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Fidelma se encogió de hombros, mostrando indiferencia.

– Si sentís temor, os abstendréis de mesarle las barbas a un león muerto.

– Una reflexión interesante -comentó Murgal-. ¿Es este epigrama de vuestra propia invención?

– Es de Marcial, un poeta latino. Pero no quiero que me respeten por quienes fueron mis antepasados o por quienes son mis parientes. Quiero que se me respete por quien soy.

– Ese argumento no le valdría a Artgal -intervino Laisre-, ya que ahora estáis acusada de asesinato.

Fidelma consideró que bastaban las evasivas.

– Lo único de lo que estoy segura es de que he visto a Orla en las cuadras.

– No puede ser -la reprendió Laisre-. A menos que acuséis tanto a Orla como a Colla de mentir.

– Yo sólo puedo remitirme a cuanto he visto -insistió Fidelma.

– Orla es mi hermana -dijo Laisre con disgusto-. Y puedo asegurar que nunca mentiría. Colla es mi tánaiste, mi heredero electo. ¿Le acusáis de mentir para proteger a su esposa? Si es a esto a lo que recurrís para defenderos, deberíais empezar a reflexionar sobre la cuestión.

– ¿De modo que ambos ya habéis decidido que soy tan culpable como Artgal cree que soy?

Murgal la miró con una expresión adusta.

– Sois dálaigh, Fidelma. Conocéis el procedimiento que debe seguirse ahora. Decidme, ¿a qué otra conclusión puedo llegar a partir de lo que he oído? Artgal es un testigo. Para rebatir su testimonio, habéis acusado a la hermana de nuestro jefe. La palabra de su esposo confirma que Orla no estaba donde decís que estaba. Y vuestro único argumento es llamarlos a ambos mentirosos.

Laisre tenía el rostro encendido, como si la ofensa de Fidelma le sobrepasara. No pudo reprimir la cólera en su voz.

– Debo advertiros, Fidelma de Cashel, y con todo el respeto hacia vuestro grado, que habéis ido demasiado lejos al acusar a mi hermana de asesinar y mentir.

– Yo vi lo que vi -insistió Fidelma con tesón.

– Fidelma de Cashel, soy el jefe de mi pueblo. No compartimos religión, pero compartimos una misma ley, una ley harto anterior en el tiempo a la época en que se permitió a Patricio el Britano participar del consejo de Laoghaire para estudiarla y revisarla. La ley me guía, como jefe, por el camino que debo tomar. Vos conocéis el camino tan bien como yo. La cuestión quedará a partir de este momento en manos de Murgal, mi brehon.

Laisre se levantó bruscamente y abandonó la sala.

Fidelma también se puso en pie para encararse a Murgal.

– Yo no he matado al hermano Solin -insistió.

– Entonces deberéis demostrarlo. Como prescriben las leyes, nos encontraremos en este mismo lugar dentro de nueve días a partir de ahora, sólo entonces tendréis que responder a esta acusación. Entretanto, estaréis bajo custodia en nuestra Cámara de Aislamiento.

– ¿Nueve días? -preguntó Fidelma, atónita-. ¿Qué voy a hacer mientras estoy encarcelada?

– Así lo dicta la ley, como bien sabéis -confirmó Murgal-. Para el delito de asesinato, no puedo hacer menos.

Fidelma sintió un escalofrío repentino.

– ¿Cómo voy a demostrar mi inocencia si ni siquiera se me permitirá desplazarme dentro de la ráttü -exigió.

– En tal caso deberéis buscar un brehon que os represente para que alguien en vuestro lugar haga lo que haríais. No podemos ser indulgentes con el rango y los privilegios.

– ¿Un brehon? -preguntó Fidelma, que añadió con cinismo-: No creo que en Gleann Geis abunden los abogados.

Murgal prefirió no responder. Hizo una indicación a Rudgal, que todavía estaba en la silla de atrás.

