Fuera de la ráth había varias personas que iban de acá para allá ocupados en sus quehaceres cotidianos, pese a que para muchos el festejo no había terminado hasta el alba. Algunos saludaron a Eadulf y a Fidelma sin dar muestras de recelo; de hecho, hubo quien incluso se mostró simpático con ellos. Ahora bien, todos miraban con curiosidad a Fidelma, ya que la canción en respuesta a Murgal se había convertido en el chismorreo del lugar.
Al cruzar el patio de la ráth hacia las puertas de acceso, Fidelma se detuvo y señaló un carro que las atravesaba en aquel momento, tirado por un asno rechoncho. Parecía ir cargado con plantas de distintas clases. Una mujer esbelta exhortaba al asno a hacer un mayor esfuerzo, mientras éste hacía lo que podía para arrastrar la carga.
Fidelma le dio un codazo a Eadulf.
– ¿No es aquella la que se enfrentó a Murgal en el banquete de anoche? -susurró.
Eadulf, con los ojos entornados, alzó la vista y enseguida reconoció a la mujer, a pesar del abrigo con capucha que la cubría. Llevaba un vestido menos agraciado que el que había lucido la noche anterior.
Fidelma se acercó a ella, y Eadulf la siguió.
– Marga, ¿verdad?
La mujer se dio la vuelta. Fidelma vio unos ojos de un azul tan claro que le recordaron al hielo. La blancura del semblante que tenía ante sí no mostraba emoción alguna. Los largos mechones de su cabellera eran del color del maíz. Fidelma no se había equivocado la noche anterior: era una mujer atractiva. Y no cambió su apreciación. Marga era alta y, a pesar de la luenga capa negra, que acentuaba su palidez y el color rubio de sus cabellos, Fidelma sabía por la noche anterior que tenía un cuerpo grácil y bien formado y que al andar se movía con una agilidad felina.
Hablaba con un murmuro silbante.
– No lo sé, Fidelma de Cashel. ¿Cómo estáis tan familiarizada con mi nombre?
– Sé vuestro nombre porque alguien me lo dijo, como alguien os dijo el mío, así que os saludo. ¿Me equivoco al decir que sois Marga, la boticaria?
– Marga soy, y curo a las personas en nombre de Airmid, la diosa que guarda el secreto de Dian Cécht del Pozo de la Curación.
Hizo aquella afirmación como un desafío, pero Fidelma la desoyó.
Airmid era una de las antiguas diosas. Fidelma conocía bien la historia. Era hija del dios de la medicina, Dian Cécht, y hermana de Miach, otro dios consagrado a la medicina. Cuando Miach demostró ser mejor médico que su padre, éste lo mató de ira. De su tumba crecieron trescientas sesenta y cinco hierbas curativas. Contaba la leyenda que Airmid recogió las hierbas de la tumba de su hermano y las colocó sobre la capa que llevaba, según el orden de sus propiedades curativas. Dian Cécht, que todavía sentía celos de Miach, dio la vuelta al abrigo, furioso, y mezcló irremediablemente las hierbas, de manera que ningún humano conocería jamás el secreto de la inmortalidad que guardaban.
– Que la salud sea vuestra poción, Marga la Curandera -respondió Fidelma con gravedad-. Espero que hayáis aprendido algunos de los secretos que vuestro dios, Dian Cécht, nos ocultó.
Marga entornó los ojos.
– ¿Ponéis en duda mis conocimientos, Fidelma de Cashel? -susurró con voz amenazadora.
– ¿Por qué iba a hacerlo? -preguntó Fidelma con aparente inocencia, al tiempo que reparaba en el carácter apasionado de la muchacha-. Tengo escasos conocimientos de los cuentos antiguos, pero todo el mundo sabe qué hizo Dian Cécht para evitar que los mortales tuvieran pleno conocimiento de las propiedades curativas. Creía que…
– Ya sé qué creíais -la interrumpió Marga, aflojando el arnés del asno-. Con permiso, tengo muchas cosas que hacer.
– Como todos, cada uno y cada una a su manera. Pero antes me gustaría haceros unas preguntas.
Marga se mostró más descortés aún.
