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Era indudable que Laisre no esperaba encontrar a Murgal con Fidelma.

Se detuvo en seco, los miró con ojos inquisidores y, al ver que no había una abierta animosidad entre ellos, se dirigió hacia ellos con una sonrisa forzada.

– Otro forastero está de viaje por nuestra región. Fidelma de Cashel, Murgal, permitid que os presente a Ibor de Muirthemne.

El hombre dio un paso al frente e inclinó la cabeza lo justo para saludarlos.

– Señora, vuestra fama os precede. Vuestro nombre es conocido con afecto incluso en Tara.

– Sois gentil, Ibor -agradeció Fidelma-. Y también estáis muy lejos de vuestra tierra natal, Muirthemne.

– El destino del comerciante exige a menudo aventurarse lejos de su hogar, señora.

– Me han dicho que sois tratante de caballos.

El joven movió la cabeza en señal de afirmación. Fidelma pensó que tenía unos rasgos cálidos y honestos, casi infantiles.

– Os han dicho bien, señora.

– Entonces me gustaría ver vuestros caballos, ya que estoy interesada en comprar uno. ¿Dónde pasta la manada?

– No he traído una manada -confesó el hombre sin reparo.

Murgal intervino, formulando la pregunta que pensaba hacer Fidelma:

– ¿Dónde se ha visto un tratante de caballos sin caballos? Eso merece una explicación.

Sin alterarse, el hombre se rió y dijo:

– Ah, pero sí que tengo un caballo. He traído un caballo para vender.

– ¿Sólo uno? -preguntó Murgal algo sorprendido-. Es un largo viaje desde Muirthemne para vender un solo caballo.

– Cierto -le dio la razón Ibor-. Pero es un buen caballo, y espero venderlo a un buen precio. Espero venderlo por treinta séds.

– ¿Treinta séds? -exclamó Murgal-. Es una suma considerable por un animal.

– ¿Habéis dicho que «esperáis venderlo»? -preguntó Fidelma enseguida.

– Tenía entendido que Eoganán, el jefe de los Uí Fidgente, estaba buscando un purasangre y que, por un animal de gran valía, iba a estar dispuesto a pagar un precio que haría que mi viaje valiera la pena. Yo he encontrado un animal así, un caballo criado entre los britanos que traje a Eireann. Había pensado que sólo con la suma que me pagaría Eoganán el viaje valdría la pena.

Fidelma lo miró con suspicacia.

– Pero Eoganán murió en la colina de Ame hace seis meses.

Ibor de Muirthemne alzó las manos en un ademán de resignación.

– Sin embargo, yo no lo supe hasta llegar al reino de los Uí Fidgente. Allí hallé al nuevo jefe, Donnenach, tratando de recuperar los tesoros de su pueblo vencido…

– Vencido por el hermano de Fidelma, Colgú de Cashel -interfirió Murgal con malicia.

– Después de que los Uí Fidgente, al mando de Eoganán, conspiraran para derrocar a Cashel -aclaró Fidelma con enfado, pues no era la primera vez que Murgal trataba de presentar la victoria de Cashel sobre los Uí Fidgente como una responsabilidad exclusiva de Colgú.

– Sí, pero yo no sabía nada de todo ello -señaló Ibor de Muirthemne con resignación.

– No sabía que las noticias tardaran tanto en llegar a Muirthemne -comentó Fidelma.

– Yo me encontraba en el reino de Gwynedd, entre los britanos, cuando todo esto sucedió -se lamentó Ibor-. Estaba allí organizando la compra de caballos. Regresé a Ulaidh hace un mes y, la noticia era tan vieja, que nadie se molestó en contarme nada. Tomé el caballo que había escogido con tanto cuidado y partí hacia el pueblo de los Uí Fidgente…

– ¿No resultó difícil sacar un purasangre de Ulaidh, cuando la ley del Allmuir Sét estipula que sólo pueden venderse dentro de los límites de Ulaidh? -preguntó Fidelma con ingenuidad.

