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Murgal mostró su sorpresa.

– ¿Y para qué os hacen falta esos textos?

– Habéis encarcelado a Fidelma de Cashel.

– Así es -reconoció sin más.

– Me ha designado como brehon para defenderla.

Murgal lo miró más sorprendido aún.

– ¿Vos la representaréis? Pero si sois extranjero y no tenéis el título de dálaigh; por tanto, no podéis ejercer como tal.

– Una persona que carece de título en leyes tiene pleno derecho a llevar un caso ante un brehon si quiere correr el riesgo -señaló Eadulf-. Incluso un extranjero. Conozco vuestra ley suficientemente bien para saber al menos que eso es así.

Murgal guardó un momento de silencio y al final concluyó:

– A esta clase de personas se las llama «personas sin lengua», y si hacen perder el tiempo al tribunal se les puede imponer una cuantiosa multa. ¿Estáis dispuesto a asumir el riesgo?

– Lo estoy.

– Bien -aceptó Murgal-. Debo decir que no me sorprende que le deis apoyo. Pero poco tendréis que intervenir, pues el caso es bastante claro. Su culpabilidad es evidente.

Eadulf enrojeció de indignación.

– ¿Y ya habéis decidido qué motivos llevaron a Fidelma a matar a un clérigo de su misma doctrina? -le exigió.

– Oh, claro que sí. Cuando los cristianos no encuentran con quien enfrentarse, se enfrentan entre ellos. ¿Cómo lo llamáis vosotros, los defensores de Roma? ¿Odium theologicum? Siempre existe odio recíproco entre vosotros.

– Veo que, como brehon, ya habéis emitido un veredicto -le espetó Eadulf-. Acaso debería ampliar vuestros conocimientos de latín con la frase maxim audi alteram partem: escuchad a la otra parte.

Murgal parpadeó y, por un instante, Eadulf creyó que el druida iba a estallar en cólera. Entonces, para asombro del monje, Murgal soltó una carcajada.

– ¡Bien dicho, sajón! ¡Bien dicho! Podéis consultar los libros de leyes de mi biblioteca, y espero que os sirvan de algo.

– Quisiera pediros algo más.

– ¿En qué más puedo serviros?

– Fidelma de Cashel está encarcelada hasta el día del juicio.

– Sí. La ley establece una limitación de nueve días en caso de juicio por asesinato -explicó Murgal-. Pasado ese tiempo, tendrá que responder ante la ley. Nadie es inmune a este proceso.

– Pero Fidelma de Cashel no puede preparar su defensa a menos que esté en libertad.

– La ley es la ley, sajón. Ni siquiera yo puedo cambiar una ley para adaptarla a un individuo.

Eadulf inclinó la cabeza en reconocimiento.

– La ley es la ley -repitió despacio-. Pero, en ocasiones, la restricción de la ley está sujeta a una interpretación. Lo cierto es que la palabra de Fidelma de Cashel, una mujer de rango en este país, basta para que sea puesta en libertad y que valga como árach o fianza hasta el juicio. Al encarcelarla no aplicáis la justicia con rigor.

Murgal lo miró pensativamente.

– Parece que conocéis nuestra ley lo suficiente para emplear conceptos como el del árach, sajón.

Eadulf decidió que más valía ser sincero.

– Sé bastante poco, por eso necesito consultar vuestros textos legales. Pero como represento a Fidelma de Cashel, quisiera solicitar una audiencia con vos mañana a fin de alegar en su favor para que sea puesta en libertad antes del juicio.

– ¿Qué libros de leyes queréis? -preguntó Murgal con interés.

Eadulf le dio el título de los libros que Fidelma le había indicado. Murgal caviló unos instantes.

– Sabia elección la vuestra, sajón -reconoció a su pesar.

Hizo una señal para que lo siguiera y subió por las escaleras para entrar luego en una sala de la torre. A Eadulf le sorprendió ver tantos libros, unos colgados de estacas de madera y otros guardados en estanterías. En algunas incluso había bastones, que reconoció como los «bastones de los poetas» que había visto otras veces: eran textos redactados en la antigua escritura irlandesa ogham, datados siglos antes de que la Fe llegara a Irlanda. Con resolución, Murgal fue derecho a dos bolsas de piel y extrajo los volúmenes del interior.

