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Rudgal se fijó en el semblante intranquilo de Eadulf y se rió entre dientes.

– Con la ayuda de Dios, el mal tiempo pasará de largo por el otro lado de las montañas.

Siguieron adelante, bordeando la granja de Ronan y la morada de Nemon antes de subir por la colina, hacia la humilde cabaña que pertenecía a Artgal, según había dicho Rudgal. El guerrero y carrero de cabellos rubios iba delante, por un sendero escarpado, en el que se habían colocado losas aquí y allá para facilitar la ascensión, y que le daban el aspecto de una escalera. Fidelma seguía a Rudgal y detrás de ella iba Eadulf. Casi no hablaban entre ellos, salvo cuando Rudgal indicaba las partes del sendero que debían evitar, como algunas zonas mullidas de matas enfangadas o los ocasionales hoyos ocultos entre los tojos.

Llegaron a una estrecha pendiente de prados cercados con piedras, entre los que se alzaba la cabaña. Era pequeña, de forma hexagonal, con un tejado de paja y una valla alrededor. Junto a la cabaña había una forja con el fuego apagado. Tenía el aspecto de no haber sido utilizada en mucho tiempo. Incluso había herramientas que empezaban a oxidarse.

Fidelma no vio indicio alguno de ganado en las proximidades.

Se detuvieron en la entrada de la casita para recobrar el aliento. Sólo entonces Fidelma llamó al guerrero:

– ¡Artgal!

No respondió nadie. Un extraño silencio se respiraba en el lugar.

– ¡Artgal! -repitió Rudgal con más fuerza, y luego añadió aparte, a modo de disculpa-: Estaba convencido de que vendría aquí. Quizá ya ha venido, ha recogido las vacas y ha huido. Pero no puede haber ido muy lejos con las vacas. Lo habríamos visto.

Al no haber ninguna respuesta a la segunda llamada, Rudgal empujó la puerta de la cabaña y entró. Los demás le siguieron. La habitación parecía vacía, pero las escasas pertenencias estaban en su sitio. No había ninguna señal de que el dueño hubiera huido de forma precipitada. El único objeto fuera de lugar era una prenda, que estaba en el suelo como si se le hubiera caído a alguien sin querer. Fidelma se acercó y la recogió. Sólo entonces se fijó en que era un delantal. Lo colgó en un gancho que había cerca, pensando que era extraño que un hombre como Artgal tuviera algo así. No obstante, encajaba con el orden que presentaba la cabaña. Aunque no era normal que Artgal usara una prenda tan grande para protegerse si tan meticuloso era.

– Quizá me haya equivocado -murmuró Rudgal-. Quizás haya ido a otro sitio que yo no conozca.

– No hay rastro de la vacas -comentó Eadulf.

– Y si se las hubiera llevado, lo habríamos visto -repitió Rudgal-. En esta campiña es fácil vislumbrar a un ganadero solitario con dos vacas.

Tenía razón, ya que en todo el valle había muy pocos árboles.

– Pero no parece que pueda haber otra explicación -añadió-. Artgal debe de haberse marchado con las vacas. Voy a ver si encuentro huellas que podamos seguir.

Salió de la cabaña. Fidelma seguía de pie en medio de la única sala, observando cada uno de los detalles, examinando hasta el último rincón. Entonces reparó en dos vasos de cerámica que había sobre la mesa, lo cual indicaba que Artgal podía haber tenido visita hacía poco, lo bastante poco para no haber tenido tiempo de retirar los restos de una bebida compartida y para no haber advertido el delantal tirado en el suelo.

Se inclinó para examinar los vasos y olisqueó los restos del contenido. Aquel olor acre no era nuevo para ella, pero no sabía identificarlo.

– Para ser un guerrero y un herrero, Artgal es bastante ordenado -musitó Fidelma.

Eadulf hizo una mueca.

– ¿Decís con eso que los herreros y los guerreros siempre son desordenados?

– Ya habéis visto el aspecto de Artgal. No esperaba que fuera un hombre tan pulcro. La ropa dice mucho de una persona. En cambio, la cabaña está escrupulosamente limpia.

– Yo sé de personas descuidadas en su apariencia y pulcrísimas en casa, y viceversa -observó Eadulf.

