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– Salud, buena mujer -la saludó Fidelma.

– Mi esposo está en el Consejo -les espetó la mujer con voz de pocos amigos-. Se llama Ronan, y es el señor de este lugar.

– Yo misma vengo del Consejo.

– Ya sé quién sois.

– Bien -dijo Fidelma mientras descabalgaba-. De este modo no hará falta que me explique.

La mujer puso mala cara y dijo con intención de desanimarla:

– Os he dicho que mi esposo no está en casa.

– No he venido a ver a su esposo. Decís que sabéis quién soy. Bien, ¿y cómo os llamáis vos?

La mujer la miró con suspicacia.

– Bairsech. ¿Para qué queréis saberlo? ¿Qué deseáis?

– Quiero saberlo para hablar con vos, eso es todo, Bairsech. ¿Vive mucha gente en este poblado?

– Unas cuarenta personas -contestó la mujer con indiferencia.

– ¿Vino un visitante anoche?

– ¿Uno? Vinieron varios. Mi esposo estaba en el festejo, como era su derecho, y en casa había tres primos que vinieron al valle para asistir al banquete. Es un viaje muy largo para regresar a casa de noche, sobre todo cuando se ha bebido.

Fidelma sonrió, tratando de tranquilizar a la mujer con ello.

– Sois una mujer sensata, Bairsech. Pero aparte de vuestros primos, ¿vinieron otros visitantes al poblado? -Fidelma decidió ser más explícita-: ¿Vino un hombre fornido que está alojado en la ráth?

La mujer entornó los ojos.

– ¿Fornido? ¿Un hombre con ese corte de pelo ridículo que lleva vuestro compañero?

Eadulf enrojeció de irritación por el comentario sobre su tonsura, pero guardó silencio.

– El mismo.

– ¿Un hombre con un rico atavío? Sí, sí que lo he visto. Lo vi esta mañana al salir a cuidar las vacas, cuando mi esposo aún roncaba. Sí, sí que lo he visto.

– ¿Entonces conoce a vuestro esposo, a Ronan?

– He dicho que lo he visto en el poblado, no que se alojara en mi casa.

Señaló con la cabeza un edificio pequeño apartado de los demás, con establo propio y un campo adyacente donde media docena de vacas pacían tranquilamente.

– Se alojó allí.

Fidelma se volvió hacia el edificio y lo miró con interés.

– ¿Y quién vive ahí?

– Una mujer de mala vida -contestó la otra con censura para referirse a una prostituta.

Fidelma abrió los ojos de par en par, atónita. No esperaba que en aquel valle aislado hubiera una prostituta, y mucho menos en aquel poblado.

– ¿Y cómo se llama esa mujer de mala vida?

– Se llama Nemon.

– ¿Nemon? Un nombre poco adecuado para una mujer de su clase.

Nemon era el nombre de una antigua diosa de la guerra. Significaba «fragor de batalla».

– Escupo sobre su nombre -espetó la rolliza mujer, haciendo según decía-. Ya le he dicho a mi esposo que deberían echarla de aquí. Pero la granja es de su propiedad y está bajo la protección de Murgal.

– ¿Ah, sí? ¿Y decís que el hombre que os he descrito pasó la noche con ella?

– Sí.

– En tal caso habrá que ver qué dice Nemon. Gracias, Bairsech, por vuestro tiempo y por vuestra amabilidad.

Dejaron atrás a la mujer, que no dejó de mirarles con suspicacia.

Eadulf había desmontado también, y cruzaron el poblado tirando de los caballos.

– ¿Quién iba a pensar que nuestro pío hermano del norte frecuenta a mujeres de mala vida? -dijo, riéndose.

– No podemos estar seguros de ello -lo reprobó Fidelma-. Sólo sabemos que no regresó al hostal y que al parecer pasó la noche en casa de una prostituta. Eso no implica que frecuente estos lugares. El hecho de que esa tal Nemon esté bajo la protección de Murgal es un aspecto mucho más interesante en este asunto.

Al llegar a la cabaña, llamaron a la puerta de roble.

Momentos después, les abrió una mujer que los miraba con el mismo semblante hostil de la mujer del granjero.