– Sin embargo, yo no tengo ganas de responderlas. Si me permitís…
Hizo ademán de marcharse, pero Fidelma se lo impidió con una mano, sonriendo. Fidelma tenía fuerza y, al final, Marga hizo un gesto de dolor.
– Y yo no tendré más ocasiones para hacerlas -explicó Fidelma, examinando el carro con detalle-. Parece que habéis estado recogiendo hierbas y plantas para vuestros remedios.
Marga se mostró firme.
– Salta a la vista -contestó con frialdad.
– ¿Yejercéis vuestra profesión en la ráth?
– Así es.
Marga miró furtivamente hacia la esquina de un edificio al otro lado del patio y la centró en un edificio elevado de tres plantas con una curiosa torre achaparrada en un extremo. Fidelma siguió el movimiento involuntario y vio una puerta cerca de la esquina. Junto a ella colgaban unos manojos de hierbas secas.
– ¿Así que ésa es vuestra botica?
Marga se desentendió de la pregunta de un modo casi insolente, pero a Fidelma no le importó.
– No veo a qué viene este interrogatorio -dijo con impaciencia la pálida herborista.
– Disculpad -contestó Fidelma, contrita-. Se trata de mi amigo…
Eadulf las miró, aturdido, y luego trató de recobrar la compostura.
Aquellos ojos pálidos lo miraron sin cambiar de expresión.
– Veréis -prosiguió Fidelma con resolución-, anoche mi amigo bebió demasiado zumo de la viña.
– ¡Vino galo! -murmuró Marga-. Se estropea al transportarlo, a menos que sea bueno. Pero Laisre no puede ofrecer nada mejor, salvo para él y su familia. Lo cierto es que hubo quienes tomaron mucho más del que podían tolerar.
– ¿Os referís a Murgal? -se apresuró a preguntar Fidelma.
Se hizo un silencio.
– Sois muy tenaz, cristiana. Sí, me refiero a Murgal. Pero eso no es asunto vuestro…
– Por supuesto que no -admitió Fidelma con una sonrisa-. Pero mi amigo, aquí presente, necesita un remedio a base de hierbas para su destemplanza. Ha pensado que tal vez podríais venderle algo.
A Eadulf le sorprendió aquella mentira, pues sabía tanto de remedios a base de hierbas como el que más, ya que había estudiado sobre el tema. Marga lo miró con gesto agrio. Eadulf se sonrojó ante su mirada fulminante.
– Supongo que os duele la cabeza y tenéis el estómago revuelto.
Eadulf asintió sin decir nada, pues no osaba abrir la boca.
La boticaria se volvió para rebuscar en el carro. Sacó unas hojas radicales de unos veinte centímetros de largo, que se estrechaban en un tallo bifurcado. Eadulf las reconoció nada más verlas. La dedalera era una planta bastante común que crecía en setos, zanjas y colinas boscosas.
– Usad solamente las hojas, hervidlas en agua y tomad la infusión. Tiene un sabor amargo, pero al rato notaréis sus efectos beneficiosos. ¿Lo habéis entendido, sajón?
– Sí -respondió Eadulf en voz baja.
Tomó las hojas y las introdujo en su bolsa.
– La moneda más pequeña que tengo es un screpall -murmuró, entregándosela, pero Marga no la aceptó.
– En el valle no usamos monedas, sajón. Sólo confiamos en el trueque, incluso con el mundo exterior. Quedaos con vuestra moneda y llevaos las hojas como muestra de caridad de una pagana a un cristiano.
Eadulf iba a darle las gracias con mucha seriedad, hasta que Fidelma lo interrumpió con una sonrisa.
– Supongo que mucha gente está sufriendo los efectos de un mal vino, ¿no es así?
– No tanta. Quienes prefieren beber vino en vez de aguamiel han desarrollado la capacidad para soportarlo.
– Aun así, ¿hubo anoche algún afectado?
Marga contestó con desinterés:
– Unos cuantos. Casi todos los puercos prefieren echarse a dormir el vino.
– Y Murgal, ¿acostumbra Murgal a beber tanto?
Marga entrecerró los ojos de rabia, y luego pareció reflexionar y calmarse.