Oyeron entonces un grito de alarma procedente de fuera.

– ¡Hermana! ¡Hermano!

Era la voz de Rudgal, que gritaba, horrorizado.

Eadulf y Fidelma se miraron y salieron a toda prisa. Rudgal estaba en la parte de atrás de la cabaña, de pie, contemplando algo que había en el suelo, algo que sobresalía de un cobertizo. Eadulf lo reconoció por el atuendo.

Era el hermano Dianach.

– Buscaba huellas alrededor de la cabaña, cuando he tropezado con el cuerpo -explicó innecesariamente Rudgal.

Eadulf se arrodilló, y Fidelma apoyó una rodilla junto al cuerpo.

El joven monje yacía sobre un costado, con los pies y la parte inferior del cuerpo dentro del cobertizo, y el torso fuera, boca abajo, con un brazo tendido. En el suelo había sangre fresca. Con cuidado, Fidelma empujó el cuerpo para colocarlo boca arriba. La sangre lo manchaba todo. Era evidente que lo habían degollado: un largo y profundo corte le circundaba el cuello casi hasta la nuca.

Entonces Fidelma se fijó en los labios y encías del religioso muerto. Presentaban un matiz amoratado que no tenía sentido. Era evidente que el corte le había causado la muerte, y la herida aún sangraba. A pesar de resultarle desagradable, extendió la mano para tocar la piel. Todavía estaba caliente. El hermano Dianach había muerto hacía muy poco rato, quizás incluso en el momento en que ellos entraban en la cabaña.

Fidelma se pudo de pie y miró a su alrededor. Escrutó el prado que se extendía ante ellos.

– ¿Habéis visto a alguien por aquí, Rudgal?

El carrero apartó una mirada fascinada del cuerpo para mirar luego a Fidelma con perplejidad.

Fidelma se impacientaba.

– El muchacho acaba de morir, quizá mientras nos hallábamos en la cabaña. Mirad, el cobertizo es pequeño. Es probable que el hermano Dianach quisiera esconderse de nosotros aquí al vernos subir por la colina. El asesino debió de abalanzarse sobre él aquí mismo, y luego le cortó el cuello. Y eso ha ocurrido hace unos instantes.

Rudgal soltó un leve bufido.

– Cuando me he acercado al cobertizo no he visto a nadie; entonces, mientras buscaba las huellas de las vacas, he visto el cuerpo.

Eadulf se había encaramado a un muro de piedra hasta la parte de arriba. Escudriñó a conciencia la campiña que se extendía alrededor.

– ¿Veis algo? -preguntó Fidelma.

Eadulf movió la cabeza con decepción:

– Nada. Hay tantos surcos y muros, que cualquiera que conozca la zona podría esconderse fácilmente.

– ¿Veis algún indicio de ganado?

– Ninguno en absoluto, pero así como un hombre podría esconderse en este paraje, sería muy complicado esconder dos vacas.

Fidelma se dio la vuelta de cara al cadáver con frustración.

– ¿Por qué lo habrán matado? -dijo Rudgal-. Además, ¿qué hacía el muchacho aquí arriba?

– Cuando Artgal dijo que alguien con acento del norte le había propuesto el soborno, Dianach se enfadó mucho -reflexionó Fidelma-. Se apresuró a negar que hubiese sido él.

– Pero Artgal lo confirmó al decir que la voz era más grave, y al oírlo Ibor de Muirthemne desaparecio de la ráth sin intentar siquiera negar la conclusión lógica de que era él quien había sobornado a Artgal -dijo Eadulf desde el muro, sin dejar de otear la campiña-. Y ahora Ibor ha huido del valle.

– Si Ibor de Muirthemne no fue quien intentó sobornar a Artgal, ¿por qué ha desaparecido? -añadió Rudgal.

No había lógica posible.

Eadulf bajó de un salto del muro y se unió a ellos.

– Es más, ¿por qué ha desaparecido Artgal? -preguntó-. No creo que Laisre hubiera sido muy duro con él. Según dicta vuestra ley, Artgal sólo habría tenido que pagar una multa para restablecer su honor, y es mejor eso que llevar una vida errante en el exilio, lejos de su gente, ¿no?