Выбрать главу

En aquel prado había dos caballos: un semental negro y una yegua blanca. La yegua se asustó, pero el macho no se movió cuando Fidelma le pasó la mano sobre el hombro y el espolón. Lo acarició con suavidad en el morro y le examinó los dientes. Le costó más examinar a la yegua, pero al cabo de un rato la consiguió tranquilizar para hacerlo.

– ¿Qué hacéis? -gritó una voz chillona.

Bairsech, la mujer de Ronan, estaba de pie ante la puerta de la granja, mirándola con desconfianza.

– Sólo examino a estos caballos, Bairsech -contestó Fidelma sin inmutarse-. ¿Son éstos los de Ibor de Muirthemne?

Al reconocer a Fidelma, la mujer frunció más el ceño.

– Sí, son lo suyos -contestó de mala gana.

Fidelma apretó los labios al mirar a los animales.

– ¿No ha traído más caballos?

– ¿Por qué lo preguntáis? Si queréis comprar uno, él está en la ráth.

– Permitidme otra pregunta -insistió Fidelma sin perder la paciencia-. ¿Ha traído más animales?

– No, sólo esos dos -respondió Bairsech con desconfianza-. ¿Para qué queréis saberlo?

– Para nada. Para nada en absoluto. Como habéis dicho, veré a Ibor en la ráth.

Salió del prado y se dirigió de vuelta a la fortaleza de Laisre.

Cuando llegó allí, Eadulf ya se había bañado, Cruinn estaba disponiendo la comida en la mesa y no había señal del hermano Dianach. Eadulf le dijo que el hermano se había ido ya al banquete, pero que Solin no había regresado aún a la casa de huéspedes. Fidelma se planteó si debía bañarse o no, y decidió que prefería tomarse la sopa caliente y bañarse luego.

Cruinn les preguntó si se les ofrecía algo más y, al confirmarle que no, les deseó las buenas noches y salió para que cenaran tranquilos.

Fidelma comía en silencio, mientras Eadulf lo hacía con moderación, acompañando la cena con agua, mientras que Fidelma tomaba sorbos de una jarra de aguamiel.

– ¿Qué estáis rumiando, Fidelma? -preguntó al fin Eadulf, rompiendo el silencio que había entre ellos-. Sé cuándo le estáis dando vueltas a algo, porque tenéis esa mirada perdida.

Fidelma salió de su abstracción y fijó la vista en Eadulf.

– No pienso en otra cosa que en concluir el asunto con Laisre mañana, siempre y cuando Murgal y el hermano Solin no nos vengan con más farsas. Como os he dicho, concluida la misión, deberemos investigar el misterio de los jóvenes asesinados.

– ¿De veras creéis que podéis dar con alguna pista que Colla haya pasado por alto?

– No creeré nada hasta que no haya examinado las pruebas. No puedo dejar de pensar en ello; hay algo oscuro en este asunto que no augura nada bueno…, algo que tengo delante de mis propias narices y que no soy capaz de reconocer. Aun así, acabo de confirmar lo que sospechaba sobre ese joven extranjero que dice ser tratante de caballos.

Eadulf la miró con interés.

– ¿Aparte de que no conoce las leyes del comercio? -preguntó con lucidez.

– No sólo no conoce las leyes del comercio, sino que el purasangre que dice haber traído desde Gran Bretaña para vender a tan alto precio… no es un purasangre, ni mucho menos.

– ¿Lo habéis visto?

– He ido a la granja de Ronan, donde Ibor se aloja. He visto los dos caballos que ha traído con él.

Uno es una yegua y el otro, un semental. No me cabe duda de que están adiestrados, y muy bien adiestrados, para la guerra. Ambos presentan cicatrices y parece que ya han entrado en batalla alguna vez.

– ¿Estáis diciendo que es un absoluto impostor?

