Выбрать главу

Laisre abrió un poco más los ojos y preguntó:

– ¿Bajo geis, decís?

Fidelma asintió con gravedad. Un geis era una antigua prohibición, un tabú u obligación que, al imponerse a alguien, debía obedecer el mandamiento. El concepto de geis todavía se mantenía en las Leyes Brehon. Al legendario héroe-guerrero de Ulaidh, Cúchulainn, se le había impuesto el geis de no comer jamás carne de perro. Cuando cayó en manos enemigas, acabó alimentándose de carne de perro, lo cual precipitó su muerte de manera inevitable. Desatender o transgredir la prohibición exponía a quien se le había impuesto el geis a un rechazo social que lo excluía del orden establecido.

Fidelma mintió tras un breve enfrentamiento contra su conciencia religiosa. ¿Acaso no decía el brehon Moran: «No mentir nunca es como no tener cerrojo en la puerta de casa. La mendacidad es permisible si se emplea para protegerse de un mal mayor»? Sabía que Laisre la entendería y que no pondría en tela de juicio tal prohibición.

– Muy bien, Fidelma, no seguiré insistiendo.

– No obstante, hay algo más que… -lo retuvo Fidelma.

– Por favor, decidme.

– ¿Hay una biblioteca en la ráth?

– Por supuesto que sí -contestó Laisre, casi con indignación-. Las bibliotecas no son privativas de los cristianos.

– Con ello no suponía lo contrario -se disculpó Fidelma-. ¿Dónde puedo encontrarla?

– Os la mostraré. De hecho, está a cargo de Murgal como druida y brehon.

– ¿Le importará que la consulte?

– Yo soy su jefe -aseveró Laisre como aclaración.

La acompañó a través del patio, hacia el mismo edificio que albergaba la botica. Algo más allá de ésta había una entrada principal, a través de cuya puerta se accedía a un vuelo de escaleras que conducía a otras plantas. Laisre subió hasta la tercera y última planta, y se adentró por un pasillo que daba a la sala cuadrada de una torre. La torre, que era achaparrada, tenía unas espléndidas vistas a la ráth.

– Ahí vive Murgal -dijo Laisre, señalando una estancia adyacente-. Y ahí está la biblioteca.

Fidelma entró en una sala pequeña con las paredes recubiertas de estaquillas de madera de las que colgaban bolsas de libros, en cada una de las cuales había un volumen encuadernado en cuero.

– ¿Buscáis algo en concreto? -preguntó Laisre cuando Fidelma se acercó a la hilera de estacas y bolsas para mirar el título de cada libro.

– Busco los libros de leyes.

Laisre señaló un grupo de libros que había en un rincón. Se quedó de pie sin saber muy bien qué hacer mientras ella consultaba las obras. Fidelma dejó de prestarle atención, hasta que al final Laisre se aclaró la garganta.

– Entonces, si ya no me necesitáis… -indicó.

Fidelma alzó la vista, como si hubiera olvidado que Laisre estaba allí y le sonrió para disculparse.

– Disculpadme. No tardaré en consultar la referencia que necesito. Pero no tenéis por qué esperarme. Sabré regresar sola.

Laisre se mostró indeciso, hasta que inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

– En tal caso, a menos que nuestros caminos se crucen, os veré mañana en el Consejo antes del mediodía.

Cuando Laisre hubo salido, Fidelma siguió consultando las bolsas de libros. Buscaba la copia de un texto específico, y se preguntaba si el brehon la tendría entre la veintena de textos legales.

Al final dio con lo que buscaba. Era una obra titulada Allmuir Sét, o venta de bienes extranjeros. Pasó media hora leyendo el texto antes de volver a depositarlo en la bolsa y colgar ésta en la estaca.

Abandonó la sala con una expresión pensativa en el rostro, y volvió sobre sus pasos hasta el patio, para dirigirse al hostal con decisión.

