– Vaya un Dios -desdeñó Murgal-. ¡Tuvo que matar a su propio hijo para demostrar su amor! ¿Tenía celos de su hijo? Tan pobre fue el hijo de vuestro dios como su padre.
El hermano Solin se encolerizó.
– ¿Cómo osáis…?
– La exaltación no vale como argumento -se burló Murgal, que estaba disfrutando a todas luces de la situación-. Explicadnos, pues, qué enseñó vuestro dios. Nos gustaría oírlo. ¿Era un dios fuerte? ¿Os enseñó a resistir contra quienes esclavizan a otros? ¿Os enseñó a tener confianza propia o a hacer lo que es bueno y justo? ¿Enseñó a resistir contra quienes siembran el mal? No, según he oído de vuestros labios. Os enseñó a ser pobres de espíritu. Está escrito en vuestros textos sagrados: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» El cielo de vuestro Dios no es el Otro Mundo, donde la justicia, la moralidad y la independencia del hombre se recompensan en la sala de los héroes que están sentados con los Imperecederos.
– De hecho, vuestro Dios os enseñó que si un hombre pegaba a otro en la mejilla, éste debía ofrecer la otra mejilla para que volvieran a pegarle, exponiéndose de este modo a un daño y a una opresión mayores, e invitando con ello a actuar de forma equivocada. Los brehons enseñan que quienes oprimen a los demás deben correr la misma suerte. Cuando los hombres son pobres de espíritu, los soberbios y altivos de espíritu los oprimen. En cambio, cuando los hombres son puros de espíritu y están dispuestos a evitar el mal, las personas se benefician. ¿No estáis de acuerdo conmigo, hermano Solin?
El hermano Solin estaba fuera de sí. Su ira le concedía un aspecto lamentable y aturullado frente a la asamblea. Fidelma ya había decidido que hacía falta un intelecto más ágil que el del hermano Solin para enfrentarse a la palabrería de Murgal. Movió la cabeza ligeramente y le susurró a Eadulf:
– Las tríadas de Eireann definen las clases de hombre que hay en el mundo: los envidiosos, los parsimoniosos y los apasionados. El hermano Solin ha caído de cabeza en la trampa que le ha tendido Murgal.
El hermano Solin siguió hablando, ajeno a la impresión que estaba dando.
– Cristo dijo: «Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios».
– Bonitas promesas, pero sólo se cumplirán en el Otro Mundo -se rió Murgal-. Sin embargo, es una enseñanza inútil para éste. La pobreza conduce a la pobreza de espíritu. Es evidente que esta religión fue concebida por un tirano que quería que los pobres siguieran siendo pobres, para que él pudiera enriquecerse y engordar a costa de su riqueza.
– No es así, no es así… -gritó el hermano Solin, perdiendo toda posible compostura.
De pronto Fidelma se puso en pie.
No dijo nada, pero el mero hecho de levantarse y su propio silencio hicieron apagar todas las voces, de manera que el silencio se fue imponiendo en la sala. Esperó hasta que fue tan absoluto, que hasta el menor susurro pudiera oírse.
– Me informaron mal -empezó a decir con calma-. Me dijeron que esto iba a ser una negociación sobre asuntos prácticos. No un debate teológico. Si hubierais pedido representantes para debatir sobre teología, en tal caso debierais haber pedido al obispo de Imleach que os enviara a estudiosos que estuvieran a la altura de los vuestros. Yo no soy más que una simple servidora de este reino. Esta tarde partiré de regreso a Cashel, donde llevaré el mensaje de que el jefe de Gleann Geis ha sido incapaz de tomar una decisión sobre este asunto. Cashel no volverá a enviar a nadie más a Gleann Geis a menos que se garantice que se ha tomado una decisión.
Al dar media vuelta, Eadulf se puso en pie tambaleándose un poco, lamentándose de tener que iniciar semejante viaje en las condiciones en que se encontraba.
– ¿Es esto un reconocimiento de la derrota? -preguntó Murgal en voz alta-. ¿Reconocéis con ello que los cristianos no pueden discutir con argumentos lógicos contra un druida?
