Murgal se sentó entre un murmullo de voces que aprobaban sus razones.
Laisre hizo una señal con la cabeza al encargado del cuerno para que lo tocara, y restablecer así el silencio en la sala.
– Murgal tiene derecho a hablar antes que nadie. A mí me corresponde hablar a continuación -dijo con solemnidad-. Al igual que Murgal, yo soy adepto a las verdaderas deidades de nuestro pueblo, de los dioses y diosas a quienes adoraron nuestros antepasados, que nos han protegido desde el principio de los tiempos. Sin embargo, mi deber como jefe es dar protección a todas las personas de este clan. Antes de sugerir al obispo de Imleach que podríamos negociar la edificación de una iglesia y una escuela para aquellos de nuestro pueblo que han adoptado las enseñanzas de la nueva Fe, sopesé la cuestión con profundidad. Tomé la decisión de que podría enviar a alguien para tratar el asunto del mejor modo y poder llegar a un acuerdo. Hace mucho tiempo que Imleach quiere fundar una iglesia y una escuela cristianas en nuestro valle.
– Sin embargo, soy una persona pragmática, y dado que muchos de los nuestros se han casado con personas de más allá del valle, debemos aceptar que entre nosotros hay seguidores de la nueva Fe. Muchos han procurado ocultarlo al creer que no me gustaría saberlo. No lo negaré: uno de los argumentos que me aconsejaron fue eliminar la nueva doctrina. Pero la gente de Gleann Geis son mis hijos.
Murgal lo miraba con desafío, pero guardaba silencio. Laisre calló un momento para reflexionar y prosiguió:
– Habría sido una política contraproducente, ya que al final lo prohibido se busca con mayor avidez. Por tanto, más que contener e ignorar a quienes adoran la nueva Fe, ordenaré que se les dé libertad, con la convicción de que ésta se debilitará de forma natural.
Una segunda oleada de murmuros siguió al discurso de Laisre.
Fidelma, en cierto modo desconcertada, se levantó de su sitio.
– No he venido aquí para discutir sobre la nueva o la antigua Fe. Estoy aquí como enviada de Cashel para negociar con vos sobre asuntos sobre los cuales, según se me había informado, el Consejo ya había llegado a un acuerdo.
Para asombro de Eadulf, Fidelma volvió a sentarse. La brevedad de su afirmación sorprendió incluso a Laisre, que parecía confuso.
– Estoy seguro de que querréis dar algún argumento a favor de vuestra Fe -titubeó.
Incluso Murgal, que parecía perplejo, intervino con sorna.
– Quizá no los tenga.
Eadulf se inclinó hacia Fidelma:
– No podéis permitir que estos paganos menosprecien nuestra religión de esta forma -le susurró, empleando el término irlandés pagánach.
Murgal tenía buen oído.
– ¿He oído al sajón cristiano llamarnos paganos? -dijo en voz alta.
Eadulf iba a responderle, cuando recordó que tenía prohibido hablar, por lo que se contuvo.
– Permitidle confirmar que nos ha llamado paganos, señor -instó Murgal a Laisre.
– Los demás oímos tan bien como vos -respondió Laisre-. Es el término que los seguidores de la nueva Fe emplean para referirse a nosotros.
– Ya lo sé -afirmó Murgal-. Y la palabra pagánach ni siquiera es una palabra que pertenezca a la lengua de los hijos de Eireann. ¿Qué mejor prueba que el uso de tal palabra para demostrar que su filosofía nos es ajena?
– No pretendemos discutir que pagánach sea una palabra adoptada a nuestra lengua -intervino el hermano Solin con voz jadeante-. Viene del latín paganus.
Murgal mostraba una amplia sonrisa.
– ¡Exactamente! Incluso el latín describe correctamente lo que soy, una persona del campo, pagus, frente a milites, o soldados que marchan por el campo devastándolo. Los cristianos os enorgullecéis de llamaros milites, soldados de Cristo, y miráis con desprecio a los civiles o paganus, a los que pisotearíais si pudierais. ¡Para mí es un orgullo que se me llame paganus! Es un estado honorable.
