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Murgal se acercó a Laisre, con el que mantuvo una conversación a media voz. Laisre parecía quejarse, y Murgal se mostraba insistente; al final, el jefe hizo un gesto desganado de indiferencia, y Murgal volvió a sentarse en su sitio.

– Habéis argumentado bien vuestra postura, sajón. Tan bien, que de hecho, con las razones que habéis expuesto para poder poner en libertad a Fidelma, habéis conseguido desmentir todas las pruebas que había en su contra. Tengo la impresión de que, si encontramos al hombre que sobornó a Artgal, también encontraremos el arma que dio muerte a Solin. No hemos pasado por alto el hecho de que Artgal ha dicho que tal hombre hablaba con acento de Ulaidh, ni que el tratante de caballos, Ibor de Muirthemne, ha abandonado la sala. El hecho de que Solin fuera también de Ulaidh bien podría indicar que esta tragedia fue el resultado de una discusión personal. Ya no hay motivos para que Fidelma permanezca detenida.

La sala se llenó de pronto con el vocerío de los presentes.

Eadulf miró a Fidelma con una sonrisa de alivio y de triunfo. Fidelma se puso en pie, todavía con el rostro serio.

– Murgal -dijo en un tono de voz firme y seguro-. Os doy las gracias a vos y a Laisre por la justicia que habéis hecho este día. Pero todavía hay que detener al asesino del hermano Solin. Quisiera que me concedierais permiso para investigar este crimen. Si Ibor de Muirthemne es el responsable, permitidme que lo lleve ante la justicia. Creo que existe una relación entre la muerte del hermano Solin y el extraño ritual con los treinta y tres jóvenes muertos.

Laisre intervino antes de que Murgal pudiera responder.

– Preferiría que concluyéramos las negociaciones para las que habéis venido a fin de que regreséis cuanto antes a Cashel. Podéis estar segura de que haremos lo posible por encontrar a este hombre, Ibor de Muirthemne, que ha sobornado a uno de mis mejores guerreros y ha destruido su honor.

– ¿Es eso una orden? -insistió Fidelma para asombro de Eadulf, ya que, de haber sido por él, se habría marchado de Gleann Geis con la mayor rapidez posible.

– Digamos que es una preferencia, Fidelma de Cashel. Lo más importante que nos atañe en este momento es terminar nuestra negociación. En el futuro, ya no habrá dicha en nuestras relaciones. Cuanto antes partáis del valle, mejor, pues no podré olvidar que insultasteis a mi familia… aunque haya aceptado la explicación del sajón de que os confundisteis con la identificación. Descansemos, pues, esta noche, e iniciemos las deliberaciones por la mañana. Ahora… creo que aquí concluye este asunto por hoy.

Laisre se levantó de golpe y abandonó la sala. Su rostro no reflejaba alegría. Orla y Colla le siguieron enseguida. A Murgal correspondió levantar la sesión. Al otro lado de la sala, Eadulf vio al hermano Dianach apresurándose a salir; tenía el semblante enrojecido y angustiado. En cuanto a Artgal, había desaparecido. Eadulf iba a acercarse a Fidelma, cuando vio a la joven Esnad, sonriéndole. La hija de Orla tenía una sonrisa cálida y seductora y, cuando cruzaron las miradas, ella no apartó la suya con pudor, según podía esperarse, sino que la sostuvo de forma abierta y provocativa. Avergonzado, Eadulf fue el primero en apartar la suya.

La hija de Colla y Orla, de catorce años, estaba coqueteando descaradamente con él.

Capítulo 14

Una vez Fidelma y Eadulf se quedaron solos en el hostal, Fidelma se volvió hacia el monje sajón con una sonrisa cálida y lo tomó de las manos.

– ¡Sois brillante! -exclamó, entusiasmada.

– He tenido una buena profesora -farfulló con modestia.

– Pero habéis sabido apoyaros en las leyes adecuadas para defender vuestra postura. ¡Y qué manera de hacer caer a Artgal en la trampa! Jamás he visto a un abogado manipular tan bien a un testigo. Disteis un uso brillante a la ley para desarrollar vuestra argumentación. Deberíais solicitar el título de dálaigh.

