– Jefe -dijo con sequedad-, como brehon vuestro que soy, yo debería dirigir este asunto a partir de ahora.
Laisre hizo una señal con la que cedía el poder para ello a Murgal. Éste miró a Fidelma y le dirigió una sonrisa que mostró su dentadura amarillenta.
– Por el momento, la situación no os favorece, Fidelma. ¿Qué tenéis que decir en cuanto a la afirmación de Artgal?
– Ningún argumento teológico merece que se recurra a la violencia como resolución -respondió Fidelma.
– Sin embargo, se sabe que la gente de vuestra Fe maneja argumentos violentos sobre asuntos carentes de sentido para la mayoría de las personas. Por ejemplo, sabemos que en este reino muchos clérigos son contrarios a la autoridad de Roma, y ahora sabemos que Imleach ni siquiera acepta la autoridad de Armagh. ¿Estáis seguros de que adoráis al mismo Dios?
Fidelma esbozó una sonrisa y dijo:
– Eso podría discutirse.
– El hermano Solin estaba convencido de que él representaba el camino verdadero hacia vuestro Dios, y que el resto vivíamos en la ignorancia. Supongo que vos también afirmáis que el vuestro es el único camino.
Fidelma movió la cabeza y explicó:
– Yo no sería tan impertinente, Murgal. Existen muchos caminos para alcanzar un mismo objetivo.
Sólo podemos estar plenamente convencidos de pocas cosas que alcanzamos a comprender. Hallar un camino seguro en la vida es la aspiración de mucha gente en esta confusa e incierta existencia. Pero la certidumbre es a menudo una ilusión. Hemos nacido para dudar. Quienes no saben nada, no dudan de nada.
Murgal la miraba con asombro.
– Si no fuera porque lleváis los símbolos de la nueva Fe, Fidelma de Cashel, juraría que pertenecéis a la antigua. Quizá llevéis el hábito equivocado.
– Mi fe es la mejor armadura con la que pasar por la vida, pero el peor de los hábitos.
Se hizo un silencio mientras todos reflexionaban sobre el significado de lo dicho. El ruido de voces procedente del exterior lo rompió, y Artgal abrió la puerta de golpe. Colla, con cara de haberse acabado de levantar, envuelto en una capa, entró. Detrás de él venía Orla con cara de sueño y desgreñada. Fidelma se sorprendió al ver el aspecto de Orla, como si también acabara de levantarse de un sueño profundo. También llevaba una capa sobre el camisón.
– ¿Qué sucede? -preguntó Colla-. ¿Qué requiere nuestra presencia en mitad de la noche? ¿Qué ha sucedido? El patio está lleno de gente que murmura.
Fidelma reparó en que Artgal estaba de pie, junto a la puerta de la sala, con una mueca de satisfacción en el rostro.
– ¿No os ha informado Artgal de qué ha ocurrido? -preguntó Fidelma con suspicacia.
Colla sacudió la cabeza para indicar que no y explicó:
– Sencillamente nos ha hecho salir de la cama y nos ha dicho que Laisre deseaba vernos enseguida en la sala consistorial.
Murgal intervino, furioso.
– Yo estoy a cargo de este procedimiento -anunció-. Yo dirijo este procedimiento como brehon -añadió, y acto seguido se dirigió a Orla-. Orla, ¿habéis estado en las cuadras hace media hora?
La expresión de perplejidad de Orla no podía ser fingida. Fidelma sintió que la duda la embargaba. ¿Podía haberse equivocado? No; estaba segura: había visto a Orla.
– ¿Es esto una broma, Murgal? Porque si es así, es de mal gusto.
– Hablo en serio. ¿Dónde habéis estado esta última hora?
– En el mismo sitio al que regresé desde las celebraciones de anoche -contestó Orla, atónita-, en la cama de mi esposo. No nos hemos movido de allí hasta que Artgal ha llamado a la puerta.
La esposa del tánaiste era muy convincente.
– Y Colla, sin duda, lo confirmará -dijo Murgal con una siniestra sonrisa.
– Por supuesto que sí -espetó Colla con indignación-. No nos hemos movido de allí en las últimas horas. Decidme ahora, ¿qué significa esto?
– Comprendo vuestro enfado, Colla -contestó Murgal-. Pero aún no habéis oído lo peor: el clérigo de Armagh, Solin, ha muerto apuñalado en el establo hace menos de una hora.