Fidelma sabía que Murgal era un hombre inteligente, pero aun así le sorprendió que tuviera tales conocimientos de latín. Volvió a ponerse en pie.
– Insisto: no he venido para entablar un debate teológico. Sólo estoy aquí para ver cuál es la mejor forma de llegar a un acuerdo práctico sobre el asunto.
Orla se puso en pie con brusquedad tras la silla vacía de Colla. Era evidente que se deleitaba con la discusión.
– Si mi esposo estuviera presente, desafiaría a esta representante de Cashel, pero tengo derecho a hablar en esta asamblea, no sólo en nombre de mi esposo, sino como hermana del jefe.
– ¡Dejad que Orla hable! -se oyó gritar con ímpetu desde el lugar que ocupaban los dignatarios y aquellos que estaban de pie detrás de ellos.
Laisre le concedió la palabra a su hermana con una señal.
– De todos es sabido que yo y Colla, mi esposo, siempre hemos estado en desacuerdo con Laisre al respecto. Tras rechazar durante años los intentos de Imleach de traer la cristiandad al valle, ahora Laisre ha invitado a miembros de la Fe a traernos unas enseñanzas ajenas a nuestro pueblo. Mi hermano Laisre es ingenuo si cree que al permitir que se practique la nueva doctrina, ésta remitirá en poco tiempo. Mirad qué lugar ocupa ya en los cinco reinos. Hace apenas dos siglos Laoghaire de Tara dijo que siempre habría cabida para otra religión en el país y que intentar suprimirla sólo avivaría su crecimiento. Dio libertad a los seguidores de Patricio el britano para adorar a su dios. Dos siglos después, sólo quedan unos pocos reductos en los cinco reinos donde aún rendimos culto a los dioses de nuestros antepasados. La nueva religión se ha impuesto en todas partes. Concededle más espacio y nos ahogará a todos los demás.
Un alborozo de pies contra el suelo y aplausos siguieron al discurso de Orla cuando regresó a su sitio.
Para irritación de Fidelma, el hermano Solin se había puesto en pie.
– Dado que Fidelma de Cashel no discutirá con vos, yo, como representante del comarb Patricio, con sede en Armagh, siento que debo asumir el desafío que ella descarta con tanta ligereza. Pido vuestra indulgencia para dirigirme a este Consejo.
Fidelma miraba al frente con una expresión pétrea. Los pensamientos fluían en su mente. Aquélla no era la negociación que esperaba. Nadie le había dicho que iba a verse envuelta en un debate sobre teología, ni que su labor consistiría en buscar prosélitos. Tuvo la sensación de que habían tergiversado la situación para generar un debate que distrajera la atención del propósito inicial, pero, ¿por qué? Laisre pidió al hermano Solin que se adelantara y lo invitó a hablar. Éste dirigió una mirada de triunfo a Fidelma.
– ¿Por qué teméis a la religión de Cristo? -solicitó, mirando a Murgal.
– Sencillamente, porque destruye la antigua religión.
– ¿Y es eso malo?
Murgal le dirigió una mirada amenazadora.
– Rendimos culto a las diosas y los dioses antiguos, que son los Imperecederos. A vuestro Cristo lo condenaron y murió. ¿Acaso eso le otorga el valor de un poderoso guerrero? ¿Acaso lo defendieron a miles? No, era un vil carpintero que, ironías donde las haya, ¡murió en un árbol!
Murgal miró a su alrededor con una sonrisa de satisfacción y añadió:
– Como veis, he estudiado parte de la religión de Cristo.
La mofa había enardecido al hermano Solin, que se defendió:
– Así se predestinó: Cristo, que era el hijo de Dios, debía morir para traer la paz al mundo. Tanto ama Dios al mundo, que nos dio a su único hijo para que muriera por él.