El hombre vaciló un momento y se apresuró a justificarse:

– Tenía una exención especial del rey. Y no supe de la derrota de los Uí Fidgente hasta que no llegué a su reino, donde esperaba encontrar a Eoganán.

– ¿Y qué os ha traído por aquí, si los Uí Fidgente viven al otro lado de las montañas del norte? -preguntó Fidelma.

– Ya os lo he dicho -explicó el hombre, un poco ofendido-, aquel lugar está devastado y destruido. A nadie le interesaba trocar un purasangre, pues se llevaron su ganado como castigo. Y como no quería volver a llevarme el caballo hacia el norte, he venido aquí. Un Uí Fidgente me dijo que Laisre de Gleann Geis sabía valorar bien un buen caballo.

Fidelma se dirigió a Laisre con curiosidad.

– ¿Y ya os habéis formado un opinión del animal?

– Aún no he tenido ocasión de verlo. Ibor acaba de llegar, y el caballo está en la cuadra de la granja de Ronan. Quizá lo vea mañana, o cuando nuestro invitado haya descansado de su viaje.

– Sí -afirmó Ibor-. He prometido a la esposa de Ronan, Bairsech, que regresaría para bañarme y descansar del viaje, y ya me demoro. Así que, si me disculpáis, debo marcharme.

– Os acompañaré hasta la granja de Ronan -anunció Murgal-. Yo también voy en esa dirección. Mi… mi hija adoptiva vive en el poblado de Ronan.

– Es todo un gesto por vuestra parte, Murgal -agradeció el hombre, pero el tono de voz no acompañó a las palabras.

Al parecer, al joven no le gustó la idea de que Murgal lo acompañara. Luego se dirigió con cortesía a Fidelma.

– Es un honor haberos conocido, Fidelma de Cashel.

– Merece interés conocer a un tratante de caballos, sobre todo si viaja grandes distancias para llegar a un rincón tan pequeño del reino de Cashel.

Ibor y Murgal salieron juntos de la ráth.

– Un joven agradable -observó Laisre mientras él y Fidelma los miraban alejarse.

Fidelma dijo con ironía:

– Un joven imprudente.

Laisre la miró sin entenderla, y ella añadió:

– Es de imprudentes viajar a través del reino de los Uí Fidgente con un caballo de valor en los tiempos que corren.

– Quizás el reino de los Uí Fidgente no es tan peligroso como creéis -comentó Laisre-. El hermano Solin y su joven acólito estuvieron allí hace unos días.

Fidelma no disimuló su sorpresa.

– Vaya, ¿así que el hermano vino aquí por la región de los Uí Fidgente? Desde luego, eligieron una ruta singular.

– Es normal tomar esa ruta si uno viene de los reinos del norte -respondió Laisre.

– Supongo que sí -concedió Fidelma con renuencia-. Pero yo no osaría tomarla.

– Volveré a reunirme con el Consejo esta tarde para limar nuestras diferencias, y puede que acordemos reanudar la negociación mañana antes del mediodía. Os vuelvo a pedir disculpas por lo ocurrido esta mañana. Murgal es un hombre honesto, pero todavía no está convencido de que si no toleramos la Fe sólo conseguiremos que se extinga nuestro pueblo. Teme los cambios que habrá.

– Es una actitud comprensible -reconoció Fidelma-. No obstante, ya dijo Heráclito que nada es permanente en la vida, salvo el cambio.

Laisre sonrió abiertamente.

– Es una buena máxima, pero hará falta mucho más para hacer cambiar de parecer a Murgal -dijo y, después de hacer una pausa, añadió-: Esta noche habrá otro festejo.

Fidelma se estremeció un poco.

– Quizá podáis disculparnos al hermano Eadulf y a mí.

El jefe frunció un poco el ceño. Rechazar la asistencia a un banquete era casi un insulto. Fidelma conocía las normas de hospitalidad, de modo que se apresuró a añadir:

– Estoy bajo geis, una prohibición que, después de luna llena, me obliga a tomar una cena frugal y a meditar sobre la Fe.