Fidelma se acarició el mentón con actitud reflexiva.
– Eso que decís tiene sentido, Eadulf. Me pregunto si estaremos pasando por alto un aspecto más pertinente. Antes de nada, ¿hay que aclarar si esas vacas han llegado a existir de verdad?
– No entiendo a qué os referís con esa pregunta -masculló Rudgal-. Artgal nunca se habría inventado una historia así.
– Pensadlo bien -invitó Fidelma-. Sabemos que alguien entregó dos vacas a Artgal… ¿sólo sabemos que es un hombre con acento del norte? ¿Y compró ese hombre las vacas a alguien de este valle? El valle es pequeño, y la novedad de una adquisición como ésta debería ir en boca de todos, ya que no hace falta el vuelo de un pájaro para que las noticias vuelen.
– Quizá las comprase fuera del valle -sugirió Eadulf.
– Podría decirse lo mismo. Un hombre con dos vacas en este valle sería localizado e identificado enseguida.
Eadulf se había puesto a examinar el suelo de la parte trasera de la cabaña.
Fidelma miró a Rudgal. El guerrero parecía esperar instrucciones con paciencia.
– Creo que deberíais regresar a la ráth para explicarle a Murgal lo que hemos encontrado.
– ¿No se enfadará Laisre con vos por haber desobedecido su decreto de no seguir indagando este asunto? -preguntó el carrero.
– Yo me encargaré de ese problema -le aseguró Fidelma-. Es más, a mí me corresponde investigar la muerte de este clérigo, que ha tenido lugar fuera de la ráth de Laisre. Id, deprisa.
Rudgal se dirigió colina abajo, hacia la ráth, a un paso tranquilo.
Fidelma se volvió hacia Eadulf, que volvía a estar en el muro de piedra, sentado. Aun así, seguía clavando la mirada en el suelo de la parte trasera de la cabaña, que formaba el corral.
– Parece que algo os ha llamado la atención -se interesó Fidelma.
Eadulf la miró de mala gana y señaló al suelo.
– Lo que habéis dicho me preocupa. Si Artgal no recibió las vacas, ¿para qué iba a inventárselo? Aunque su declaración indica que lo que habéis dicho debería tenerse en cuenta, porque si a Artgal le hubieran dado las vacas, está claro que no las guardó aquí.
– ¿Cómo lo sabéis?
– ¿Habéis visto alguna vez un suelo sobre el que han deambulado vacas?
– No sé adónde queréis llegar.
– Observad este suelo, Fidelma. ¿Dónde están las huellas de las pezuñas? Es más, ¿dónde están los restos de excrementos, algo que siempre es imposible ocultar? No: aunque esta mañana le hubieran dado las vacas a Artgal y las hubiera tenido aquí durante el día, habría señales de su presencia. Si Artgal recibió ese ganado, lo guardó en otra parte.
Capítulo 15
Una mezcla de expresiones contradictorias cambió el semblante de Fidelma al sopesar lo que Eadulf acababa de decir.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Eadulf.
– Acabáis de observar lo evidente, Eadulf. Creo que ya sé dónde podrían estar las vacas.
Eadulf dio un respingo.
– Venid conmigo -dijo Fidelma dando media vuelta para alejarse con decisión de la granja de Artgal.
Perplejo, Eadulf la siguió colina abajo, por el sendero que conducía directamente al grupo de edificios que pertenecían a la granja de Ronan. Caminaron guardando silencio buena parte del trayecto, pues Fidelma parecía estar sumida en sus pensamientos. Eadulf sabía que era preferible no importunarla cuando cavilaba.
Al monje le asombró que, al llegar al pie de la colina, Fidelma se apartara del camino principal para dirigirse a la casita de Nemon, la prostituta. Llamó a la puerta con resolución.
Nemon salió de inmediato y los miró, sorprendida. Luego forzó una media sonrisa poco acogedora.
– ¿Otra vez vosotros dos? Había oído que habíais matado al hombre al que buscabais… ¿cómo se llamaba, Solin?
– Se equivocaban -le aseguró Fidelma con firmeza.