– Estoy diciendo que ninguno de los dos caballos son lo que él dice que son. Ha dicho que había traído un purasangre del reino de los britanos, de Gwynedd. Los caballos de esa región son todos de patas cortas y pecho amplio, tienen un pelaje grueso y áspero, y un manto aislante que los protege de inviernos extremos. Y los que ha traído él no son de pura raza en absoluto. Tienen las piernas largas y parecen el tipo de caballos de Galia que emplean para las carreras o para la guerra. Además, son demasiado viejos para valer un precio que justifique un viaje tan largo desde Ulaidh a esta remota parte del reino. En otras palabras: ¡Ibor de Muirthemne miente!

Eadulf se sintió impotente, pues no podía darle ningún consejo, o pensar siquiera en algo que pudiera servir de ayuda y aclarar la situación.

Terminaron de cenar en medio de un silencio meditativo. Desde allí oían la leve algarabía que les llegaba de lejos desde la sala de festejos de Laisre. Fidelma propuso que, si Eadulf se encontraba en buena disposición, podían dar un paseo por los muros de la ráth antes de retirarse. Eadulf habría preferido irse a la cama inmediatamente, ya que aún no se había recuperado de la sensación de mareo. No obstante, el sentimiento de culpa le hizo acceder a la propuesta de Fidelma. Al menos su relación con ella le permitía permanecer en silencio sin sentirse violento, y se conocían tanto que parecían saber qué pasaba por la mente del otro.

Salieron del hostal y subieron por las escaleras que llevaban a la pasarela de las almenas.

Una sombra se movió al final de la escalera. Oyeron una risilla recatada y vieron la figura delgada y pequeña de una muchacha, que desapareció en la oscuridad. Luego otra sombra, con una voz grave y masculina, les dio el alto. Reconocieron la figura de Rudgal cuando apareció ante ellos bajo la luz titilante de una antorcha.

– ¿No estabais en el banquete de Laisre? -preguntó el carrero y guerrero a tiempo parcial, que al parecer se avergonzó al verles.

– Con un banquete de Laisre me basta -confesó Eadulf como lamentándose.

Rudgal los miró con una expresión comprensiva.

– Mal vino -sentenció-. A veces pasa -explicó, y se volvió a Fidelma, cambiando de tema sin más-. Artgal me ha dicho que no se ha encontrado nada en la llanura donde descubristeis los cuerpos, o nada que explique cómo llegó a suceder semejante atrocidad.

Fidelma se apoyó contra una almena y, contemplando la oscuridad de la noche, le dijo:

– Vos sois cristiano, Rudgal. ¿Qué pensáis de esta matanza?

Rudgal tosió nerviosamente y miró a su alrededor. Bajó la voz hasta alcanzar un tono de conspiración.

– Como habéis dicho, hermana, soy adepto a la fe. La vida ha sido muy difícil para quienes, como yo, seguimos este camino en Gleann Geis. Luego, cuando empezó a ser evidente que una buena parte de los habitantes del valle éramos cristianos, pudimos iniciar cierta presión sobre el jefe y la asamblea para que reconocieran nuestra insistencia. Durante varios años el jefe y el Consejo ignoraron a los nuestros. Luego, inesperadamente, el jefe pareció entender la situación, ya que invalidó la postura del Consejo y mandó a un mensajero a Cashel. Yo creía que no vería llegar ese día en vida. Aun así, aquí todavía hay muchos que se aferran a las viejas costumbres. Yo diría que ese asunto de… -vaciló-, que esa matanza ritual, como decís que puede ser… Creo que hay mucha gente a la que le gustaría desmoralizar a los seguidores de la Fe, para que así volvieran a imponerse las viejas tradiciones.

Fidelma se dio la vuelta y escrutó el rostro de Rudgal en busca de algún mensaje oculto en medio de la oscuridad.

– ¿Creéis que han perpetrado este acto para intimidar a la comunidad cristiana de Gleann Geis?

– ¿Y para qué, si no? ¿Qué otra intención puede abrigar?

– Pero, ¿quiénes eran las víctimas? Laisre asegura que no echan de menos a ningún habitante de Gleann Geis.

– Eso es cierto. Enseguida sabríamos si falta algún habitante. Quizá las víctimas eran viajeros a los que abordaron y luego mataron. Pero, ¿quién los mataría? Creo que la respuesta no está muy lejos de ahí, de donde provienen esas risas.