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– Es lo más que puedo hacer, sor Fidelma -se disculpó una vez más.

Fidelma casi tuvo ganas de sonreír, tal era la congoja que mostraba Rudgal.

– No sois vos el responsable de mi reclusión, Rudgal. La desgracia me ha traído aquí, y ahora debo usar la cabeza para salir.

– ¿Deseáis algo más, hermana? -volvió a preguntarle Rudgal.

Fidelma sabía que le haría esa pregunta.

– Sí. Necesito unos efectos personales del hostal. El marsupium, por ejemplo. ¿Podríais ir y pedir al hermano Eadulf, que estará durmiendo, que me los traiga cuanto antes?

– ¿Que el sajón venga aquí…? -dudó Rudgal.

– No os inquietéis, Rudgal. El hermano Eadulf deberá representarme como dálaigh ahora que no tengo libertad de movimiento. Me corresponde por derecho nombrarlo como tal para que me defienda y, como dálaigh, puede realizar visitas sin restricciones.

– Muy bien, hermana; iré a buscar al sajón.

Vaciló un momento antes de salir, y recordó que debía cerrar la gran puerta de madera tras de sí con un golpe estruendoso. Fidelma oyó cómo giraba la llave en la gran cerradura de hierro, y la invadió una sensación poco familiar de abatimiento. Jamás había sentido tanta desesperación.

Trató de ser práctica y volvió a centrar sus pensamientos en la supervivencia más inmediata; miró con repugnancia cada rincón de aquella celda húmeda y oscura. La pestilencia era intensa. Se estremeció y se rodeó los hombros con sus propios brazos, como si así hallara consuelo.

Algo se movió entre la paja del jergón. La forma gris y oscura de una rata se escabulló por un agujero entre los bloques de granito. Fidelma tuvo un brusco escalofrío y empezó a caminar de un lado a otro de la celda. Esperaba que Eadulf no tardara mucho. Después de darle instrucciones, intentaría evadirse con el arte del aeread, una forma de meditación que innúmeras generaciones de místicos irlandeses habían utilizado para sosegar pensamientos superfluos y alteraciones mentales, y alcanzar así el estado de sitcháin o paz. En épocas de intranquilidad, solía recurrir a esta práctica, pero jamás se había encontrado con tanta necesidad del arte meditativo como en aquel momento.

Pasó un buen rato, que a Fidelma le pareció una eternidad, hasta que Eadulf entró en la celda con la tez pálida. Rudgal venía detrás de él. La preocupación le había demacrado las facciones del rostro.

– Fidelma, ¿qué desgracia os ha traído hasta aquí? Rudgal me ha contado a grandes rasgos lo sucedido. Pero, decidme, ¿qué puedo hacer para sacaros de este lugar?

Fidelma estaba de pie en medio de la celda con una sonrisa serena en los labios para aplacar la inquietud de Eadulf.

Rudgal habló antes de que ella le respondiera:

– Mientras vos dais instrucciones al sajón, voy a ver si encuentro algo que haga vuestra estancia en esta celda más soportable.

Los dejó solos y cerró la puerta de madera al salir.

– ¿Qué puedo hacer? -preguntó Eadulf con tal aflicción en la voz que incluso sonó sobrenatural entre las paredes retumbantes de la celda-. Dios, merezco ser castigado. Estaba tan profundamente dormido, que no me he despertado hasta que ha venido Rudgal a decirme que estabais aquí. ¿Por qué no me habéis despertado al salir del hostal? Quizás hubiera podido impedir que esto ocurriera. De haber estado en vuestro lugar…

– Antes de nada, Eadulf, debéis calmaros -le ordenó Fidelma con dureza-. Ahora sois la única esperanza que tengo para salir de aquí.

Eadulf tragó saliva.

– Decidme qué debo hacer.

– Lo lamento, pero no puedo ofreceros asiento en este lugar, y me temo que el jergón de paja no es cómodo; además, está lleno de bichos. Así que os explicaré lo que ocurrió de pie.

Cuando Fidelma ya relataba el final de los hechos, la puerta de la celda volvió a abrirse. Era Rudgal, que traía un banco de madera.

