– Porque… -vaciló, pues no quería revelar sus sospechas.
Si había una conspiración para derrocar a Cashel, podía haber alguien más implicado. Artgal malinterpretó su indecisión por culpa y se dio la vuelta, regocijado por el triunfo.
– Porque no soportaba su presencia -intervino el guerrero-. Todos vimos cómo se enfureció con él ayer en la reunión del Consejo. Siempre hay algún conflicto entre estos cristianos. La he oído decir que Armagh e Imleach son adversarios, y ambos buscan dominar nuestras vidas. Riñen entre ellos para hacerse con el derecho a gobernarnos. Ahí reside la esencia del problema, creedme.
Todos conocían la enemistad que había entre Solin y Fidelma. Laisre le dirigió una mirada recelosa.
– Es un motivo plausible.
– No. El motivo que tenía para sospechar del hermano Solin es uno muy simple -explicó Fidelma, que había estado buscando desesperadamente una respuesta-. Se ha levantado en mitad de la noche y salió del hostal. ¿Qué buenas intenciones puede albergar alguien para hacer tal cosa? Me ha parecido sospechoso, así que le he seguido.
– ¿Y decís que habéis visto a una persona en la puerta de las cuadras? -preguntó Laisre en tono pensativo-. Supongo que no pudisteis ver quién era.
– ¡Claro que no! -interrumpió Artgal.
– Dejadla responder -aconsejó Laisre sin apartar la vista de Fidelma.
Fidelma se hallaba ante un dilema, pues no pretendía revelar la presencia de Orla hasta haberla investigado ella misma, aunque se dio cuenta de que debía justificarse ante Laisre.
– Sí, sí puedo -contestó a Laisre para sorpresa del jefe-. Pero no quisiera revelar el nombre hasta haber investigado antes.
– ¿Investigar, decís?
La voz de Murgal sobresaltó a todos al entrar en las cuadras sin que nadie se percatara.
– Si debe haber una investigación -prosiguió-, no sois vos, señora, quien deberéis seguirla. Yo soy el brehon aquí.
Laisre miró al druida como si fuera a rebatirlo, pero luego accedió:
– Murgal tiene razón, Fidelma de Cashel. Vos sois sospechosa de asesinato y, por tanto, ya no podéis ejercer de dálaigh. Así que debéis colaborar con nosotros, y decirnos el nombre de la persona a quien visteis en la puerta de las cuadras.
– Si es que podéis -añadió Artgal con sorna.
– Vi a Orla, vuestra hermana -dijo Fidelma sin levantar la voz.
Laisre inspiró aire profundamente. Tenía una expresión atónita en el semblante.
– ¿Qué perfidia es ésta? -exigió Artgal, furioso-. ¡Pretende que la culpa recaiga sobre la hermana de nuestro jefe! ¡La esposa de nuestro tánaiste!
– Yo sólo busco la verdad -dijo Fidelma con firmeza.
Murgal la miraba con desconfianza.
– ¿Acaso creéis que estaremos más cerca de la verdad insultando a vuestro anfitrión, el jefe de Gleann Geis, al declarar que Orla es una asesina?
– Sólo he dicho que la he visto salir de las cuadras…
– ¡Sí, claro, Orla! -espetó Artgal-. ¡Esto es una afrenta a nuestro pueblo, Laisre!
Laisre tenía el semblante tenso.
– Si hubierais pronunciado otro nombre, Fidelma, quizá me habría mostrado más indulgente y os habría creído.
Fidelma levantó la barbilla con desafío.
– Sólo digo la verdad. Id a buscar a Orla y traedla para que lo niegue.
Por un momento, Laisre no supo qué hacer.
– Es un terrible acontecimiento, Fidelma de Cashel, y creo que lo mejor será que se discuta en la sala consistorial. Artgal, id a la estancia de Orla y Colla y requerid la presencia de mi hermana. No mencionéis nada sobre lo ocurrido ni le digáis por qué la hago llamar -ordenó, y se dirigió luego a Murgal-. Sois mi brehon. Vendréis con nosotros y nos daréis consejo en el proceso y el juicio.
Murgal inclinó la cabeza con gravedad. Hizo una señal a Rudgal y al otro guarda para que se acercaran.
