De repente, la esbelta figura se apresuró hacia la oscuridad del edificio que albergaba, entre otras, las dependencias de Murgal.
Fidelma se quedó allí de pie, sin saber muy bien qué hacer. ¿Debía seguir a aquella sombra furtiva? Y si lo hacía, ¿para qué? Seguramente, Solin sería la última persona con la que Orla habría querido verse en plena noche después de haber amenazado con matarlo.
Quizás el hermano Solin había ido a otra parte. ¿Por qué la hermana del jefe y esposa de su tánaiste no iba a poder hacer una visita a las cuadras a la hora que se le antojara? No era asunto de Fidelma, aunque era evidente que Orla no quería que nadie la viera. ¿Por qué? Para cuando Fidelma ya había considerado la cuestión, la figura se había desvanecido en la oscuridad, y volvía a estar sola en medio de un silencio nocturno.
Fidelma reprimió un suspiro y dio media vuelta. Si la posibilidad más improbable se había dado, y el hermano Solin se había encontrado con Orla en las cuadras, aquél debía de haber salido por otra parte.
Entonces oyó un gemido, pero fue tan leve que pensó que se trataba del viento. Luego volvió a oírlo. Sólo entonces se dio cuenta de que era un sonido humano y provenía de las cuadras.
Dio la vuelta una vez más y se dirigió sin vacilar hacia la entrada. Al llegar, escudriñó la oscuridad del interior. Oyó unos jadeos agónicos.
Sólo podía ver las siluetas de los caballos, que estaban intranquilos. Salió a buscar la antorcha de hierro y la extrajo del mango de metal. Con la luz en alto, se desplazó por las cuadras en busca del origen del sonido.
Vio un bulto al final del establo, estirado boca arriba, con una mano sobre el pecho y la otra extendida por encima de la cabeza, un hombre agonizaba.
Tan pronto como la vio, Fidelma reconoció al hermano Solin de Armagh.
Corrió a su lado, pero en cuanto vio la sangre que manaba de la parte baja del pecho, donde el hombre tenía la mano para frenar el flujo en vano, Fidelma se dio cuenta de que el hermano Solin estaba muriendo. Tenía los ojos cerrados, y los labios torcidos por el dolor.
– ¡Solin! -exclamó sorprendida-. ¿Quién os ha hecho esto?
El hombre movió la cabeza a un lado, pero no abrió los ojos. Una mueca de dolor asomó en su rostro.
– Solin, soy Fidelma. ¿Quién os ha apuñalado?
Solin separó los labios, y ella tuvo que inclinarse para poder oír la voz dolorida y sofocada del clérigo.
– Suaviter… suaviterin modo…
La cabeza cayó de pronto hacia atrás. El hermano Solin de Armagh acababa de abandonar este mundo.
Fidelma suspiró y terminó el aforismo:
– … fortiterin re.
Apretó los labios y se quedó contemplando el cuerpo. ¿Qué había querido decir con ello?
«Suave de maneras», había empezado a decir Solin. Y el aforismo se completaba con: «…, resuelto en acciones». Sin duda, la resolución del asesino había conseguido su objetivo, pero, ¿dónde cabía en esa acción la suavidad? La mano de una mujer… Orla había dicho que mataría a Solin si volvía a verle y, por lo visto, había cumplido su palabra.
Cuando comprendió que ya nada podía ayudar a Solin, registró rápidamente el cuerpo. El pergamino que el hermano Dianach le había dado y que ella misma le había visto en la mano no estaba allí. Levantó en alto la antorcha y miró alrededor con cuidado. No había rastro de nada similar siquiera a un pergamino. ¿Se lo habría llevado Orla? Y de ser así, ¿por qué razón? ¿Yqué relación tenía la ira de Orla hacia Solin con la amenaza de que Cashel caería antes de acabar el verano?
Fidelma se estaba levantando con la antorcha en la mano, cuando notó algo afilado en la espalda. Una voz masculina le ordenó:
– No os mováis, señora.
Reconoció la voz de Artgal.
