Выбрать главу

– Por favor, confirmadlo: ¿acabáis de decir que habéis oído decir a Artgal que le habían dado dos vacas en recompensa por decir la verdad y.que dentro de nueve días le darían otra? ¿El lo ha dicho con esas mismas palabras?

Rudgal se rascó la cabeza, como si aquello le ayudara a concentrarse.

– Sí, claro. Es justo lo que ha dicho.

– ¿Pero estáis seguro de que ha dicho exactamente que «dentro de nueve días» iban a darle otra vaca? ¿Eso es lo que ha dicho?

– Sí, sí. Ha dicho nueve días.

Eadulf se echó atrás contra el respaldo y empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa.

– ¿Sirve para algo? -inquirió Rudgal después de un momento, al ver que Eadulf no decía nada.

Eadulf alzó la vista con la mirada ausente.

– ¿Qué? ¿Si sirve? Sí… puede que sí. No lo sé. Debo reflexionar al respecto.

Rudgal tosió nerviosamente y se excusó:

– Entonces, ¿debo ir ya a ver a Murgal? Y si es así, ¿qué debo responderle?

Eadulf dudó un instante y luego dijo, con una amplia sonrisa:

– Decidle que ya estoy preparado, que seguiré investigando argumentos para sacar adelante el procedimiento y ceñirme a ellos. Llevaos los libros y comunicádselo.

– Creía que los necesitabais una o dos horas más.

– No, ya está. Creo que ya sé qué vía judicial debo tomar.

– ¿Y aceptáis que podréis presentar vuestro caso a Murgal esta tarde?

– Lo acepto -dijo Eadulf con énfasis.

Rudgal recogió los libros y Eadulf lo acompañó a la puerta.

– En cuanto haya informado a Murgal -dijo Rudgal-, iré a comunicarlo a sor Fidelma. Os deseo suerte, hermano, en el esfuerzo que estáis haciendo por liberarla.

Eadulf alzó una mano a modo de agradecimiento, pero era evidente que tenía la cabeza en otra parte. Al cabo de un rato, se concentró en las notas que había tomado de los textos jurídicos, y luego volvió a sentarse con el ceño fruncido, como sumido en profundas cavilaciones.

Capítulo 13

El nerviosismo de Eadulf al comparecer ante Murgal era evidente. El brehon estaba sentado en el lugar habitual, a la izquierda de Laisre. El propio jefe no parecía muy contento; al llegar, se desplomó sobre la silla y dejó que Murgal dirigiera todo el proceso. Rudgal había escoltado a Fidelma desde su celda de reclusión y estaba de pie detrás de su silla, que habían colocado frente a Laisre y Murgal.

Al parecer, todos los habitantes de la ráth habían querido asistir a la sesión. Eadulf pudo percibir la hostilidad del tánaiste, Colla, y de su esposa Orla, sentados a la derecha del jefe. También estaba el joven hermano Dianach, que lo miraba con mala cara y, a su lado, Esnad. Artgal estaba de pie al final de la sala, mirándolo con un gesto burlón. Había venido la atractiva boticaria, Marga, y el guapo tratante de caballos, Ibor de Muirthemne, estaba sentado al lado de ella. Incluso la oronda figura de Cruinn estaba allí, al fondo de la sala, a la expectativa. Se respiraba un ambiente tenso de expectación.

Murgal pidió silencio, si bien casi no fue necesario, ya que en el momento de entrar Fidelma y pedírsele que tomara asiento, la sala había quedado sumida en el silencio más absoluto.

El clan de Gleann Geis no había vivido jamás un acontecimiento tan entretenido, según Colla reconocería más tarde.

Tras establecer el orden, Murgal abrió la sesión oficialmente.

– Se me ha informado de que Fidelma de Cashel desea hacer una petición para ser puesta en libertad bajo fianza y permanecer en libertad hasta el momento de comparecer ante este tribunal, dentro de los nueve días establecidos por la ley, cuando responderá por la acusación del asesinato del hermano Solin de Armagh. ¿Es así?

– Así es -contestó Eadulf-. Y yo hablaré por ella en este tribunal.