Fidelma se detuvo en seco y miró hacia donde estaba Murgal.
– Supongo que conoceréis las tríadas de Éireann.
– Un mediocre brehon sería, de no ser así -replicó Murgal con complacencia.
– Tres son las velas que iluminan la oscuridad: la verdad, la naturaleza y el conocimiento -citó, y luego se dirigió hacia la puerta.
En esta ocasión no se detuvo cuando Laisre se lo pidió.
El guerrero Rudgal, incómodo por la situación, se interpuso entre ella y la puerta, a la vez que acariciaba la empuñadura de la espada. Parecía contrito.
– Mi jefe os pide que os quedéis, hermana -murmuró-. Debéis obedecerle.
Lo desconcertó el fuego de sus ojos verdes.
– Soy Fidelma de Cashel, princesa Eóghanacht. ¡No me quedaré por nadie!
Cómo lo hizo, ni Eadulf lo sabía, pero su simple presencia hizo que Rudgal retrocediera un paso, y ella salió a toda prisa por la puerta. No se detuvo para comprobar si Eadulf la seguía o no; cruzó el patio de la ráth hacia la casa de huéspedes. Una vez dentro, cogió una jarra de agua y se sirvió un vaso.
Eadulf la siguió, presuroso, y cerró la puerta al entrar. Estaba agitado y, al mirarla, vio que en su rostro se dibujaba una sonrisa. Eadulf movió la cabeza con perplejidad.
– No lo entiendo.
Fidelma estaba de buen ánimo.
– No sé si Laisre lo había previsto o no, pero este Consejo ha sido una farsa. Lo han organizado, bien para perder tiempo, bien para distraernos del asunto para el cual nos enviaron a Gleann Geis. Lo que todavía no sé es qué o quién es el responsable. Es más, me pregunto si ese idiota del hermano Solin forma parte de este engaño.
– Sigo sin comprender nada.
– En vez de iniciar la negociación prevista para llegar a una acuerdo, Murgal ha intentado enredarnos de manera que acabáramos por perder el tiempo discutiendo sobre nuestras diferencias filosóficas. Si yo hubiera accedido a ello desde el principio, habríamos perdido semanas enteras. ¿Y por qué? ¿De qué habría servido? La única salida era adoptar la postura que he adoptado y ponerlos en evidencia.
– ¿Y así los habéis puesto en evidencia? -preguntó Eadulf.
Oyeron el sonido de voces que se aproximaban.
Eadulf miró por la ventana.
– Es el hermano Solin y su escriba. No parece que venga de buen humor.
Instantes después irrumpió en la sala el hermano Solin; todavía estaba rojo de cólera.
– Poco habéis hecho para ayudarme a defender la Fe -le espetó a Fidelma sin andarse con rodeos-. Os habéis limitado a insultar a nuestros anfitriones y a negar cualquier medio posible para establecer la Fe en este valle.
– No es competencia mía apoyaros en un debate teológico -se defendió Fidelma con dureza, lo cual hizo pestañear a Solin, pues, si esperaba que ella mostrara aquiescencia con su imposición, en ese momento supo que no iba a ser así.
Fidelma añadió mirando a Eadulf:
– Ensillad los caballos, iré enseguida. Yo me encargaré de recoger nuestras cosas.
Eadulf cumplió la orden con renuencia.
El hermano Solin parecía aterrado.
– ¿De modo que seguís en vuestro empeño? No podéis marcharos ahora.
Ella lo miró con frialdad.
– ¿Quién me lo impedirá? ¿Y por qué os importa tanto?
– ¿Pretendéis marcharos de Gleann Geis después de haber insultado al jefe y al Consejo de esa manera?
– El jefe y el Consejo me han insultado a mí al no haber tratado el tema que nos ocupaba.
El hermano Solin se abrió de brazos en señal de agitación.
– Pero es normal que deban hacerse concesiones por ambas partes. Este pueblo quiere garantías en cuanto a la Fe, y nuestro deber moral es darles esas garantías. A cada una de estas personas, la Fe…