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– Y si me concede permiso, ¿qué libro debo buscar?

– Antes debéis leer el texto titulado Cóic Cañara Fuffll, las cinco vías judiciales. Analizad también el Berrad Airechta. Creo que en estas obras hallaréis los procedimientos de mi situación. Estudiadlos bien y seguid la vía que la ley dicte para ponerme en libertad.

– Debo recordaros, Fidelma, que no estudié derecho en este país -se quejó Eadulf-. Sólo los pormenores de nuestra doctrina y la práctica de la medicina.

– Muchas veces me habéis dicho que en vuestro reino sois juez por herencia, Eadulf. Ahora es el momento de emplear vuestro talento. Habéis conocido los métodos que aplico y me habéis visto ejercer mi oficio ante un tribunal muchas veces. Consultad «las cinco vías judiciales» y estudiad la ley de seguridad llamada árach. Deposito toda mi confianza en vos, Eadulf.

Eadulf se levantó, algo incómodo.

– Trataré de no decepcionaros.

Extendió los brazos y la tomó por los hombros. Quedaron así un momento. Se miraron a los ojos y, con un leve rubor en las mejillas, Eadulf se dio la vuelta para ir hasta la puerta. Ésta se abrió casi al instante, como si Rudgal hubiera estado esperando para hacerlo. El guerrero se hizo a un lado para que Eadulf saliera.

Instantes después, Rudgal entró en la celda con un catre de madera. Luego trajo sábanas, y una jarra con agua. El guerrero se mostró inquieto.

– El hermano sajón parece preocupado, sor Fidelma -le susurró mientras colocaba el catre en la celda y, antes de que ella pudiera decir nada, añadió-: Espero que esto haga más cómoda vuestra estancia aquí.

– Como favor personal, Rudgal, o como favor a la Fe, os pediría que estuvierais pendiente del hermano Eadulf. Podría necesitar ayuda. Ayudadle del mismo modo que me ayudaríais a mí.

– Así lo haré, sor Fidelma. Yo me encargaré de ello.

Sin decir más, Fidelma se sentó en el banco y empezó a serenarse para el dercad. Ni siquiera oyó a Rudgal salir de la celda o cerrar la puerta de madera.

Todavía quedaban unas horas para el amanecer, y Eadulf se dio cuenta de que hasta entonces no podría acudir a Murgal para pedirle permiso de acceso a la biblioteca. De hecho, Murgal se habría retirado tras pasar la noche en vela. Eadulf sabía que, si quería ayudar a Fidelma, debía moverse con cautela. Hacía dos noches que no dormía bien, de modo que decidió que intentaría dormir una o dos horas más. Pese a su turbación, en cuanto descansó la cabeza sobre la almohada, quedó sumido en un sueño profundo.

Se despertó con la actividad procedente de la sala principal. Por un momento, Eadulf había olvidado lo sucedido la noche anterior. Luego le vino a la mente como una oleada desazonante. Se levantó y bajó al cuarto de baño.

Al verle, Cruinn le lanzó una mirada ensombrecida. El joven monje, el hermano Dianach, se hallaba sentado en un rincón con una manifiesta expresión afligida. A medida que Eadulf bajaba las escaleras, el semblante del muchacho se fue endureciendo. Quedaba claro que la muerte del hermano Solin y la detención de Fidelma habían sido el tema de conversación de aquella mañana en la ráth.

– ¿Por qué lo hizo? -preguntó el hermano Dianach en un feroz tono acusativo, que sentó a Eadulf como un jarro de agua fría.

El muchacho se puso de pie, como si fuera a amenazar físicamente a Eadulf.

– ¿Tanto le odiaba?

Eadulf se detuvo en el primer escalón, mirando al hermano Dianach con tristeza.

– Sor Fidelma no ha matado al hermano Solin -respondió con calma.

Cruinn musitó algo con rabia contenida. Aquella mujer alegre y corpulenta parecía ahora una arpía vieja y malcarada.