Laisre preguntó con inquietud:

– ¿Tiene el sajón derecho a hacerlo, Murgal?

– En efecto, lo tiene, mi señor -respondió Murgal en un tono que parecía una disculpa.

Laisre apretó los labios, formando una línea recta, pero indicó que prosiguiera la sesión.

– Disculpad, Laisre de Gleann Geis -empezó a decir Eadulf con reticencia, quebrantando la costumbre al dirigirse directamente al jefe-. Para tranquilizaros, haré un breve comentario en cuanto a mi posición. Me llamáis correctamente sajón; es cierto que no nací en esta isla. En mi propio país fui gerefa hereditario, un título de juez que equivale al de brehon, ya que dictaba sentencias bajo la ley de mi propio pueblo. Un hombre llamado Fursa me convirtió a la Fe de Cristo; era un hombre de este reino, que fue a predicar la nueva religión a la tierra de South Folk. Me convenció de venir aquí a estudiar, y así lo hice; estudié en Durrow y en Tuam Brecain, si bien mis conocimientos de vuestra lengua y vuestras leyes son todavía imperfectos.

Murgal contestó por el jefe, que torcía el gesto.

– Con estas palabras demostráis ser severo con vos, sajón. Sois en vos mismo un tributo a la Fe de Fursa. Sólo debéis preguntar a este tribunal, y tendremos indulgencia en ayudaros a comprender nuestras leyes. ¿Con qué razones nos convocáis para juzgar si Fidelma de Cashel debe ser puesta en libertad antes del juicio?

Eadulf lanzó una mirada a Fidelma con una sonrisa alentadora, pues la joven dálaigh estaba pálida y tensa por no estar acostumbrada a ocupar la posición de acusada ante un brehon. Se quedó con la mirada absorta e inexpresiva.

– Estoy aquí para presentar una petición en nombre de Fidelma de Cashel, basándome en la virtud de su rango.

Laisre movió la cabeza mirando a Murgaclass="underline"

– ¿Invoca la ley para esa petición?

Murgal obvió la pregunta del jefe. Al fin y al cabo, él era el brehon y presidía el tribunal.

– Este procedimiento no es habitual, sajón. Fidelma de Cashel está acusada de asesinato. Ni tan siquiera el rango permite esta clase de concesiones.

– Quisiera refutar vuestro argumento. Si he entendido bien el texto, el Berrad Airecht señala que, aun en el caso de acusación por asesinato, si el sospechoso es de rango noble y goza de buena reputación, y las pruebas son imprecisas, el reo puede ser liberado si así lo permite el brehon hasta que se cumplen los nueve días prescritos, momento en que se celebrará el juicio.

Fidelma miraba a Eadulf con aprobación por el conocimiento que demostraba haber adquirido el joven. Había empleado bien el tiempo consultando los libros de Murgal. Ella tenía un vago recuerdo de aquella ley, pero en aquellas circunstancias tan desfavorables, dudaba que le concedieran la libertad para los próximos nueve días.

– Habéis estudiado correctamente -dijo Murgal, expresando los pensamientos de Fidelma, en un tono incluso elogioso-. En efecto, así lo dicta la ley. Permitidme escuchar cómo creéis que debería aplicarse en estas circunstancias.

Eadulf, nervioso, sacudió la cabeza.

– ¿Me corregiréis si me equivoco? -pidió.

– Dadlo por sentado -afirmó Murgal con regocijo.

– Los textos legales, si los he entendido bien, dicen que la posición y la reputación de un sospechoso deben tenerse en cuenta para tomar esta decisión. ¿Alguien en este tribunal podría negar que sor Fidelma sea de rango y condición noble, no sólo de nacimiento, sino además por su título jurídico de dálaigh?

Una inquietud general invadió la sala.

– Nunca lo hemos negado -respondió Murgal con voz cansada.

– ¿Hay alguien en este tribunal que ose contradecir que sor Fidelma tiene una reputación intachable y que su nombre se pronuncia con afecto, no sólo en Cashel, sino en todo Tara?

El desafío de su voz volvió a sentirse en la sala, y luego se impuso el silencio.

– Nadie lo niega -afirmó Murgal.