Acababan de oír una carcajada bulliciosa procedente de la sala de festejos.
– ¿A quién acusáis, a Laisre? ¿O a Murgal? -preguntó Eadulf-. ¿O creéis que se trata de otra persona?
Rudgal miró un momento a Eadulf.
– No me corresponde a mí señalar a nadie con el dedo. Pero parece sencillo: ¿a quién favorece este acto? Laisre fue quien decidió conceder cierta libertad a la Fe en contra de los deseos del Consejo. Fijaos en quién se opone a Laisre. No pudo decir más. Buenas noches.
Rudgal desapareció en medio de las sombras y la oscuridad.
– Lo que dice tiene cierta lógica -concluyó Eadulf después de guardar silencio durante unos instantes.
– ¿Cui bono? «¿Quién se beneficia?» Es un antiguo precepto jurídico. Cicerón lo preguntó a un juez de Roma. Tiene lógica, pero, ¿acaso no es demasiado lógico?
Eadulf sacudió la cabeza, confuso.
– Eso es demasiado rebuscado para mí. Desde luego, la lógica es el arte que hace prevalecer la verdad.
– No obstante, la lógica también puede ocultaros la verdad. La lógica puede anular el ánimo, el lado creativo de nuestra mente, conduciéndonos por un camino recto, cuando las respuestas se hallan en las tinieblas del bosque, a los lados del camino. La lógica aplicada de una forma ciega nos limita.
– Entonces, ¿creéis que puede haber otra explicación?
– Se me ocurre una cosa: si esa matanza se perpetró con la mera intención de asustar y coaccionar a los cristianos de Gleann Geis, ¿por qué no mataron a algunos cristianos del valle? ¿Por qué realizaron el ritual en el valle de al lado y asesinando a extranjeros? ¿Por qué no dieron más fuerza a la amenaza? Como veis, la deducción lógica tiene ciertas fisuras.
– Lo cierto es que no sacaremos nada en claro dándoles vueltas a unos mismos hechos sin datos nuevos -observó Eadulf.
Fidelma se rió ente dientes.
– A veces vuestra sensatez resulta indispensable, Eadulf -le dijo-. Terminemos el paseo por el muro y regresemos a descansar con un buen sueño.
Eadulf se preguntó en voz alta:
– Quizá Rudgal intenta despistarnos. ¿Con quién conspiraba hace un momento aquí arriba?
– Yo no diría que estuviese conspirando -dijo Fidelma, divertida-. ¿No habéis reconocido a la hija de Orla?
Recorrieron los muros de la fortaleza y regresaron escaleras abajo. Cruzaron el patio escuchando la alegre algarabía y la música que retumbaba en la sala de festejos. Entonces hubo un momento de relativa calma, una breve calma en medio del jolgorio, durante la cual se oyó con toda claridad una voz enfadada y, a continuación, un portazo. Fue un sonido inesperado, por lo que Fidelma agarró a Eadulf de la manga y tiró de él para regresar a la penumbra del muro.
– ¿Qué ocurre? -susurró el sajón, perplejo por aquella reacción.
Fidelma sacudió la cabeza, apretando un dedo contra los labios.
Al otro lado del patio se abrió la puerta del edificio que albergaba las dependencias y la biblioteca de Murgal, y por ella salió la inconfundible figura del hermano Solin, que volvió a cerrar de un portazo. Con la mano se cubría la mejilla derecha, como para aliviar un golpe sufrido. Se detuvo un momento a la luz de una lámpara de aceite que colgaba sobre la puerta, y ésta iluminó el semblante enojado del clérigo. Miró arriba y abajo, como si de ese modo se asegurara de que nadie le observaba. Su manera de andar revelaba una actitud tensa y colérica. Luego se alisó la ropa y se pasó una mano por el cabello despeinado. Echó los hombros hacia atrás y cruzó el patio adoquinado con paso decidido hacia la sala de celebraciones.
Fidelma y Eadulf se pegaron contra el muro para que el hermano Solin no reparara en su presencia. Esperaron en silencio a que hubiera entrado por la puerta del edificio del jefe.
Eadulf hizo una mueca en la oscuridad.
– Era ese idiota pedante -señaló-. No hacía falta escondernos de él.
Fidelma soltó un leve suspiro.
