La mofa que reflejaba en el semblante aquella mujer era clara.
– Sin embargo, he visto que también vos tenéis una granja pequeña que sacar adelante -señaló Eadulf-. Fuera hay vacas a las que ordeñar. ¿Quién hace el trabajo, si no vos?
Nemon arrugó la cara en un feo gesto.
– Sólo las tengo porque son una fuente de ingresos. Mañana mismo las vendería si me pagaran bien por ellas. Dan demasiado trabajo. Pero, como he dicho, en este valle funciona el trueque, así que sólo obtendría más vacas, o cabras, gallinas, huevos y demás, en vez de monedas.
– Gracias por hablar con nosotros -dijo Fidelma de pronto, levantándose para salir.
– No hace falta que me deis las gracias. Me habéis pagado por mi tiempo. Regresad si deseáis saber algo más.
Al salir de la cabaña de Nemon, Eadulf lanzó a Fidelma una mirada significativa y le preguntó:
– ¿Creéis que Murgal pretendía lisonjear de algún modo al hermano Solin?
Fidelma sopesó la pegunta.
– ¿Queréis decir que lo sobornó? ¿Que se sirvió de Nemon para agradar a Solin, de manera que éste participara en la farsa del concilio?
Eadulf asintió.
– Puede -concedió Fidelma-. O quizás el hermano Solin encuentre irresistible el placer que pueda proporcionarle una mujer como Nemon. Quizá preguntó a Murgal dónde encontrar esa clase de servicios. Y parece que el propio Murgal se permite ese tipo de licencias por su parte.
– ¿Os referís al incidente con Marga, la boticaria?
Fidelma se subió al caballo sin contestar.
Bairsech, la mujer de Ronan, continuaba de pie en la puerta de su casa, de brazos cruzados, contemplándolos con cara de pocos amigos cuando empezaron a alejarse por el puente, de regreso a la ráth.
– ¿Sabrá Ultan de Armagh que a su secretario le gusta visitar a mujeres de mala vida? -se preguntó Eadulf.
Fidelma contestó con seriedad:
– Lo dudo. Ultan es partidario de las nuevas ideas procedentes de Roma en cuanto al celibato del clero.
– Eso nunca cuajará -aseguró Eadulf-. Es cierto que siempre habrá ascetas, pero pedir a todo el clero de la Fe que profese esos votos es exigir demasiado a un ser humano.
Fidelma lo miró de soslayo.
– Creía que aprobabais esa idea.
Eadulf se ruborizó sin decir nada.
– Bueno, al menos hemos resuelto el misterio de dónde estaba el hermano Solin anoche.
Eadulf suspiró.
– Ahora mismo sólo quiero echarme a dormir y que deje de retumbarme la cabeza.
Capítulo 9
Marcharon despacio hacia la ráth. Encontraron a pocas personas de camino. Al ser mediodía, la mayoría se había retirado para comer. Eadulf todavía se quejaba del dolor de cabeza, y Fidelma, que se compadeció de él, le propuso que fuera derecho al hostal y que ella llevaría a los caballos a las cuadras. Él aceptó la sugerencia sin reparos y, sin perder un momento, la dejó antes de llegar a las cuadras y cruzó el patio adoquinado. Fidelma entró con los dos caballos y los condujo hasta los únicos establos que quedaban vacíos. No había rastro de los dos mozos de cuadras que solía haber, pero no le costó mucho desensillar a los caballos y darles agua y forraje.
Estaba inclinada para recoger las alforjas que había dejado en el suelo, cuando oyó entrar a alguien en la caballeriza. Iba a erguirse, pero al reconocer la voz del hermano Solin hablando en un tono defensivo, vaciló un momento, hasta que algo le dijo que debía volver a ponerse en cuclillas y esconderse tras los tableros de la cuadra.
Había dos voces. Era fácil reconocer los tonos silbantes del hermano Solin, pero no supo identificar a la persona que lo acompañaba. Era un hombre joven. Lo que le impidió identificarlo fue el hecho de que también hablaba con acento del norte. Se acercó con cuidado a la entrada de la cuadra y consiguió echar un rápido vistazo. El hermano Solin y un joven estaban de pie en la entrada de las cuadras. Fidelma dio otro vistazo desde la puerta de madera que la ocultaba.
