– La expresión «sólo ella pudo…» dice mucho -observó Eadulf-. «Sólo ella…» es como decir «todo parecía indicar que…» o «parecía que», lo que no implica que algo se haya hecho realmente.
– Este tribunal conoce de sobra el sentido de esa expresión -intervino Murgal, irritado-. Y tendrá en cuenta el cambio en el testimonio de Artgal. Pero, decid, Artgal, ¿reconocéis que os pagaron para contar esa historia?
– Para no contarla -se quejó Artgal-. Para asegurar que no cambiara la historia.
Eadulf soltó con discreción un suspiro contenido, y entonces lanzó una mirada de triunfo a Fidelma, que miraba al suelo, con los hombros bajos y en tensión.
– No acabo de entenderlo -estaba diciendo Murgal-. ¿Para qué ibais a cambiar la historia?
– No iba a cambiarla. Es la verdad. Pero hace unas horas, antes de que encarcelaran a Fidelma, un hombre se acercó a mí y me ofreció dos seds por no variar la historia. Me pagó enseguida, y me prometió otro sea una vez hubieran juzgado a Fidelma de Cashel. Como el dinero tiene poco valor en Gleann Geis, acordamos que sería el valor de tres vacas lecheras, y acepté el pago. Esta cantidad me habría resuelto la vida.
– ¿Quién era el hombre que os ofreció el dinero? -preguntó Laisre con gravedad en su primera intervención desde aquella revelación.
– No lo sé, mi señor. Estaba oscuro y no lo vi. Tan sólo oí su voz.
– ¿Y cómo era esa voz? -exigió Murgal.
Como respuesta, Artgal levantó una mano en señal de impotencia.
Algo llevó a Eadulf a jugar una última baza.
– Oísteis su voz claramente, Artgal -insistió-. ¿Tenía acento del norte?
Artgal tenía ahora una expresión lastimera. Toda su soberbia se había desvanecido.
– ¿Hablaba con acento de Ulaidh? -siguió insistiendo Eadulf.
Artgal asintió con un gesto de abatimiento.
Todas las miradas se dirigieron a Ibor de Muirthemne, que a pesar de haberse sonrojado, mantuvo la mirada al frente sin inmutarse.
– ¿Y qué os dijo su voz? -preguntó Murgal con gravedad.
– El hombre me dijo que, por la mañana, si iba a mi granja, encontraría dos vacas lecheras allí; y que en nueve días encontraría una tercera, siempre y cuando no cambiara mi testimonio contra Fidelma. Os juro que no pude sino aceptar. Estaba de pie, en la oscuridad, junto a mi cama. Tanto podía haberme apuntado con la punta de una daga, como ofrecerme dinero.
– ¿Y habéis ido a la granja esta mañana, esta misma mañana, y habéis encontrado las dos vacas? -preguntó Murgal.
– Sí.
– Por tanto, en pocas palabras, compraron vuestra declaración -concluyó Eadulf en un tono triunfal.
– Hice la declaración antes de recibir las vacas -protestó Artgal.
Laisre se dirigió a Murgal casi con impaciencia.
– En eso tiene razón. Es obvio que no puede considerarse un soborno para prestar declaración.
Eadulf iba a quejarse, cuando Murgal se frotó el mentón pensativamente y contestó a su jefe.
– Esto significa que, de acuerdo con la ley, la declaración de Artgal contra Fidelma no es válida. Ha perdido el honor y ya no se puede confiar en su palabra. Y no hay más testimonio contra Fidelma de Cashel que el suyo.
Laisre miró a Artgal intentando contener la furia.
– ¿Habéis dicho que ese hombre que os entregó las vacas hablaba con acento del reino del norte?
– Así es, señor.
– ¿Estáis seguro de que hablaba con acento del norte? ¿No podría haber sido un acento sajón, por ejemplo?
La sala entera se sumió en un murmullo de incredulidad ante la abierta acusación del jefe.
– Mi señor -se apresuró a intervenir Murgal con inquietud-, no podéis insinuar que el sajón engañó a Artgal para desacreditarlo con el fin de llegar a esta resolución.
Laisre lanzó una mirada malévola a Eadulf.
– ¿Y por qué no? Esta explicación es tan válida como otra.
– Mi señor, no os precipitéis y reconsiderad vuestras palabras. Las pruebas no dejan lugar a dudas. Artgal sabe distinguir perfectamente entre un acento del norte y un acento sajón, y lo habría dicho. Si discutís esta evidencia, podríais desacreditar vuestro cargo.