– Pues yo no puedo deciros más de lo que ya os conté de ese Solin -dijo la mujer, inspirando por la nariz, e hizo ademán de cerrar la puerta.
– No he venido a hablaros de Solin. ¿Podemos pasar? -preguntó Fidelma tras darse cuenta de que la esposa de Ronan, Bairsech, había salido de casa para situarse aparentemente en su lugar preferido, de pie y brazos cruzados, observándoles con una curiosidad descarada y hostil.
Nemon se mostró indiferente. Se apartó y dejó pasar a Fidelma y Eadulf, que entró el último.
– El tiempo vale dinero -indicó la rolliza mujer, mirando claramente a Eadulf.
– Como dijisteis la última vez -concedió Fidelma de buena gana-. Pero esta vez ejerzo como una dálaigh que investiga un asesinato. ¿Cuánto pedíais por vuestras tres vacas lecheras?
Eadulf estaba más sorprendido que Nemon, la cual ni siquiera reaccionó.
– Pedí un precio normal, un sed por vaca. Un cumal por las tres. No pienso devolverlo, ni pienso seguir ordeñándolas. Artgal tendría que haber venido a recogerlas; al menos, las dos que había prometido venir a buscar esta mañana. Eso habíamos acordado.
Fidelma miró por la ventana al ganado, que pastaba en el prado de fuera.
– ¿Cómo es que aceptasteis dinero? Creía que el único sistema de cambio en el valle era el trueque.
– No pienso vivir toda la vida aquí. El dinero puede comprar la libertad fuera de Gleann Geis.
– Tenéis más que razón. ¿Qué acordasteis? ¿Que cuidaríais las vacas hasta que Artgal viniera a recogerlas para llevarlas a su granja?
Nemon asintió moviendo la cabeza.
– Tendría que haberlas venido a buscar hoy después de ordeñarlas. Bueno, al menos dos de ellas. Habíamos quedado en que guardaría la tercera una semana más y luego podría llevársela.
– ¿Y os pagaron por adelantado?
– Claro. No soy idiota.
– Nadie ha dicho que lo fuerais, Nemon, ¿Ibor de Muirthemne os dio alguna indicación?
Por primera vez vieron a Nemon desconcertada.
– ¿Ibor de Muirthemne? ¿Qué tiene que ver él con esto?
– ¿No fue él quien te compró las vacas? -preguntó Fidelma, dudando.
– ¿Ése? ¡Ja! Ni siquiera se le ocurrió venir a verme. Se quedó en casa de Ronan y su mujer. Me crucé con él en el sendero, pero no se interesó por mis servicios. Ha sido la primera vez que conozco a un comerciante que, estando lejos de su tierra, no haya solicitado los servicios de una mujer. ¿Para qué querría él comprarme vacas?
Fidelma esperó con paciencia a que terminara de hacer su observación.
– Si Ibor de Muirthemne no os compró las vacas, ¿quién os las compró entonces?
– El muchacho, ¿quién sino?
– ¿El muchacho?
– El muchacho… ¿cómo se llama? Es uno de los vuestros… lleva el pelo afeitado como este extranjero. Lo he visto con Solin.
– ¿El hermano Dianach? -sugirió Eadulf, pronunciando el nombre con cuidado.
– Eso, Dianach. Se llamaba Dianach -confirmó Nemon.
Fidelma miraba a la mujer sin dar crédito a lo que oía.
– ¿Cuándo vino el hermano Dianach a comprar las vacas?
Nemon se detuvo a pensar.
– Fue en plena noche. Bueno, poco después del alba. Yo estaba durmiendo cuando llamó a la puerta. Creía que venía buscando mis servicios, pero dio un salto de aupa cuando se lo insinué. ¿Qué les pasa a los seguidores de vuestro dios? ¿Por qué sois tan remilgados y hacéis tantos ascos? -preguntó, y calló un momento. Esbozando una sonrisa burlona-.
Bueno, el macizo… Solin, no es que fuera remilgado precisamente. En ese aspecto no tengo ninguna queja de él.
– Nos estabais hablando del hermano Dianach -se apresuró a interrumpirla Eadulf.