– Lo cierto es que no ha recurrido a mi ayuda, ni yo se la habría proporcionado. Os aplaudo por esto, Fidelma de Casheclass="underline" anoche le disteis al puerco la respuesta que merecía.
– No parece que sintáis demasiada simpatía por Murgal.
– ¿Acaso no os disteis cuenta? -preguntó Marga con ironía.
– Me di cuenta.
– Murgal cree que puede coger cuanto se le antoje en la vida. Se atrevió a tocarme con sus asquerosas manazas. Ahora ya tiene motivos para saber que no debe tomarse ciertas libertades.
– Claro -dijo Fidelma con seriedad.
Marga la miró con suspicacia.
– ¿Eso queríais saber? -solicitó con cierta petulancia.
– En absoluto. Eadulf realmente necesitaba algo para purgar su malestar.
Marga les dedicó una última mirada suspicaz antes de tomar las riendas del asno para tirar de él y cruzar el patio. Entonces se detuvo en seco y se dirigió a Eadulf:
– Tened cuidado con la infusión de esas hojas, sajón -avisó-. Si no se toma de la forma correcta, la planta tiene propiedades venenosas. La dosis varía según la persona. En vuestro caso, diría que uno o dos sorbos.
Luego se volvió otra vez y siguió adelante, tirando del burro, hacia la botica.
Eadulf soltó un suspiro de alivio y se secó la frente.
– Me alegro de que haya tenido el detalle de decírmelo -observó con la voz apagada, mirando asqueado las hojas.
– ¿Por qué? -preguntó Fidelma con interés.
– Porque, conociendo las hierbas como las conozco, creía que pretendía envenenarme. Si no me hubiera advertido y yo no hubiera sabido nada acerca de estas hojas, bien podría haber muerto después de tomarme la infusión. Una cosa es un sorbo, pero tomarse el brebaje entero es otra muy distinta.
Fidelma se dio la vuelta y se quedó mirando con interés la figura de la boticaria, que desapareció en la ráth.
– Quizás al principio no le gustasteis, Eadulf -dijo esbozando una sonrisa.
– ¿Como extranjero, como cristiano o para preveniros de una muerte prematura.como hombre? -inquirió el sajón.
Fidelma soltó una risilla y dijo:
– Bueno, al menos ahora le gustáis lo bastante
Capítulo 8
Un cuerno sonó a lo lejos.
– Es la señal para reunir al Consejo -anunció Fidelma a Eadulf-. Guardad las hojas y vayamos.
Eadulf se lamentó:
– No creo que pueda aguantar una reunión de ese tipo. Os juro que estoy muerto.
– Podéis esperar a morir tras la reunión -respondió con buen ánimo, de manera que Eadulf no tuvo más remedio que seguirla a su pesar al edificio de la ráth que albergaba la sala consistorial. Varias personas se dirigían hacia allí, pero se hicieron a un lado para dejar pasar a Fidelma y Eadulf primero. En la antecámara, el guerrero alto y rubio, Rudgal, les estaba esperando. Al entrar ellos, se les acercó y saludó a Fidelma con solemnidad.
– Por favor, seguidme, hermana -dijo y, tras un breve instante, añadió-: Vos también, hermano.
Los condujo hasta la sala consistorial, donde Laisre ya estaba sentado en la silla oficial. Ya habían limpiado los restos de la celebración de la noche anterior y, en su lugar, habían dispuesto un semicírculo de sillas ante Laisre. A la derecha del jefe había una silla vacía donde debía haber estado sentado el tánaiste. Era obvio que Colla ya había partido para realizar las pesquisas sobre la matanza. Detrás de la silla de Colla estaba Orla, pero no había rastro de Esnad, su hija.
A la derecha estaba Murgal, repantigado en la silla. Su aspecto era tan malo como el de Eadulf, tenía los ojos enrojecidos y estaba pálido. Todavía le quedaba una rojez en la mejilla. Detrás de él había una mesita en la que el anciano escriba, Mel, con quien Eadulf había hablado la noche anterior, estaba preparado con el estilo y las tablas de arcilla.
