– He oído que ha llegado otro visitante del norte a la ráth -dijo al llegar a la puerta.
Rudgal la miraba con admiración.
– Pocas cosas se os escapan, Fidelma de Cashel -contestó-. Así es: cuando vos y el sajón os hallabais en el poblado de Ronan, ha llegado un comerciante.
– ¿Un comerciante? ¿Y qué vende?
Rudgal no parecía muy interesado.
– Comercia con caballos, creo -dijo sin darle importancia.
El compañero de Rudgal hizo una mueca de incredulidad, gesto que Fidelma no pasó por alto. Se dirigió a él para preguntarle:
– ¿No pensáis lo mismo?
– ¿Que comercia con caballos? -preguntó el hombre con escepticismo-. Ése lleva la marca de un guerrero profesional.
Fidelma miró con sumo interés al compañero de Rudgal.
– Por lo visto lo habéis visto de cerca. ¿Por qué decís que lleva la marca de un guerrero profesional?
Rudgal tosió con fuerza. Era una señal clara, y el otro hombre se encogió de hombros y masculló una disculpa diciendo que requerían su presencia en otra parte.
Rudgal iba a marcharse también, cuando Fidelma le pidió que esperara.
– ¿A qué se refería vuestro compañero?
– Simplemente que un hombre puede ser varias cosas -contestó con indiferencia-. Como bien sabéis, hermana, yo soy carrero de oficio y además ejerzo de guerrero para servir a Gleann Geis cuando hay menester.
– ¿Ha pasado de largo el tratante de caballos, o se ha quedado en la ráth?
– Como ya no quedan habitaciones en la casa de huéspedes, Laisre ha propuesto que el comerciante se alojara en la granja de Ronan.
– ¿Está allí ahora?
– No, ha regresado a la ráth y se halla en la sala consistorial conversando con Laisre.
– Vaya. ¿Y dónde está la mercancía? ¿En la granja de Ronan quizá?
Rudgal la miró, extrañado.
– ¿La mercancía?
Fidelma conservó la paciencia.
– Si es tratante de caballos -le explicó-, tendrá caballos con los que comerciar, ¿no? Me gustaría ver su oferta. Desde aquí se ven los pastos de Ronan, y no veo ninguna manada de caballos entre las vacas.
Por un instante, Rudgal la miró con expresión confusa.
– No sé. Quizá deberíais hablar con él.
Fidelma se quedó mirando al guerrero, que se alejó de la ráth, colina abajo.
De pronto notó la presencia de alguien que corría. Al darse la vuelta vio a la esposa del tánaiste, Orla, que parecía enfada, dirigiéndose hacia el edificio próximo a las puertas de entrada.
– Parecéis consternada, Orla -gritó, lo cual obligó a la esposa del tánaiste a detenerse-. ¿Puedo ayudaros?
La hermosa mujer se la quedó mirando un momento; tragó saliva, pero no cambió el gesto de enfado.
– Que la diosa de la muerte os maldiga a todos vosotros, cristianos -dijo con malevolencia-. ¡Reivindicáis piedad, castidad y humildad, pero no sois más que animales!
Fidelma quedó estupefacta.
– No sé a qué viene esto. Quizá deberíais explicaros.
Orla levantó la barbilla.
– ¡Mataré a ese cerdo seboso de Solin si vuelve a acercarse a mí!
– Espero que no hayáis desperdiciado un buen vino con él -dijo Fidelma sonriendo al recordar el aspecto que presentaba el hermano Solin.
Orla la miró fijamente.
– ¿Vino?
– Suponía que erais vos quien ha rociado al hermano Solin con vino.
Orla negó con la cabeza.
– Yo no. No desperdiciaría ni un mal vino con ese puerco.
Sin decir más, Orla siguió adelante, dejando a Fidelma con una expresión pensativa. Se dirigió entonces hacia la ráth a través del patio.
Una voz la hizo detenerse.
Era Marga, la boticaria, que se acercaba a ella.
– ¿Me tomáis por tonta?
Fidelma no se inmutó. ¿Dos mujeres furiosas en pocos minutos?
– ¿Qué os hace pensar que es así? -dijo Fidelma a su vez con interés.
– Esta mañana habéis acudido a mí en busca de un remedio para la resaca de vuestro amigo. ¿Me estabais poniendo a prueba?
