El hermano Solin se apoltronó en la silla con una mueca burlona.
– ¿Cómo una princesa Eóghanacht no iba a remitirse a la ley cuando ésta favorece a Cashel?
– Hablo como dálaigh -matizó Fidelma con firmeza-. Si hablara como princesa Eoghanacht, me remitiría a la ley de Uraiccecht Bec, «mayor que ningún rey es el rey de Muman».
– Los Uí Néill no están de acuerdo.
– Naturalmente que no -asintió Fidelma sin poder evitar el tono de sorna en su voz.
– Aun así, en el pasado reconocisteis a Sechnassuch como rey supremo. ¿Acaso no habéis estado en Tara y habéis servido en su corte? Incluso habéis reconocido a Ultan como arzobispo.
– Fui convocada a Tara para ayudar a resolver el misterio del robo de la espada del rey supremo. Reconocí la Soberanía Suprema por cortesía, por el honor sacerdotal concebido por los reyes. Pero ningún Eoghanacht reconocería jamás que el rey que ocupa el trono de Tara tiene autoridad suprema sobre estos dominios del sur. Y al dirigirme a Ultan con el título griego de archiepiskopos, no hago sino intentar traducir nuestro título irlandés de comarb de Patricio, ya que un arzobispo supervisa a los obispos de su provincia, del mismo modo que el comarb de Ailbe de Imleach lo hace en Muman.
El hermano Solin movió la cabeza despacio.
– Llegará el día, Fidelma, en que el título de rey supremo dejará de ser un simple título honorífico. El único modo de hacer grande esta tierra, de que no sólo sea una tierra dividida en cinco tristes reinos, es con un rey supremo poderoso que unifique los cinco de una vez por todas.
Los ojos de Fidelma centellearon con osadía.
– Y ese rey supremo sería un Uí Néill, por supuesto.
– ¿Quién puede dirigir mejor a los descendientes de Niall de los Nueve Rehenes? Anoche afirmasteis que Eóghanacht descendía de Eber, hijo de Milesio, pero, ¿acaso los Uí Néill no alegan también que descienden de Eremon, el hijo mayor de Milesio, que gobernó las tierras del norte? ¿Acaso Eremon no mató a Eber cuando intentó usurparle el poder?
A pesar de la exaltación del hermano Solin, Fidelma no subió la voz durante la discusión. Mantuvo un tono sereno y equilibrado.
– Tuve la suerte de conocer a Sechnassuch, hijo de Blathmaic, que ocupa el trono de Tara, en persona. Es un hombre de principios y nunca ansiaría el poder de la manera que decís. Reclama Tara de acuerdo con la costumbre de precedencia. Obedece las leyes de los cinco reinos.
– ¿Sechnassuch? ¡El mocoso de Blathmaic mac Aedo Sláine! -exclamó Solin con sorna.
Entonces una extraña expresión le cambió el semblante, como si se arrepintiera de haber dicho aquello. Cambió de actitud bruscamente.
– Tenéis razón, Fidelma -reconoció en un inesperado tono halagüeño-. Aveces me dejo llevar por mis sueños de que este país tenga un mejor sistema monárquico. Tenéis razón, cómo no. Tenéis toda la razón. Sechnassuch jamás subvertiría su cargo.
Fidelma sabía que el hermano Solin se había dado cuenta de que había hablado demasiado, si bien no lo bastante como para que ella pudiera averiguar qué hacía el clérigo en Gleann Geis.
– Todavía no habéis explicado para qué quiere enviar Ultan un representante a este aislado reducto de la cristiandad -insistió-. Podía haber conocido la situación actual de la fe de otras formas más sencillas.
El hermano Solin se desentendió con elocuencia:
– Quizás Ultan haya oído hablar de las dificultades que Imleach ha tenido en convertir esta zona a la Fe verdadera y por eso me ha enviado para valorar las posibilidades. Quizá sea casualidad que yo haya llegado justo cuando vos estáis negociando la manera en que Imleach traiga claridad a este oscuro valle.
– Tres afirmaciones falsas -saltó Fidelma, refiriéndose a las tríadas de Eireann-. ¡«Quizás», «tal vez» y «me atrevería a decir»!