– Excusad, hermana, que me demorara tanto, pero he ido a buscar una cama y un banco para que podáis sentaros. Traeré la cama en un momento, así evitaréis la humedad y el frío del suelo. Entretanto, este banco os será útil.

Fidelma agradeció encarecidamente la atención del guerrero.

– Rudgal se ha ofrecido a ayudarnos, y creo que podemos confiar en él -añadió para animar a Eadulf.

Rudgal empujó el banco contra una de las paredes más secas de la celda y volvió marcharse.

Fidelma se sentó y puso al día a Eadulf sobre su terrible situación. Eadulf expresó su angustia con un gruñido cuando su compañera hubo acabado y abrió las manos en señal de desesperación.

– Con Laisre y Murgal en contra, no sé qué voy a hacer.

– Debéis encontrar el modo -dijo ella con firmeza-. Al fin y al cabo, es una labor propia de un dálaigh.

– Pero yo no he estudiado vuestra ley -protestó Eadulf.

– Sin embargo, yo sí. Os daré consejo y deberéis hallar un modo de demostrar que he dicho la verdad. Es desconcertante. Orla y Colla parecen tan convincentes… Pero Eadulf, os juro que la vi salir de las cuadras. Deben de estar mintiendo. Y el hecho de que la haya identificado parece haber inquietado profundamente a su hermano Laisre. Supongo que representa un deshonor para su familia, pero estoy convencida de que, si esto no fuera más que una cuestión de palabra entre Artgal y yo, Laisre habría rechazado la de Artgal. El hecho de haber implicado a su hermana ha despertado su ira contra mí.

– No veo por qué deba estar tan furioso como para privaros de una vista justa.

– Ah, el honor familiar siempre es difícil de entender. No puedo decir que tenga una actitud injusta. Ni que lo sean los actos de Murgal. Ambos actúan según dicta la ley.

– Bueno, pero tengo que sacaros de aquí. ¿Qué medidas debo tomar?

– Debo limpiar mi nombre y descubrir quién ha matado al hermano Solin, pero no puedo hacerlo mientras esté encerrada en esta celda. Murgal ha dicho que debo permanecer aquí nueve días antes del juicio, como dicta la ley.

Eadulf se pasó una mano por el pelo, frunciendo el ceño.

– Pero si no recuerdo mal, en vuestros tribunales, a las personas de alto grado que pueden pagar una fianza se les permite salir si juran que comparecerán ante el tribunal el día del juicio.

Fidelma sonrió en señal de apreciación por los conocimientos de Eadulf.

– Recordáis bien. Esa ley existe. Debéis averiguar si podemos aplicarla para liberarme. Tienen una biblioteca a cargo de Murgal. ¿Recordáis que os mostré el edificio donde está?

Eadulf hizo un gesto afirmativo.

– Entonces debéis buscar la ley que trata esta cuestión. Luego deberéis acudir a Murgal, pues recordad que es el brehon de este valle. Pedidle una audiencia para preguntarle si puedo salir bajo fianza y comparecer en el juicio dentro de nueve días. En libertad podría demostrar qué manos empuñaron el cuchillo que acabó con la vida del hermano Solin.

– ¿Creéis que aquí tendrán una biblioteca con libros sobre leyes? -preguntó Eadulf angustiado-. Murgal es un pagano.

Fidelma se echó a reír entre dientes a pesar de su situación.

– Ya seamos paganos, ya seamos cristianos, somos un pueblo ilustrado, Eadulf. Los druidas tenían libros mucho antes de la llegada de Patricio y de adoptar el alfabeto latino. ¿Acaso no rendíamos culto a Ogma, dios de las letras y el saber, al cual debemos el nombre de nuestro alfabeto? Y la ley es la misma ley, millones de años anterior a la llegada de la Fe a nuestras costas.

Eadulf apretó los labios en un gesto de desaprobación.

– ¿Me estáis sugiriendo que pregunte a Murgal si tiene estos libros de leyes?

Fidelma adoptó un tono serio.

– Ya sea pagano o cristiano, ya sea consejero de Laisre o no, Murgal es un brehon y, como tal, ha jurado ceñirse a los dictados de la ley.

Eadulf movió la cabeza, poco convencido.