– ¿Por qué iba yo a poneros a prueba?
– ¿Quién sabe cuáles son vuestros motivos? Vuestro amigo sajón tiene suficientes conocimientos de medicina para buscarse su propio remedio. He sabido que ha estudiado en Tuam Brecain y sabe lo bastante para no tener que consultarme.
Fidelma guardó silencio un instante.
– ¿Cómo habéis sabido que estudió en Tuam Brecain? -preguntó después de un momento de reflexión.
Marga estaba exasperada.
– ¡Respondéis a mis preguntas con preguntas! No creáis que podéis guardar secretos en un lugar tan pequeño como la ráth de Laisre.
– Os pido perdón -pidió Fidelma con una amable sonrisa-. Es por costumbre. Hace demasiado tiempo que soy dálaigh para cambiar mi conducta. Ah, pero creo que ya lo sé: esta mañana el hermano Solin os ha hecho una visita.
Era evidente que el hermano Dianach se lo había dicho al hermano Solin, y Solin había pasado la información aquella mañana al acudir a la botica de Marga.
Marga le lanzó una mirada de antipatía, dio media vuelta y se alejó a grandes pasos.
Fidelma se quedó allí de pie unos momentos antes de seguir andando hacia el edificio principal de la ráth, que albergaba la sala consistorial.
La figura taciturna de Murgal la saludó desde la puerta.
– ¿De manera que habéis decidido regresar?
Ella no mostró satisfacción alguna.
– Es más que evidente, Murgal. ¿Por qué queréis hacer tan difícil la labor de vuestro jefe?
Murgal esbozó una sonrisa.
– A estas alturas ya deberíais saber que no estoy de acuerdo con lo que está haciendo mi jefe. Por tanto, ¿por qué iba a facilitarle el camino?
– Se me ha dicho que ya se había tomado una decisión. Si es así, deberíais acatarla.
– Una decisión que se toma de forma arbitraria no vincula a todo el pueblo.
– ¿Me estáis diciendo con esto que Laisre ha tomado la decisión de pedir a Imleach y a Cashel un enviado sin antes hablar del asunto con el Consejo?
Murgal vaciló un momento, estuvo a punto de contestar, pero lo pensó dos veces.
Fidelma esperó su respuesta, y al guardar silencio Murgal, ella añadió:
– Puede que no compartamos una misma Fe, Murgal, pero hay algo en lo que ambos creemos y es en el imperio de la ley. La palabra de vuestro jefe es inviolable una vez pronunciada. Sois brehon, Murgal. Habéis hecho un juramento; un juramento sagrado, y ese juramento es respetar la ley.
Murgal movió la cabeza en señal de desprecio.
– Pero mi juramento no es válido de acuerdo con vuestra Fe porque no es un juramento a vuestro Dios.
– No estáis hablando con un clérigo extranjero, Murgal. Sea o no cristiana, soy descendiente de Eber el Justo. Habéis prestado juramento, ya se alce el mar y os sepulte a vos, ya el cielo caiga sobre vuestra cabeza. Habéis jurado ateneros a la ley. Y así lo haréis.
– Sois una mujer extraña, Fidelma de Cashel.
– Soy el resultado de mi pueblo, como vos.
– Yo soy enemigo de vuestra Fe.
– Pero no sois enemigo de nuestro pueblo. Si Laisre dio su palabra de acuerdo con la ley, vos sabéis que jurasteis mantenerla.
Las puertas de la sala consistorial se abrieron, y salió Laisre. Le seguía el joven a quien Fidelma había visto en la entrada del establo. Escrutó al recién llegado con cuidado.
Tenía unos treinta años. No era alto, pero supo que su cuerpo era musculoso, a pesar de la holgada ropa que llevaba. No vestía con el atuendo propio de un guerrero y mucho menos las galas de un noble. Pero cazó al vuelo aquello a lo que se había referido el guerrero de la entrada a la ráth. El joven se desenvolvía de un modo particular. Llevaba una espada a la cadera, y una daga en el cinturón, y daba la impresión de que no sólo las llevaba para impresionar. Los profundos ojos marrones del hombre eran inquietos, escrutadores y perceptivos como los de Fidelma. Tenía el cabello marrón bien cortado y un bigote cuidado. Las ropas no eran de su talla, más bien parecía que se las hubiera puesto por error.