Era una mujer entrada en carnes, de unos cuarenta años y de piel y cabellos rojizos. Iba muy maquillada, tenía las cejas teñidas con zumo de bayas, y los labios pintados de rojo. Se veía que antaño había sido una joven bien parecida, pero de eso hacía ya mucho tiempo, pues ahora su voluptuosidad era más burda que atrayente. Los escrutó un momento con unos ojos oscuros y luego miró hacia donde Bairsech, la esposa de Ronan, todavía estaba, observando cada movimiento con curiosidad insolente.

– Cada día tiene la nariz más larga -murmuró la mujer-. Bairsech es el nombre más adecuado para ella.

Sólo entonces Fidelma se dio cuenta de que el nombre podía aplicarse a una mujer peleona como un gallo joven. A continuación, la mujer se hizo a un lado y les hizo pasar.

– Pasad. No le demos el placer de seguir fisgando.

Amarraron los caballos a un poste pequeño que había delante del edificio y entraron.

Era una sala acogedora, pero no muy bonita.

– ¿Sois Nemon?

La mujer asintió sin decir anda.

– Y vosotros sois los extranjeros -dijo no tanto como pregunta sino como una afirmación.

– ¿Sabéis a qué hemos venido?

– Yo no sé nada y aún me importa menos. Sólo me preocupa estar bien y ocupar el tiempo en algo que me dé provecho.

Fidelma se dirigió a Eadulf:

– Dadle un screpalla Nemon -le ordenó.

Eadulf sacó la moneda del monedero a regañadientes y la entregó a la mujer. Ella casi la arrancó de su mano y la examinó con desconfianza.

– El dinero no abunda en el valle. Aquí solemos usar el trueque. Pero es tres veces bienvenido.

Se aseguró de que la moneda fuera auténtica antes de mirarlos y preguntarles:

– ¿Qué queréis? Está claro que no buscáis mis servicios -añadió riéndose burdamente.

Fidelma negó moviendo la cabeza y, para disimular la repugnancia que le había causado aquella insinuación, dijo:

– Sólo deseamos que nos dediquéis un momento de atención. Y que respondáis a unas preguntas.

– Muy bien. Preguntad.

– Me han dicho que anoche tuvisteis un invitado.

– Sí.

– ¿Un hombre de la ráth? Corpulento, vestido con ropas suntuosas y con el cabello tonsurado a la manera de mi amigo.

– ¿Qué pasa con él? -preguntó Nemon, sin intención de ocultar la verdad.

– ¿Cuándo vino?

– Tarde. Después de medianoche, creo. Tuve que echar a dos clientes para alojarlo a él.

– ¿Por qué?

– Me pagó.

– Pero era un extraño… ¿no os habría valido más atender a dos clientes del lugar que a un extraño que sólo vendría una vez?

Nemon inspiró por la nariz.

– Cierto. Pero Murgal estaba con él y me dijo que yo no saldría perdiendo.

– ¿Murgal?

– Sí, él me trajo al hombre. Solin, se llamaba, ahora me acuerdo…

– ¿Y Murgal, el druida de Laisre, os trajo al hombre desde la ráthy os pidió que… que le brindarais vuestros favores?

– Sí.

– ¿Os dio Murgal algún motivo para hacerlo?

– ¿Creéis que la gente me da motivos para hacer esto? Yo no hago preguntas mientras me paguen por mis servicios.

– ¿Hace tiempo que conocéis a Murgal?

– Es mi padrastro. Él se ocupa de mí.

– ¿Vuestro padrastro? ¿Y se ocupa de vos? -preguntó Fidelma con cierto cinismo en el tono-. ¿Habéis conocido otra vida aparte de la que lleváis?

Nemon se echó a reír con desdén.

– ¿Me censuráis? ¿Creéis que debería ser como la mujer de Ronan, ésa que está al otro lado del patio? Miradla: una mujer mucho más joven que yo, que parece lo bastante vieja para ser mi madre. Ha envejecido antes de tiempo porque está condenada a salir al campo antes del alba para ordeñar a las vacas, mientras su marido yace borracho un día sí y otro también. A ella le toca labrar campos, cavar y sembrar cosechas, mientras él va por ahí en su caballo, jactándose de ser un guerrero importante; y no es un señor, como él dice, sino el triste jefecillo de este penoso grupo de casuchas. No, no quiero una vida distinta de la que tengo. Al menos duermo en sábanas finas de hilo, y me quedo en la cama el tiempo que quiero.