Colla soltó un bufido de asombro, y Orla acentuó su perplejidad.
– Pero, ¿qué tiene que ver esto con nosotros? ¿Por qué me habéis preguntado si estaba en las cuadras…? ¡Oh! -exclamó abriendo mucho los ojos, mirando a Fidelma-. ¡Os dije que mataría a ese puerco! Creéis que… pero sólo era una forma de hablar. Yo no lo he hecho.
Laisre intervino con diplomacia.
– A alguien le ha parecido veros allí.
– Pues no estaba allí -repitió con firmeza.
– Y yo puedo dar fe de ello -añadió Colla.
Murgal miró a Fidelma.
– No creo que ganemos nada insistiendo en esta cuestión, Fidelma. ¿Y vos?
No obstante, Fidelma se dirigió a Orla.
– Sin embargo, recordáis haberme dicho que si volvíais a ver al hermano Solin lo mataríais, ¿verdad? Eso fue ayer por la tarde.
Orla se ruborizó.
– Sí, pero como he dicho, no tenía intención de…
– Dijisteis que lo mataríais -repitió Fidelma con firmeza-. ¿Por qué lo dijisteis?
Orla se mordió el labio y, mirando a Colla, bajó la mirada.
– Me insultó.
– ¿De qué modo? -insistió Fidelma.
– Me hizo… me hizo una propuesta de mal gusto.
Colla se sobresaltó con enfado al oír la confesión de su esposa.
– ¿Qué? No me habíais dicho nada.
Orla le quitó importancia.
– Yo misma me ocupé de ese cerdo baboso. Le di una buena bofetada. Y cuando dije que lo mataría si volvía a verle…
– No lo decíais en serio -intervino Laisre-. Claro, todos lo entendemos -la disculpó mirando a Fidelma-. La cuestión es que ahora los movimientos de mi hermana quedan explicados, cualquiera que sea la opinión que tenga del hermano Solin.
Fidelma abrió la boca para protestar, pero luego se encogió de hombros y guardó silencio con resignación.
El testimonio de Colla y el gesto de asombro de Orla, aparentemente genuino, no cambiarían su versión de la historia por muchas preguntas que les hicieran. Fidelma era una persona pragmática. Sabía que no servía de nada aporrear un objeto inamovible por mucha fuerza que tuviera de su parte, y no era el caso. Sólo ella sabía que era a Orla a quien había visto en la puerta de las cuadras.
– No proseguiré con este asunto por el momento. Que Orla y su esposo regresen a su aposento y reanuden su descanso.
Colla vaciló. Miró a Murgal y a Laisre con curiosidad. Al hablar, tenía un deje beligerante en la voz.
– ¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué Fidelma de Cashel acusa a mi mujer de este acto y por qué ha pronunciado esas palabras con tal ligereza?
Murgal levantó una mano para mantener la calma en la sala.
– En cuanto a quién mató a Solin, tenéis que comprender que debemos estar seguros, Colla. Y parece que sólo se ha confundido la identidad de Orla con la de otra persona que se escondía en la oscuridad. Lo mejor será que regreséis a vuestros aposentos. Ya hablaremos de ello por la mañana.
Colla acompañó a su mujer fuera de la sala a regañadientes.
Artgal seguía mirando de brazos cruzados a Fidelma con una sonrisa petulante desde la puerta.
– Al final no teníais razón, ¿eh? -le soltó con menosprecio-. Vuestro ardid no ha funcionado.
Murgal parecía molesto por la actitud del guerrero.
– Yo en vuestro lugar seguiría con el trabajo que estabais haciendo, Artgal. Podéis dejar a Fidelma de Cashel con nosotros y, recordad lo que os voy a decir: sigue siendo hermana del rey de Cashel. Se le debe respeto, haga lo que haga.
Artgal apretó los dientes de rabia por la reprimenda, dio media vuelta y salió.
Murgal miró a Fidelma con preocupación.
– Artgal es primitivo en muchos sentidos, hasta el extremo de que todo aquello que no puede hacerle daño le inspira poco respeto. Cashel y el alcance del rey son conceptos demasiado abstractos para su entendimiento. No puede respetaros a menos que viva en sus propias carnes el poder que representa vuestro hermano.