sería su consejo, hermano Dianach? -inquirió ella.
Él la miró e hizo una larga y sincera reflexión sobre el asunto.
– Contraria contrariis curantur… «los contrarios curan los contrarios». Este principio enseñan en Armagh. Considere el efecto que puede tener proporcionar algo que causa una enfermedad a alguien que ya tiene esa enfermedad. Sólo puede empeorarla. Es de todos sabido que el origen de la medicina radica en contrarrestar la enfermedad con aquello que produce el efecto contrario, y no con aquello que fomente el estado del enfermo.
– ¿Qué opináis vos, Eadulf? -preguntó Fidelma, regocijándose-. Vos habéis estudiado medicina en Tuam Brecain.
Como respuesta, Eadulf se bebió el contenido de la jarra temblando, con los ojos entreabiertos y una mirada entre agónica y extática. Al terminar soltó un largo resuello de complacencia.