– Rudgal me ayudó un poco -reconoció Eadulf-. Sin su colaboración no habría podido demostrar que Artgal no era válido como testigo.

Fidelma se puso seria.

– ¿Os referís a que Rudgal os facilitó la información sobre el pago que Artgal recibió?

– Así es. Tuvimos suerte, porque me comentó que Artgal había recibido las vacas, y yo deduje el resto.

Fidelma se fue a buscar una jarra de aguamiel y un par de vasos, ya que tenía que recobrar fuerzas después del suplicio.

– En tal caso deberíamos dar las gracias a Rudgal. Aun así, empleasteis bien la información que os dio. La forma en que obligasteis a Artgal a confesar el soborno sin tener que presentar pruebas es digna de admiración.

Eadulf se rió con escepticismo.

– Si al final hubiera tenido que dar prueba de mi acusación, mucho me temo que me habrían vencido. Gracias a Dios, pude hacerle creer que sabía más de lo que él imaginaba.

Fidelma sostuvo en el aire el vaso que iba a llevarse a la boca, como si de pronto se hubiera dado cuenta de algo importante:

– Pero teníais la prueba que demostraba el soborno, ¿no? Es decir, pruebas que apoyaran vuestra acusación.

Eadulf forzó una sonrisa y reconoció la verdad.

– Ha sido una pantomima, no tuve tiempo de confirmar la información de Rudgal.

Fidelma lo miró consternada y se fue hundiendo en la silla.

– ¿Cómo que una pantomima? Más vale que os expliquéis.

– Pues muy fácil. Rudgal oyó a Artgal alardear de que había adquirido dos vacas lecheras. A pesar del fanfarroneo, no habló más de la cuenta. Sin embargo, mencionó que en nueve días tendría otra. Enseguida lo relacioné. Rudgal lo comentó como si no se diera cuenta de la trascendencia de sus palabras.

Fidelma se dio cuenta en el acto de lo que podría haber ocurrido.

– ¿Y os presentasteis ante el tribunal sólo con eso? -insistió Fidelma consternada.

Eadulf se abrió de brazos para decir:

– Me ha parecido una presunción razonable que la riqueza repentina de Artgal tuviera algo que ver con su declaración contra vos. Simplemente me arriesgué.

Fidelma lo miraba, abrumada.

– Pero ningún brehon habría osado jamás correr ese riesgo, afirmar algo ante el tribunal sin saber si es cierto o sin pruebas para demostrarlo. ¿Acaso no sabéis que sapiens nihil affirmat quod non probat? «Un hombre sabio no afirma que algo es verdad hasta que no lo ha demostrado.» ¿Y si Artgal no hubiera confesado? ¿Y si os hubieran pedido que demostrarais vuestra acusación?

Eadulf hizo un gesto compungido.

– Entonces, como he dicho, nos habría ido peor. Artgal podría haberme llamado mentiroso y probablemente habría salido airoso. Pero su mala conciencia le hizo confesar, y con eso contaba yo.

Fidelma movía la cabeza, abrumada.

– En todos los años de abogada, jamás había oído cosa semejante -dijo al fin.

– En tal caso, dejadme que me defienda con otro aforismo latino. Sifinis bonus est, totum bonum eri -dijo Eadulf con una sonrisa complaciente.

Fidelma no pudo evitar responderle con otra sonrisa al decirle:

– «Bien está lo que bien acaba.» No puedo objetar nada contra eso, pero nunca volváis a hacer esto a nadie, y menos a alguien como Murgal o Laisre. Una confesión obtenida a partir de un ardid como ése es un principio que no recogen las leyes de los cinco reinos.

Eadulf levantó una mano con la palma hacia fuera.

– ¡Juro que no volveré a hacerlo! Entre nosotros quedará el secreto. Pero eso no desmerece la verdad, porque en realidad Artgal aceptó un soborno.