Eadulf movió la cabeza en un gesto de negación.
– No creo que sirviera de mucho preguntarles -reflexionó, tomando los libros de las manos de Rudgal-. Artgal es el testigo principal contra Fidelma, y esta mañana el hermano Dianach ha manifestado sin ambages su aversión hacia mí. No. No se hablará más de esto.
Dejó a Rudgal atrás y reanudó la marcha hacia el hostal. Una vez dentro, dejó los libros sobre la mesa y se sentó ante ellos. Bostezó y deseó haber dormido más. Entonces pensó en Fidelma dentro de la celda, y sintió una punzada de culpa, pues poco habría dormido, sola, en aquel lugar tan poco acogedor. El hostal estaba vacío. Ni Cruinn ni el hermano Dianach habían regresado. Era evidente que querían evitarlo.
Sin prisa, comenzó a hojear las páginas de los textos legales.
Pasaba el tiempo, y las letras empezaban a adquirir vida propia, retorciéndose y danzando ante sus ojos. Tenía la sensación de no ser capaz de entender ni el más sencillo de los conceptos. Los párpados le pesaban cada vez más, y empezó a cabecear.
Alguien llamó a la puerta.
Eadulf levantó la cabeza del manuscrito, pestañeando, sin saber muy bien dónde estaba. Sin duda se había dejado vencer por el sueño.
Vio a Rudgal de pie, en el umbral.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Eadulf, bostezando, pero avergonzado de haberse quedado dormido. Hizo a un lado el libro y prestó atención a Rudgal.
– Traigo un mensaje de Murgal, hermano. Se trata de la audiencia que solicitasteis.
– ¿Yqué dice? -preguntó Eadulf, levantándose, pues la noticia lo despejó-. ¿Me concederá una audiencia mañana?
– Murgal dice que estáis en vuestro derecho de exigirle una audiencia como brehon de Gleann Geis que es. Debo devolverle los libros. Ha dicho que vos sabríais cuáles quiere. Además, ha dicho que, si a través de mí podéis asegurarle que podéis prestar argumentos legales, accederá a tal audiencia. Pero la audiencia deberá celebrarse en la sala consistorial esta tarde antes de la cena.
– ¿Qué hora es? -preguntó Eadulf, sobresaltado; tenía la sensación de que Murgal estaba jugando con él.
– Casi falta una hora para la comida del mediodía.
– Eso significa que apenas tengo unas horas para prepararme.
Eadulf trató de aplacar el repentino terror que lo invadió. Rudgal lo miraba con semblante inexpresivo.
– Murgal dice que si no sois capaz de preparar la petición para esta tarde, es porque no sois capaz de comprender los fundamentos de la ley.
Eadulf se pasó una mano por el pelo mecánicamente.
– Al menos Murgal está dispuesto a conceder la audiencia -reconoció-. Tendréis que decirle que necesitaré los libros una hora más. Los devolveré luego.
Bajó la vista al libro abierto con aprensión.
– Por lo visto, la única esperanza es que acepte el juramento de sor Fidelma, que tenga en cuenta su rango y posición como princesa Eóghanacht hasta el juicio de dentro de nueve días.
– Sería justo que sacasen a sor Fidelma de la Cámara de Asilamiento -dijo Rudgal con una sonrisa amable-. Ésa no es cárcel para alguien como ella.
– Me gustaría ser optimista en cuanto a las posibilidades.
Rudgal entornó los ojos.
– ¿Consideráis que no tenéis suficientes conocimientos para obtener la libertad de sor Fidelma? -preguntó, señalando con un brazo los libros sobre la mesa-. ¿Cómo os dicen estos libros que debéis actuar?
Eadulf soltó una risa amarga.
– Me dicen que tengo pocos conocimientos jurídicos y que lo poco que sé no basta para asegurar su libertad.
– Estoy seguro de que algo podréis hacer.
– Sólo hay una posibilidad, aparte de que Murgal acepte el juramento de Fidelma como hermana del rey de Cashel a modo de garantía para que comparezca ante él el día del juicio.