Laisre parecía dispuesto a prolongar el debate, pero la mirada de Murgal consiguió desanimarlo.
– De acuerdo, en tal caso, supongo que habrá que interrogar a todos aquellos con acento del norte.
El hermano Dianach se levantó para protestar. Incluso Eadulf se sorprendió de aquella reacción repentina, que no se adecuaba al carácter tímido y nervioso que había mostrado hasta el momento. Pero la rabia y, seguramente, el miedo le provocaron aquel arrebato.
– Todos saben que, aparte del hermano Solin, yo y el tratante de caballos somos los únicos con acento de las tierras del norte. ¡Niego cualquier posible acusación en mi contra! -gritó en falsete, rojo de furia.
– No pudo ser el muchacho -reconoció Artgal sin vacilar-. Era una voz masculina más grave.
Sólo Fidelma advirtió que Laisre aplacó la inquietud con una mirada de satisfacción.
Todos miraron al lugar donde había estado sentado Ibor de Muirthemne, que ahora estaba vacío.
– Honorable juez -intervino Eadulf rápidamente-, antes de perder de vista la cuestión principal que nos ocupa, este testigo ha dicho suficiente para demostrar que al aceptar el pago invalida su declaración.
Murgal le dio la razón con sobriedad.
– Cierto es. Artgal, podéis abandonar la sala, pero no salgáis de la ráth. Tendré que reflexionar sobre qué medidas debo tomar con vos, pues habéis deshonrado a vuestro jefe y a vuestro clan.
Cuando Artgal se dirigía ya al exterior, Eadulf volvió a hablar.
– Mi propuesta es que, dado que la declaración de Artgal queda invalidada, sor Fidelma sea liberada fír testa de inmediato.
Murgal iba a aceptarla, cuando para asombro de todos, Laisre alzó una mano y se inclinó hacia Eadulf desde la silla.
– Hay un cargo que lo impide, sajón -dijo con dureza-. Cuando se la acusó de este crimen, Fidelma de Cashel se rebajó intentando acusar a otra persona, es decir, a mi hermana Orla. Juró que había visto a Orla salir de las cuadras. Pero, gracias al testimonio de su esposo Colla, Orla pudo demostrar que no estaba en las cuadras. Así que jurar en vano es un delito suficiente, según mi interpretación de la ley, para que Fidelma de Cashel esté encerrada bajo llave hasta que se averigüe si es culpable o no. Y digo esto a pesar de la deshonestidad de Artgal.
A muchas personas les asombró la dureza y la indiferencia del jefe. Eadulf esperó a que cesara el murmullo de la sala antes de intervenir otra vez.
– Jefe, creedme, sé lo insultado que debéis de sentiros con una acusación que pone en entredicho el honor de vuestra familia. No obstante, debo objetar que no es razón para hacer caso omiso a lo que hemos oído hoy en la sala.
A continuación, se dirigió a Murgal, pues a él correspondía decir la última palabra y, como era de esperar, iba a dar consejo a Laisre sobre la ley.
– Según las enseñanzas de los druidas -prosiguió el monje con tranquilidad-, por lo que se me ha explicado, siempre hay una Vía Intermedia para resolver una situación. Es decir, una tercera vía. Quizá sor Fidelma se confundió al identificar a Orla. Es fácil que ocurra en la oscuridad. Del mismo modo que Artgal, antes de ser víctima de la avaricia, cometió el error de creer que Fidelma era la asesina porque la había visto inclinada sobre el cuerpo del hermano Solin. Tanto Fidelma como Artgal sacaron conclusiones precipitadas. No tuvieron en cuenta una tercera posibilidad.
Murgal estaba claramente impresionado por el argumento de Eadulf.
– ¿Hay alguna otra razón por la que debamos aceptar vuestra argumentación? -preguntó Murgal.
– La pruebas físicas, claro está.
– ¿Cómo decís?
– El hecho de que, como bien ha sugerido Fidelma, la registraron y no hallaron ningún arma en su posesión. Como tampoco la hallaron cuando registraron las cuadras. La conclusión es que el asesino se llevó el arma consigo, acaso porque pudiera identificarle. Laisre confirmará que sus guerreros registraron el lugar con ahínco. No quedó por mirar ninguna parte donde pudiera haberse ocultado el arma antes de que Artgal encontrara a Fidelma. Dicho de otro modo, los hechos coinciden exactamente según la versión de sor Fidelma…, pero con una excepción: que creyó haber visto a Orla.