El hermano Solin se rió al apreciar la erudición de Fidelma.
– Bueno, hermana, si puedo aconsejarla en algo más…
Eadulf estaba inclinado hacia delante para oír la respuesta, cuando oyó una tos superficial a sus espaldas.
– ¿Os encontráis mal, hermano?
Eadulf se irguió ruborizado, y al volverse vio al joven hermano Dianach, que lo miraba con curiosidad. Había olvidado por completo que Dianach había subido a su cuarto.
– Estaba mareado -titubeó, pensando en alguna excusa que explicara su postura-. Poner la cabeza entre las rodillas ayuda a pasar el mareo.
– De modo que eso es lo que intentaba hacer -dijo el hermano Dianach, pero Eadulf intuyó cierta ironía en el tono-. Es muy peligroso hacerlo en la escalera. Aun así, estoy seguro de que os encontraréis mejor, pero me temo que seguís una filosofía equivocada en lo que respecta a mantener un cuerpo sano. Disculpadme, hermano Eadulf.
El joven lo adelantó bajando las escaleras antes de que pudiera darle una respuesta apropiada. Estaba enojado consigo mismo. Seguramente, ahora el hermano Dianach sospecharía de Eadulf al verle agazapado al final de la escalera. Era evidente que estaba escuchando la conversación.
El hermano Solin miró hacia arriba al ver bajar a su escriba, y sonrió brevemente.
– Buenos días, hermano Dianach. ¿Tenéis ya preparado el estilo y las tablas de arcilla?
– Preparados están -contestó el joven.
El hermano Solin volvió a dirigirse a Fidelma.
– Supongo que ya no es necesario insistir en este asunto, teniendo en cuenta que ya está todo claro, ¿no? -preguntó con un ligero tono enfático.
Fidelma lo miró sin alterarse.
– Estoy de acuerdo -dijo a su vez-. Por el momento.
El hermano Solin se levantó y se limpió los restos de comida de las comisuras.
– Venid conmigo, hermano Dianach -instó al escriba, dirigiéndose hacia la puerta-. Debemos prepararnos para la asamblea de esta mañana -añadió, lanzando una mirada a Fidelma que ella no supo interpretar.
En cuanto cerraron la puerta, Eadulf bajó corriendo las escaleras.
– Dianach me ha sorprendido escuchando en la escalera… -empezó a decir.
– Entonces habéis oído lo que hemos estado hablando -lo interrumpió Fidelma.
– Sí. Creía que…
– Es evidente que el hermano Solin oculta algo -volvió a interrumpirlo Fidelma-. Ultan de Armagh nunca se preocuparía por este páramo. Hay algo más. Pero, ¿qué? Es frustrante. ¿Qué intenciones tiene Solin en realidad?
– Según cierta teoría, si hay que mentir, lo mejor es incorporar la máxima verdad posible en la mentira para hacerla creíble -sugirió Eadulf.
Fidelma se lo quedó mirando un momento y luego mostró una amplia sonrisa.
– A veces me recordáis las cosas más evidentes, Eadulf -dijo tras una pausa-. Sin duda mentía acerca de dónde ha pasado la noche. No obstante, cuando le he preguntado adónde había ido a pasear esta mañana, ha sido capaz de describir el lugar con exactitud y sin vacilar. Quizás allí es donde estuvo anoche. Lo mejor será que, cuando la negociación de esta mañana concluya, vayamos a dar un paseo por allí para ver si podemos descubrir algo.
Miró por la ventana y cayó en la cuenta de que se estaba haciendo tarde.
– El Consejo no tardará en reunirse. De todos modos, creo que deberíamos dar un breve paseo para despejar nuestras mentes.
El hermano Eadulf se lamentó con expresión dolorida:
– Me temo que hará falta algo más que un paseo para despejarme. Ese vinazo todavía me impregna el cuerpo de la cabeza a los pies. Creo que me hace falta algo más que aire fresco para mantenerme en pie toda la mañana.
A pesar del sufrimiento, Eadulf se dejó convencer y acabó acompañando a Fidelma a pasear, si bien habría preferido tumbarse en la cama y seguir durmiendo. Tenía náuseas y se sentía débil. Tenía la piel sudada e irritada, y la boca seca.