– Llevad a Fidelma de Cashel a la Cámara de Aislamiento. Procurad tratarla con respeto y acatar sus deseos en cuanto a comodidad y acceso a cualquier cosa que pueda ayudarla en la defensa… es decir, dentro de lo razonable.

Rudgal avanzó para tomarla por el codo. La miró con compasión un momento, antes de apartar la vista y mirar al vacío.

– Acompañadme, sor Fidelma -dijo con amabilidad y con un hilo de voz.

Fidelma miró por última vez a Murgal, pero el austero druida estaba de espaldas con las manos atrás, como si examinara las llamas del brasero de hierro que calentaba la sala. No cabía esperar compasión alguna de Murgal, el brehon de Gleann Geis.

Capítulo 12

Rudgal salió de la sala delante de Fidelma, que lo siguió en silencio. No había nada más que decir. Por primera vez en su vida, a pesar de las muchas ocasiones en que había corrido peligro, Fidelma tuvo una sensación parecida al pánico. Nueve días encarcelada en una celda por una acusación de asesinato, sin poder interrogar a nadie ni recoger pruebas en su propia defensa, era una perspectiva aterradora.

Rudgal la condujo a través del patio adoquinado. Entre los grupos de personas que había allí, las conversaciones se habían animado: ya no eran murmullos contenidos. La gente estaba enardecida. En vano, Fidelma buscó con la vista a Eadulf. Rudgal la llevó a un edificio situado frente a la ráth, detrás de las cuadras. Era un edificio de una sola planta, bajo y ancho, y de granito. El único acceso era una gran puerta de madera. Rudgal la empujó y, al abrirse, Fidelma oyó un fuerte clamor de voces y burdas risotadas procedentes del interior. Al parecer, Rudgal leyó lo que le pasaba por la cabeza a Fidelma.

– Aquí vivimos los voluntarios para servir al jefe como escolta, sor Fidelma. Cuando nos quedamos en la ráth, empleamos este sitio como vivienda, y es el único edificio donde podemos encerrar a alguien que infrinja la ley. En un extremo del edifico hay una única celda. La llamamos la Cámara de Aislamiento. No hagáis caso del barullo. Me temo que algunos de los hombres aún están borrachos después del festejo de anoche.

Rudgal la trató con delicadeza, lo cual ella agradeció. Se alegraba de que le hubieran encargado a él la desagradable tarea de escoltarla hasta la prisión, y no a Artgal.

Fidelma lo precedió al entrar al edificio. Él la siguió y cerró la puerta antes de guiarla a través de un corto pasillo donde los guardias continuaban su propia fiesta, luego giraron a la derecha, hasta una puerta con una pesada llave de hierro en la cerradura.

– Me temo que es un sitio poco confortable, sor Fidelma -dijo Rudgal al abrir la puerta.

– Trataré de arreglármelas -dijo Fidelma con una sonrisa lánguida.

Rudgal parecía avergonzado.

– Sólo tenéis que pedir, y haré lo que esté en mis manos para ayudaros, siempre y cuando no me pidáis que rompa mi juramento de lealtad hacia mi jefe.

Fidelma lo miró con solemnidad.

– Os prometo que no os pediré que rompáis el juramento… a menos que comporte un juramento superior.

El carrero la miró extrañado.

– ¿Un juramento superior? ¿Os referís a un deber para con la Fe?

– Ni siquiera eso. Vuestro jefe juró lealtad a Cashel. Cashel está por encima de todas las cosas. Si vuestro jefe rompe el juramento con Cashel, entonces vos sois libre de romper el juramento que hicisteis con él, pues esto significa que se habrá rebelado contra su rey. ¿Lo comprendéis?

– Creo que sí. Haré lo que pueda por ayudaros, sor Fidelma.

– Agradezco vuestro servicio, Rudgal.

Fidelma examinó la celda con disgusto. Era un lugar frío y húmedo con un jergón de paja en el suelo y poco más. Apestaba, y era evidente que no lo habían usado desde hacía tiempo. La única ventana que había era una minúscula abertura elevada en una pared. Rudgal trajo una lámpara de aceite, la encendió, y observó la celda con aversión.