– A veces se puede saber algo de alguien si éste es ajeno a la presencia del otro.
– ¿Saber qué?
– Por ejemplo, cuando el hermano Solin ha pasado bajo la luz de la lámpara, ¿qué habéis observado?
– Que estaba enfadado.
– Cierto, ¿y qué más?
Eadulf pensó un momento y se dio por vencido.
– Creo que poco más.
– ¡Ah, Eadulf! ¿No habéis advertido que el hermano Solin acababa de ser abofeteado? ¿No habéis visto una mancha oscura de sangre a un lado de la mejilla?
Eadulf hizo un gesto negativo de impaciencia.
– ¿Y si es así, qué nos dice eso? -solicitó.
– Esta tarde he visto cómo le sangraba la nariz al hermano Solin. Creo que le habían dado un puñetazo. Eso indica que como mínimo hay dos personas que no sienten simpatía hacia el hermano Solin de Armagh.
Eadulf se echó a reír a carcajada limpia.
– Eso os lo podía haber dicho antes. No me gusta ni pizca.
Fidelma miró a Eadulf, asombrada.
– Cierto. Pero no habéis ido tan lejos como para atacar a nuestro pío clérigo. Le han hecho sangrar en dos ocasiones, y le han echado vino encima en otra. Veamos si podemos dar con el responsable.
Pasó delante de Eadulf para cruzar el patio, en dirección a la puerta por la que había salido el hermano Solin. Estaba a punto de empujar la puerta, cuando de pronto ésta se abrió y apareció una figura de cabellos oscuros: era Orla. Se detuvo, sorprendida, pues al parecer no esperaba encontrar a nadie.
– ¿Qué hacéis aquí? -exigió de mala gana.
– Creo que nos hemos confundido de puerta -contestó Fidelma sin alterarse-. ¿Adónde lleva ésta?
La hermana de Laisre la fulminó con la mirada.
– Al hostal, no, eso está muy claro -le respondió-. No veo por qué ibais a perderos cuando se ve desde aquí.
Fidelma se volvió hacia allí y fingió sorprenderse.
– Pues sí, es verdad -dijo sin inmutarse-. Decidme, ¿habéis visto al hermano Solin recientemente?
Orla sacudió la cabeza en señal de irritación.
– No, no le he visto, ni deseo verle. Ya os he dicho esta tarde que no quiero a ese puerco cerca de mí. Y ahora, si me dejáis pasar…
– Entonces, ¿son éstas vuestras dependencias? -le preguntó Eadulf para detenerla, considerando que debía hacer su aportación.
Orla se limitó a obviar la pregunta.
– No sé vos, pero yo tengo otros asuntos que atender -dijo a la vez que se abría paso de un empujón para encaminarse a la sala de festejos.
Fidelma y Eadulf esperaron hasta que hubo entrado en el edificio.
– Debe de haberse visto con el hermano Solin -aventuró Eadulf.
– Es posible.
– Ambos han salido por la misma puerta.
– Cierto, pero esta entrada da a un edificio muy grande con diversos aposentos, entre ellos, los de Murgal. Asimismo, como veis, en el edificio está la tienda de la boticaria.
Cruzaron el portal y se detuvieron en medio de un pasillo mal iluminado. Una lámpara de aceite colgaba en el centro, de manera que iluminaba el lugar con una luz danzante y fantasmagórica. Había varias puertas a ambos lados que, supuestamente, daban a varias estancias. Fidelma miró al final del pasillo, donde estaban las escaleras por las que Laisre le había guiado aquel mismo día.
Se disponía a proponer que se marcharan porque no parecía que hubiera nada de interés, cuando oyeron unos pasos que descendían. Inesperadamente, Laisre apareció por la escalera y dio un respingo al verles.
– ¿Me estáis buscando a mí? -preguntó al verles, recuperando rápidamente la compostura-. ¿O venís en busca de más libros?
Fidelma encontró enseguida una respuesta.
– Había pensado enseñar al hermano Eadulf dónde está la biblioteca por si mañana surgía la necesidad de consultar algún volumen.
– Ah -dijo Laisre, encogiéndose de hombros-. Mañana tendréis tiempo de sobra para trabajar. Deberíais disfrutar del banquete. Sí, sí, ya lo sé -se apresuró a añadir-, ya me habéis explicado todo lo relativo al geis religioso.