– ¿Y cuál es? -preguntó Rudgal.
– Que consiga demostrar que Artgal no es un testigo fiable.
Rudgal se frotó el mentón con aire pensativo.
– Es un hombre ambicioso -dijo-. Un herrero de primera y un buen guerrero, eso sí.
– Quizá tenga algo que ocultar. Como que traicionara a algún compañero de batalla.
Rudgal se rió entre dientes.
– Buscad en otra parte, hermano. Luchamos juntos, codo con codo, en la colina de Aine contra los Arada Cliach el año pasado, y demostró ser un buen compañero en el campo de batalla.
Eadulf lo miraba, asombrado.
– ¿Luchasteis allí contra los Arada Cliach? Pero eso significa que luchasteis contra el ejército del rey de Cashel.
Rudgal encaró la cuestión con una siniestra sonrisa.
– Respondimos al llamamiento de nuestro jefe, Laisre, que a cambio sirvió a Eoganán, de los Uí Fidgente. Pero ahora Eoganán está muerto y vuelve a reinar la paz entre los Uí Fidgente y Cashel. Así que también hay paz entre Laisre y Cashel. Pero la ambición de Artgal no reside en la guerra. Lo sé porque él mismo me dijo que colmaría su ambición en tiempos de paz.
– Os juro que me resulta difícil comprender la política interna de vuestro pueblo -musitó Eadulf-. Y aunque la entendiera, no me ayudaría. Aparte del talento de Artgal como herrero y guerrero, ¿no hay nada más que podáis contarme sobre él? ¿A qué os referís cuando habláis de la ambición de Artgal?
– No es un delito ser ambicioso.
– Pero habéis dicho que comentó que colmaría su ambición en tiempos de paz.
– De hecho, esta mañana lo ha jurado.
– ¿Qué ambición? -insistió Eadulf.
– Expandir su humilde granja y emplear a un aprendiz, poder permitirse una esposa… Eso no tiene nada de malo.
– No. De hecho es bastante inocente. ¿Ypor qué lo considera una ambición?
– Porque no ha podido ahorrar suficiente para comprar vacas lecheras con las que criar ganado. Su forja está inactiva porque Goban es el herrero principal del valle, y la mayor parte de la gente acude a él para trabajos más elaborados. La granja de Artgal es humilde, y siempre anda buscando trabajo. En general se gana la vida con lo poco que le paga Laisre por ejercer de escolta. Pero ahora ha podido adquirir dos vacas lecheras.
– Debo decir que nada de esto me es útil para demostrar que su palabra no es de fiar.
Rudgal estaba de acuerdo.
– Cierto, pero en realidad me parece prácticamente imposible que haya podido ahorrar para comprar las vacas. Hace tan sólo dos días no tenía dinero. Estábamos apostando en la granja de Ronan y Artgal estaba perdiendo que daba miedo. Incluso llegó a ofrecer la granja y la forja como aval para la apuesta.
Eadulf no mostró demasiado interés en aquello y dedujo:
– Así que ganó las vacas, o el dinero para comprarlas, apostando. Eso tampoco es motivo de censura.
Rudgal negó moviendo la cabeza.
– Pero no fue así. Ganó lo justo para asegurarse de que no perdía la granja. No sacó dinero. Acabó el juego tan arruinado como empezó.
Eadulf empezó a interesarse.
– Pero entonces, ¿de dónde sacó las dos vacas? ¿Y cómo sabéis esto vos?
– Hace unos momentos le he oído hablar con Ronan. Le contaba que anoche casi perdió la granja jugando. Decía, y lo he oído claramente, que la fortuna le sonreía porque acababan de darle dos vacas lecheras como recompensa por decir la verdad.
Eadulf levantó la vista de pronto.
– ¿Usó esas mismas palabras?
– Las mismas. También ha dicho que dentro de nueve días le darían una tercera vaca. Y que, con tres buenas vacas lecheras, tendría la vida arreglada.
Eadulf miraba fijamente al rubio guerrero, que no parecía advertir el efecto que habían causado sus palabras.