– Aquí tenéis los textos que buscáis. Lleváoslos a la casa de huéspedes, pero devolvedlos cuanto antes -requirió, entregándole los libros a Eadulf.

– Los consultaré con detenimiento, no os preocupéis.

Murgal lo acompañó hasta la puerta y volvió a cerrarla.

– ¿Y en cuanto a la audiencia que os he solicitado? -insistió Eadulf-. ¿Escucharéis lo que tengo que decir para que Fidelma sea puesta en libertad antes del juicio?

Murgal movió la cabeza en señal de disensión.

– No puedo daros una respuesta inmediata. Esta cuestión debe ser meditada. Para convocar una audiencia hacen falta argumentos de peso, la petición podría ir en contra de los deseos de mi jefe Laisre.

– ¿Acaso la ley no se antepone a los deseos de un jefe?

– ¿Ése es vuestro único argumento? -preguntó Murgal con una leve sonrisa.

– No. No. Existe un argumento de peso, y es que Fidelma de Cashel no es solamente una religiosa, ni una simple abogada de los tribunales de Irlanda. Además es la hermana del rey de Muman y, como tal, su rango debe ser respetado. Tiene pleno derecho a saber que puede ser puesta en libertad con su propia fianza.

– Os daré mi respuesta antes de que despunte el día. También dependerá de si habéis dado con la vía adecuada para este juicio en los libros que tenéis. Que la justicia os guíe, sajón.

Tras esta despedida, Eadulf se encaminó pensativo hacia la casa de huéspedes. Cuando pasaba bajo la pasarela que bordeaba la ráth, un sexto sentido le hizo apartarse a un lado de repente. No sabía qué le había empujado a actuar así: quizás un sexto sentido, acaso un leve sonido u otra sensación inexplicable. Una tremenda piedra descolocada de las almenas se desplomó a sus pies. Tan cerca cayó, que notó la ráfaga de aire y, de haber tenido un pie unos centímetros más avanzado, la piedra lo habría destrozado.

Eadulf retrocedió de un salto, dejando caer los libros al suelo.

Con el corazón acelerado, miró hacia arriba enseguida. Una sombra fugaz se retiró antes de que pudiera identificarla.

Eadulf se quedó inmóvil unos segundos con la frente perlada de sudor. Había estado a punto de morir.

Entonces reparó en una figura que bajaba corriendo hacia él por la escalera de la almena. Dio un paso atrás para defenderse.

Era Rudgal. Tenía una expresión rara.

– ¿Estáis bien, hermano? -preguntó, muy preocupado.

Eadulf se serenó al desvanecerse la amenaza.

– Me ha subido el corazón a la garganta -reconoció.

Rudgal se agachó a recoger los libros de leyes que se le habían caído.

– Ha faltado muy poco, hermano. Estos accidentes pueden ser muy peligrosos.

Eadulf entornó los ojos.

– ¿Un accidente, decís?

– ¿No ha sido un accidente? -preguntó Rudgal con una expresión anodina-. Algunos de estos bloques de piedra están sueltos y mal colocados.

– Ahí arriba en la almena había alguien que ha dado el empujón necesario a la piedra para hacerla caer en el momento adecuado.

– ¿Estáis seguro de eso, hermano? -preguntó Rudgal, perplejo-. ¿Habéis reconocido quién era?

– No he visto a nadie a quien pudiera identificar -confesó-. Pero vos estabais arriba. Quizás hayáis visto a alguien.

– Allí arriba hay varias personas -dijo moviendo la cabeza-. Pasaba por aquí y he oído el grito. Cuando me he asomado os he visto a vos, y he visto la piedra a vuestros pies. Parecíais alterado. No he visto a…

Calló un momento, frunciendo el ceño en un gesto pensativo.

– ¿Qué visteis…? ¿Qué? -le instó Eadulf.

– Seguramente nada. He visto al joven monje… ¿cómo se llama? ¿Dianach? Sí. Le he visto andando en dirección contraria con Esnad y, claro, Artgal no estaba demasiado lejos, aunque iba hablando con Laisre. Puede que ellos hayan visto algo… pero no creo, porque habrían acudido a ver qué ocurría. Por lo visto nadie más ha oído vuestro grito de alarma.