Eadulf los miró a ambos y luego se encogió de hombros. Saltaba a la vista que ninguno de los dos estaba dispuesto a escuchar la versión de Fidelma sobre los hechos. Dio media vuelta para dirigirse al cuarto de baño. Cuando terminó de asearse y salió a la sala, no había rastro de la presencia de Cruinn ni del hermano Dianach. Eadulf subió a su cuarto y se vistió. Al bajar otra vez, advirtió que Cruinn no le había preparado nada para el desayuno. Aquella era su forma de protestar. Eadulf suspiró y buscó algo para comer.

Tras un sobrio desayuno de pan seco, fiambres y aguamiel, salió dispuesto a realizar el primero de sus objetivos. En el edificio que Fidelma había dicho que albergaba la biblioteca, la primera persona a la que encontró fue a Marga, la atractiva boticaria. Después de saber por Fidelma que había tenido un arranque de ira contra él al descubrir que tenía estudios sobre plantas medicinales, Eadulf esperaba que pasara sin decirle nada, de modo que le asombró que se detuviera frente a él.

– No puedo decir que lamente lo ocurrido -dijo sin preámbulos, revelando así que también estaba al corriente de la noticia-, ya sea a ese puerco de Solin, o a vuestra amiga cristiana. Ambos merecen estar en vuestro Más Allá. Es comprensible que cualquier mujer que se topara con Solin deseara acabar con su vida.

Eadulf se mantuvo en sus trece.

– Tenéis derecho a expresar vuestra opinión, Marga. Pero Fidelma no mató al hermano Solin.

La muchacha lo miró con incredulidad.

– ¿No me digáis? ¿E intentaréis demostrarlo?

– Lo demostraré -la corrigió Eadulf-. Descubriré la verdad.

Marga añadió con desprecio:

– Sí, claro. Hablando de la verdad… Os ofrecí la dedalera, pensando que estaba ayudando a alguien profano en medicina. Dado que mentisteis, ahora debéis pagar las hierbas. Como veis, valoro la verdad, sajón. Creo que al brehon también le gustará saber qué valor dais vos a la verdad.

Eadulf enrojeció. Sacó el portamonedas y le tendió la mano con un screpall.

– Tomad y prosperad -dijo sin más.

Marga tomó la moneda, la examinó y luego, con gesto amanerado, la dejó caer al suelo. Sonreía con satisfacción. Parecía esperar que Eadulf se agachara a recogerla, pero éste se limitó a mirarla directamente a los ojos antes de acceder al edificio.

No iba a ser tarea fácil conseguir su propósito si todo el mundo en la ráth estaba convencido de que Fidelma era culpable antes de juzgarla.

Subió a la torre donde esperaba encontrar la estancia de Murgal y la biblioteca. Pero había muchos pasillos y diversas puertas. Se quedó allí de pie, sin saber qué hacer.

– ¡Ah, el sajón! ¿Qué hacéis aquí?

De pie, en la puerta de una de las dependencias, estaba Esnad, la hija de Orla. Eadulf reparó en las facciones coquetas de la joven, que estaba apoyada en la jamba, mirándolo con una sonrisa seductora.

– Busco la biblioteca de Murgal -explicó.

– ¡Oh, libros! -exclamó con un mohín-. ¿Por qué, en vez de ir a la biblioteca, no entráis y echamos una partida de Brandub? -le preguntó, haciendo un ademán que lo invitaba a pasar-. Éste es mi aposento.

Eadulf se ruborizó al desconcertarle la descocada actitud de la joven.

– Tengo muchas cosas pendientes, Esnad -dijo con respeto al recordar que, al fin y al cabo, era la hija del tánaiste-. Si fuerais tan amable de indicarme dónde está la biblioteca de Murgal…

– ¿Para qué queréis mi biblioteca, sajón? -el grave tono de voz del druida sorprendió a ambos.

La inquisitiva figura de Murgal estaba a los pies de la escalera.

Esnad soltó un bufido de disgusto. Entró en su estancia, airada, y dio un portazo al cerrar.

El monje sintió cierto alivio y se volvió hacia el druida, casi con gratitud.

– En realidad os buscaba a vos con la intención de pediros permiso para realizar una consulta en vuestra biblioteca.

– ¿Y en qué puedo serviros? -preguntó, arqueando las cejas.

– Necesito dos textos jurídicos que quizá tengáis.