– Que uno de vosotros se quede aquí con el cuerpo. Aseguraos de que nadie lo toque hasta que yo lo diga. El otro puede acompañarnos.
– ¡Esperad! -gritó Fidelma cuando Rudgal avanzó para tomarla del brazo.
Laisre estaba saliendo por la puerta, cuando se dio la vuelta hacia Fidelma con una expresión inquisitiva.
– ¿Qué ocurre? ¿Queréis dar otra versión de la historia? -preguntó.
– ¿Cómo voy a alterar la verdad? -preguntó Fidelma con irritación-. No; si se supone que he matado a Solin, aun a pesar de que Artgal entrara en el establo tendría que haber usado un puñal para matarlo. Examinad la herida del cuerpo, Murgal. Sois brehon: ¿de qué ha muerto?
Murgal avanzó unos pasos y le quitó la antorcha de la mano para inclinarse sobre el cuerpo y examinarlo con cuidado.
– Una herida… una puñalada derecha en el costado, bajo el tórax -anunció.
– Es indiscutible que el hermano Solin ha muerto de una puñalada -dijo Laisre con una rápida mirada a Artgal, que aún estaba allí.
– Artgal dice que me ha visto inclinada sobre el cuerpo del hermano Solin; que me ha visto ponerme en pie sobre él, creyendo que acababa de matarlo.
– Es exactamente lo que he visto -concedió Artgal.
– Muy bien. Exijo que ahora mismo se busque el puñal.
– ¿Qué? -preguntó Murgal frunciendo el ceño.
– Registradme para encontrar el arma con la que supuestamente he matado al hermano Solin.
No me he movido de aquí desde que Artgal se acercó a mí. No he tenido tiempo para esconder o tirar el arma.
Laisre vaciló un momento e intercambió una mirada indecisa con Murgal.
El druida se incorporó, taciturno, y pasó la antorcha a Rudgal.
– Entonces, con vuestro permiso, Fidelma de Cashel…
Avanzó y pasó las manos mecánicamente sobre la ropa de Fidelma. Buscó de manera concienzuda, sistemática y objetiva.
– No lleva el arma encima -informó.
– Ahora mirad alrededor del cuerpo -indicó Fidelma.
Sabía que no hallarían ningún arma porque ya la había buscado antes, al descubrir la herida mortal del hermano Solin.
Laisre soltó un profundo suspiro.
– Por mucho que busquemos, Fidelma, vos ya debéis de saber que no hallaremos nada.
– Lo único que sé es que yo no he cometido este crimen.
Murgal se dirigió al compañero de Rudgal, ya que éste se había colocado justo detrás de Fidelma, a modo de escolta.
– Entonces, buscad. Y si descubrís algo, llevadlo a la sala consistorial. A vos, Artgal, ya os han dado instrucciones: llevad a Orla a la sala. Rudgal, vos escoltaréis a Fidelma de Cashel.
Con Laisre por delante y Murgal detrás, cruzaron el patio. Sólo unos pocos se habían despertado con la voz de alarma de Artgal, y estaban reunidos en el patio, murmurando. Fidelma buscó a Eadulf con la mirada, pero no estaba allí, aunque sí vio el rostro pálido del hermano Dianach en la puerta del hostal.
Rudgal se inclinó para decirle a Fidelma al oído:
– Espero que podamos resolver pronto este misterio, hermana. No obstante, la acusación contra Orla despertará mucho rencor, ya que la aprecian mucho en Gleann Geis.
Cuando hubieron llegado a la sala consistorial, Laisre dio unas palmadas, y un sirviente acudió raudo para encender las lámparas de aceite y remover las ascuas que quedaban entre las cenizas del fuego hasta conseguir reavivar las llamas.
Laisre tomó asiento de mala gana en la silla oficial, e hizo una señal a Murgal para que se sentara a su lado. Indicó a Fidelma que se sentara ante ellos, mientras que Rudgal ocupó una posición discreta en una silla detrás de la hermana dálaigh.
– Es un suceso terrible, Fidelma -musitó Laisre con inquietud-. Hoy debíamos llegar a un acuerdo.
– Lo tengo más que presente -dijo Fidelma con frialdad en el tono-. Quizá no sea una coincidencia. No sería la primera vez que se nos impide iniciar las negociaciones.
Miró directamente a Murgal al hablar, que se enfureció al darse cuenta de la insinuación.