– Aquí -oyó decir al hermano Solin- pasaremos al menos desapercibidos.
– La cuestión no es si pasamos desapercibidos o no -replicó la voz más joven con enfado.
– Al contrario -corrigió el hermano Solin con lisonjería-, si alguien se enterara de que estáis entre ellos para espiarles, no les haría mucha gracia. Serían capaces de hacer algo… diríamos drástico.
– «Espiar» es un término muy serio -dijo el joven con sorna-. ¿Y qué me decís de la misión que habéis venido a cumplir?
– ¿Acaso ponéis en entredicho mi derecho a estar en este lugar?
– ¿Derecho? ¿Qué derecho? Lo que pongo en duda, desde luego, son vuestras intenciones.
– Escuchad, joven amigo -dijo el hermano Solin en un tono que parecía impasible-, y escuchadme bien. Os aconsejo que os abstengáis de inmiscuiros en los asuntos de Armagh. ¿Os creéis intocable porque servís a quienes servís? Pues bien, existen fuerzas más poderosas que las de vuestro señor, y no tolerarán interferencia alguna.
El joven aspiró profundamente y aclaró:
– No me amenacéis a la ligera, monje pedante, pues el clero no servirá para protegeros de la ira de aquél a quien sirvo.
Se hizo un silencio inesperado.
Con cuidado, Fidelma volvió a asomar la cabeza sobre el borde de la puerta, y vio la figura rechoncha del hermano Solin de pie, solo, junto a la entrada, mirando hacia fuera. El adversario acababa de marcharse. El hermano Solin esperó unos momentos, pensativo, se encogió de hombros y se fue.
Fidelma salió de la cuadra, meditando sobre cómo debía interpretar la conversación que acababa de oír. Contuvo un suspiro de resignación, se dio la vuelta y recogió las alforjas. Fue hasta la puerta con cuidado, para asegurarse de que nadie la observaba. Atisbo al hermano Solin entrando en la botica al otro lado de la plaza, y se apresuró a cruzar el patio, hacia la casa de huéspedes.
Cruinn, la corpulenta hostalera, estaba preparando la comida del mediodía. Alzó la vista al ver entrar a Fidelma y le dirigió una sonrisa carnosa.
– Vuestro compañero, el extranjero, se ha ido a la cama -anunció con cierto regocijo-. Hoy debe de haber varios hombres en la ráth que estén igual que él. ¿Queréis sentaros a comer?
Fidelma le contestó que lo haría, pero antes subiría un momento para ver cómo estaba Eadulf. Se disponía a subir, cuando la rolliza mujer se aclaró la garganta, como si se avergonzara.
– ¿Me permite, señora, que hablemos un momento, ahora que estamos solas?
Intrigada, Fidelma se dio la vuelta y la invitó a hablar.
– Por favor, decidme.
– Me han dicho que sois una dálaigh y que conocéis, por tanto, nuestras leyes. ¿Es cierto?
Fidelma asintió sin decir nada.
– ¿Conocéis todas las leyes matrimoniales?
Fidelma no esperaba tal pregunta y enarcó las cejas, sorprendida.
– Sí, conozco el texto del Cáin Lánamna -contestó con una sonrisa alentadora a la mujer, que estaba nerviosa-. ¿Estáis pensando en casaros, Cruinn? Quizá lo mejor sería consultar a Murgal. Él conoce mejor vuestras ceremonias paganas.
La hostalera movió la cabeza en un gesto negativo, al tiempo que se limpiaba las manos en un delantal de color azafrán.
– No, él no. Quiero pediros consejo a vos. Os pagaré, aunque no tengo mucho.
Tal era el ansia de aquella mujer, que Fidelma la tomó del brazo y la hizo sentarse en un banco de la mesa; ella hizo lo mismo, sentándose ante la mujer.
– Podéis pedirme consejo a cambio de nada, Cruinn, si tan importante resulta para vos. ¿En qué puedo ayudaros?