Capítulo 10

Fidelma cruzaba el patio en dirección al hostal cuando el repiqueteo de cascos en la entrada a la ráth le llamó la atención. Aquel sonido sólo podía anunciar la llegada de un grupo de jinetes. Entre ellos reconoció de inmediato a Colla y a Artgal en cabeza. Se detuvieron y descabalgaron. Fidelma se dirigió hacia Colla, que estaba aflojando la cincha de la montura.

– ¿Qué habéis averiguado entonces, Colla? -preguntó sin preámbulos.

El tánaiste de Gleann Geis la miró con un gesto desapacible. No parecía alegrarse de verla.

– Un viaje infructuoso -anunció-. Esperaba algo más.

– ¿Qué habéis averiguado? -insistió ella.

– Casi nada -dijo, quitando importancia a sus palabras-. Los cuervos se han cebado. No han dejado mucho que ver. Mis hombres y yo hemos seguido unas huellas, pero se perdían al llegar a un terreno pedregoso. Lo único que puedo decir con seguridad es que se dirigían al norte.

– ¿Y? -lo animó a seguir Fidelma-. ¿Las habéis seguido?

– Como he dicho, el suelo era tan pedregoso que las huellas se desvanecían. Hemos buscado por los alrededores y, al comprobar que no había más rastros, hemos decidido regresar.

Fidelma entrecerró los ojos con decepción.

– ¿De modo que eso es cuanto debo comunicar a Cashel? ¿Que treinta y tres jóvenes han sido víctimas de una suerte de ritual sangriento en Gleann Geis y que no había rastro de sus asesinos?

Colla se irguió y adoptó un tono desafiante:

– No puedo sacar razones de la nada, Fidelma de Cashel. Ni siquiera vos podríais haber seguido un rastro inexistente.

– Sin embargo, habéis dicho que las huellas iban hacia el norte. ¿Hasta dónde las habéis seguido?

– Hasta el lugar en que se perdían.

– Pero, ¿qué región hay al norte? -insistió Fidelma.

– Los Coreo Dhuibhne lindan al norte con las tierras de este valle.

Fidelma apretó los labios un momento.

– Es un clan muy amistoso, y conozco a su jefe, Fathan. Esta maldad no lleva su marca. ¿Qué otras regiones hay en esa dirección?

– Bueno, hacia el noreste se encuentra la región de vuestro primo Congal de los Eóghanacht de Loch Léin, rey de Iarmuman. ¿Creéis que es posible que hayan tenido algo que ver en ello?

Fidelma tuvo que reconocer que no.

– Pero más allá de su región se encuentra la de los Uí Fidgente -dijo pensativamente.

Colla entornó los ojos.

– ¿Acaso buscáis un chivo expiatorio? -preguntó-. Los Uí Fidgente son un pueblo arrasado. Vuestro hermano los derrotó en Cnoc Aine. Son débiles e incapaces de cualquier acción hostil. ¿Pretendéis perseguirlos hasta relegarlos al olvido?

– Sólo si son responsables de esta atrocidad -confirmó Fidelma.

– Si hay algo cierto es que son un pueblo cristiano, lo cual los descarta de cualquier posible sospecha -dijo Colla con desdén.

Artgal se acercó para llevarse el caballo del tánaiste a las cuadras. Luego dio permiso a los demás soldados para retirarse.

Fidelma miró en silencio a Colla un instante antes de continuar, cosa que hizo en un tono marcadamente intencionado.

– Por el momento, Colla, a falta de pruebas, no podemos asegurar quién asesinó a aquellos jóvenes, aunque el modo en que colocaron los cuerpos muestra que el culpable esperaba que quien los hallara supiera que hay un simbolismo pagano detrás de la acción, ya sea intencionada o inintencionadamente.

Agradeció a Colla el esfuerzo que había hecho y se dirigió a la casa de huéspedes a grandes zancadas.

Allí sólo estaba Eadulf, sentado, sirviéndose una generosa jarra de agua fría.

– ¿Os sentís mejor? -preguntó ella en un tono alentador.

Eadulf levantó la cabeza, la miró con los ojos inyectados en sangre y forzó una sonrisa. Todavía estaba pálido.