Se quedó quieta.
– No me moveré -garantizó Fidelma-. ¿Qué queréis de mí?
El hombre soltó una carcajada.
– Curioso sentido del humor el vuestro, señora. No os mováis.
Para sorpresa de Fidelma, de pronto Artgal levantó la voz para llamar a la guardia nocturna.
– ¿Qué estáis haciendo? -exigió, menos segura de lo que estaba ocurriendo.
– Podéis volveros -concedió Artgal-. Pero despacio.
Fidelma hizo tal cual le pidió, y se enfrentó de cara al siniestro herrero, con la espada en la mano, apuntándola. A lo lejos se oyeron gritos que respondían a la llamada.
– ¿Qué estáis haciendo? -exigió otra vez.
– Fácil respuesta -respondió Artgal con una agria sonrisa-. ¿Qué se hace cuando se encuentra a una asesina inclinada sobre el cuerpo de su víctima?
– Pero si yo no… -empezó a protestar, pero no pudo terminar antes de que Rudgal y otros guardias llegaran corriendo a las cuadras junto con Laisre.
El jefe llevaba una pesada capa alrededor del cuerpo y parecía recién levantado de la cama. Artgal se irguió con respeto ante su presencia.
– ¿Qué representa esto, Artgal? -preguntó Laisre con indignación, viendo la escena.
– Estaba de guardia nocturna, Laisre, y pasaba por las cuadras cuando he visto que faltaba la antorcha que ilumina la entrada. Al entrar, he visto a esta mujer…
Sacudió la cabeza para señalar a Fidelma. Laisre frunció el ceño por la falta de cortesía de Artgal y lo interrumpió:
– ¿Os referís a Fidelma de Cashel?
Artgal no estaba dispuesto a cambiar su postura.
– He visto a esta mujer inclinada sobre el cuerpo del sacerdote cristiano, Solin. Lo ha matado.
– ¡Eso no es cierto! -protestó Fidelma horrorizada por la acusación.
Laisre acababa de vislumbrar el cuerpo tendido. Lanzó una exclamación de asombro y se inclinó hacia delante.
– ¡Por la larga mano de Lugh! -susurró-. Cierto, ¡es el enviado cristiano de Armagh! -exclamó poniéndose en pie para dirigirse a Fidelma-. ¿Qué significa esto?
– Yo no lo he matado -aseguró Fidelma.
– ¿Ah, no? -preguntó Artgal con desdén-. Yo he sido testigo de lo ocurrido. Las mentiras no os valdrán de nada.
– Vos sois quien miente -acusó Fidelma-. Os desafío a decir que me habéis visto hundir un cuchillo en el cuerpo de este pobre hombre.
Artgal parpadeó ante la vehemencia de la negación.
– Al entrar os he visto sobre él, y no había nadie más que vos.
– ¿Qué tenéis que decir a esto, Fidelma? -preguntó Laisre, mirándola con desconcierto.
– Estaba siguiendo al hermano Solin -explicó Fidelma-. Lo había perdido de vista y me disponía a volver al hostal, cuando oí un ruido en las cuadras. Entonces vi salir a alguien, alguien que desapareció enseguida en la oscuridad. Luego pude oír un gemido, entré en las caballerizas y encontré al hermano Solin. Estaba agonizando. Me suspiró algo al oído que no tenía mucho sentido. Algo en latín. Y luego expiró. Me disponía a llamar a la guardia, cuando apareció Artgal con su espada y me inmovilizó.
Artgal soltó una risotada burlona.
– No había nadie más que vos -repitió.
– ¡Os digo la verdad! ¡Tenéis la palabra de una dálaigh de los tribunales Brehon, así como la de una princesa Eóghanacht!
– Quizá con eso no baste -sugirió Artgal, que no estaba dispuesto a dejarse intimidar.
Laisre alzó la mano para pedir silencio.
– Lamentablemente, Fidelma de Cashel, Artgal tiene razón. Vuestra palabra no basta. En primer lugar, ¿por qué seguíais al hermano Solin?