Acompañaron a Fidelma hasta una silla situada en el centro del semicírculo. Habían dispuesto otra para Eadulf a su lado. Detrás de ellos estaban sentados el hermano Solin y el hermano Dianach. En las demás se sentaban los dignatarios de menor grado de Gleann Geis, y alrededor, apiñados de pie, había algunos habitantes del valle que habían acudido para presenciar las negociaciones de su jefe con el representante del lejano rey de Cashel. La algarabía era considerable, y hasta que no sonó el cuerno otra vez no se impuso el silencio.
Murgal se levantó despacio para anunciar:
– Queda inaugurado el Consejo y, como druida y brehon de mi jefe, me corresponde el derecho a hablar primero.
Eadulf dio un respingo de asombro ante la descortesía de aquel hombre al declarar que debía hablar antes que su jefe. Fidelma, al darse cuenta, se inclinó hacia Eadulf para susurrarle:
– Es su derecho de acuerdo con la ley, Eadulf. Un druida puede hablar antes que un rey.
Al parecer, Murgal no advirtió el comentario, ya que se colocó junto a la silla de Laisre.
– Vos sabéis que me opongo a esta negociación. Permitid que quede constancia de esta objeción.
Miró a Laisre, el cual asintió sin decir nada y añadió dirigiéndose a Meclass="underline"
– Tal cual se ha dicho, tal cual quede escrito.
Se volvió de cara a Murgal y le indicó que continuara.
– Los antepasados de Laisre también gobernaron estas tierras. Nos guardaron de los peligros exteriores durante años, negándose a mantener ninguna relación con aquellos que veían con envidia nuestro valle, pues es un valle rico y fértil, un valle incorrupto. ¿Y por qué? Porque siempre hemos prohibido la entrada a quienes pudieran traer cambios ajenos a nuestras ancestrales costumbres. Hace ya tres años que aceptamos a Laisre como jefe, ya que su derbfhine lo eligió según la tradición para ser el representante de su familia, y lo nombraron jefe de nuestro pueblo.
– Pero ahora mi jefe ha considerado apropiado hablar con Cashel y pedir que enviaran una embajada con el propósito de hablar sobre la fundación de una iglesia que representa la doctrina de una religión ajena.
A pesar de su indisposición, Eadulf pensó que no podía dejar pasar el comentario y protestó.
– Religión que han aceptado todos los reyes de Eireann y que se ha practicado con libertad en los cinco reinos -dijo con sarcasmo, sin poder contener su enfado-. ¡Hasta qué punto es ajena a vuestro pueblo!
Toda la asamblea soltó un grito ahogado de indignación, e incluso Fidelma parecía estar incómoda. Murgal se había dado la vuelta hacia Eadulf y lo miraba molesto. Iba a abrir la boca para contestarle, cuando Laisre se lo impidió alzando la mano. Laisre se inclinó hacia delante sin levantarse de la silla y se dirigió directamente a Eadulf.
– Esta vez pasaré por alto vuestro arrebato, sajón, porque no sois de aquí y no conocéis lo suficiente la manera de hacer del lugar para morderos la lengua. No tenéis derecho a hablar en este Consejo. Sólo se os permite estar aquí sentado porque viajáis como acompañante de Fidelma de Cashel. Y aunque se os permitiera hablar, no tendríais derecho a interrumpir los discursos de apertura. Hasta que no se hayan expresado los argumentos iniciales, los delegados autorizados no pueden discutir sus méritos.
Eadulf se sonrojó, arrebatado por la vergüenza que sentía, y se hundió en la silla. Fidelma lo miraba fijamente con desaprobación.
Murgal, con una sonrisa triunfal, continuó su discurso:
– Esto es una muestra de lo que nos trae una religión ajena: extranjeros de ultramar que no conocen nuestras tradiciones y costumbres, y que si pudieran, se impondrían sobre nosotros; extranjeros que insultan nuestra forma de proceder, de tal manera que hay que reprenderles.
Eadulf apretó los dientes al oír de qué modo Murgal había aprovechado su desconocimiento del protocolo para reforzar su argumento.
– Puede que los hermanos que viven al otro lado de la protección que ofrecen estas montañas hayan sucumbido a esos dictados extranjeros, pero esto no justifica que nosotros debamos aceptar también esa religión, ni es argumento que valga. Yo pido que la rechacemos, y que la barrera natural que nos rodea se emplee para excluir sus perniciosas enseñanzas. Ésta es mi postura como druida, como brehon y como consejero del jefe de Gleann Geis.