– ¿Por qué creéis que os ha hecho esas preguntas? ¿Creéis que tenía algún propósito?
Eadulf estaba perplejo.
– Al menos, que yo apreciara… Si fuera mayor…
Fidelma lo miró detenidamente. Aún quedaba picardía en su mirada.
– ¿Si fuera mayor? -lo provocó-. Recuerda que ya está en edad de elegir.
Eadulf, rojo de vergüenza, se quejó:
– Sólo es una niña.
– Para una niña de aquí, los catorce es una edad madura, Eadulf. A esa edad una muchacha puede contraer matrimonio y tomar sus propias decisiones.
– Pero…
– ¿Habéis tenido la impresión de que se mostraba más que simpática con vos?
– Sí. A decir verdad, he notado una actitud libertina para conmigo. Bueno, para ella probablemente no es más que un capricho -dijo con falsa indiferencia.
Fidelma no pudo evitar sonreír al verlo tan turbado.
– Así que no ha aportado nada nuevo al misterio. Muy bien. Pero, ¿qué hacía Rudgal aquí, y qué significa la escena que acaba de producirse?
– Por lo visto ha venido porque había prometido prepararnos algo de comer, ya que Cruinn se ha negado a volver al hostal.
– ¿Y por qué estaba tan molesto con Esnad?
– Quizá porque Esnad nos ha traído la cena antes que él. Ha entrado y, al verla, se ha puesto hecho una furia.
– ¿Y cómo ha reaccionado ella?
– Creo que no se ha alegrado mucho de verle. Ha salido enseguida.
– Y él detrás de ella -dijo Fidelma con aire pensativo-. Interesante.
Eadulf se puso en pie.
– Yo no acabo de entenderlo; sin embargo, creo va siendo hora de asaltar estos manjares. Se está haciendo tarde, y si todavía tenéis intención de ir en busca de Ibor de Muirthemne…
Fidelma confirmó la decisión.
– Entonces, comamos -añadió Eadulf- y vayamos a dormir pronto. Quién sabe qué nos deparará mañana.
Capítulo 16
Todavía era de noche cuando Fidelma despertó a Eadulf y le dijo que se preparara. Ella ya estaba vestida, de modo que, mientras él hacía lo mismo sin perder un momento, bajó a llenar las alforjas con la comida sobrante de la noche anterior. Cuando Eadulf estuvo listo, salieron a hurtadillas del hostal y aprovecharon las sombras, evitando la luz trémula de la antorcha por si los veía algún guardia. Fidelma quería eludir cualquier encuentro; vieron a un centinela en las almenas, pero parecía dormitar.
Ensillaron los caballos con la mayor discreción posible, y los sacaron de las cuadras.
Eadulf gruñó al oír el chacoloteo de los cascos sobre los adoquines: podía despertar a un muerto. Y despertó al centinela dormido que había en las almenas. Bajó las escaleras y obstruyó el paso ante el portón de la entrada. Fidelma se dio cuenta entonces de que iba a ser imposible irse sin que nadie lo supiera. Habría que embaucarlo.
– ¿Quién va? -exigió la voz del guarda, aún ronca por el sueño.
– Soy Fidelma de Cashel -contestó adoptando un tono altivo.
– ¡Ja! Todavía no ha amanecido -dijo a su vez el centinela, afirmando lo evidente-. ¿Por qué salís de la ráth a estas horas?
Su voz sonó insegura y denotaba que, al saber quién era ella, no sabía muy bien si hablar con deferencia u hostilidad.
– El hermano Eadulf y yo vamos a salir un momento de la ráth.
– ¿Laisre está al corriente, señora? -preguntó el guerrero en un tono que seguía siendo inseguro.
– ¿Acaso Laisre no es el jefe de Gleann Geis y, por tanto, está al corriente de cuanto acontece en su propia ráth? -replicó Fidelma, haciendo un esfuerzo por ser prudente, no mentir y decir algo que convenciera al centinela.
– No me culpéis por mi ignorancia, señora. Pero nadie me había informado de que ibais a salir -dijo el centinela, ofendido.
– Yo os informo ahora -dijo Fidelma, tratando de sonar molesta-. Haceros a un lado y dejadnos pasar. Si alguien preguntara por nosotros, decid que no tardaremos en regresar.
El centinela se hizo a un lado sin tenerlas todas consigo, y Fidelma y Eadulf cruzaron la entrada al trote, adentrándose en la oscuridad.
Hasta que no se hubieron alejado lo bastante de la ráth, cuando ya avanzaban a todo galope por el camino del valle que llevaba al desfiladero a través del cual se salía de Gleann Geis, Eadulf no se permitió exhalar un suspiro.
– ¿Creéis que ha sido prudente, Fidelma? Al dar a entender que teníamos permiso de Laisre, sólo conseguiremos avivar la furia del jefe a nuestro regreso.
– La prudencia surge entre las ruinas de la locura -dijo Fidelma con una sonrisa en la oscuridad-. No le he dicho nada que no sea cierto al centinela. Y regresaremos a Gleann Geis lo antes posible.
Unas vetas grises cruzaban el cielo cuando llegaron a la sombría estatua de granito gris que representaba al dios Lugh, el de la Mano Larga, que señalaba la entrada al valle. Se alzaba como una figura extraña y temible bajo aquella tenue luz del amanecer. Eadulf se santiguó con inquietud al pasar junto a la elevada imagen, pero Fidelma se rió con ganas.
– ¿No os había dicho que los antiguos veían a Lugh como un dios de la luz, una deidad solar? No debéis temerle, pues era un dios bueno.
– ¿Cómo podéis estar tan tranquila ante una aparición temible como ésta? -protestó Eadulf-. ¡Dioses con cornamentas en la cabeza y serpientes en las manos! -exclamó con un violento escalofrío.
– ¿Acaso vuestro pueblo no adoraba a este tipo de dioses antes de convertirse al cristianismo? -preguntó Fidelma.
– Sí, pero no con cuernos en la cabeza -aseguró Eadulf.
Llegaron a la entrada del desfiladero y se adentraron a través del angosto camino rocoso.
– ¿Quién va? -exclamó una voz desde arriba.
Fidelma se lamentó para sí. Había olvidado a los centinelas apostados en el cañón. Sin embargo, lo que había funcionado una vez, podía funcionar otra.
– Fidelma de Cashel -gritó en respuesta-. ¿Estabais de guardia ayer por la tarde? -se le ocurrió preguntar al instante.
Sobre ellos se movió una sombra, que apareció vagamente a la luz del amanecer.
– Yo en concreto, no. ¿Por qué lo preguntáis?
– Porque quisiera saber si habéis visto pasar por aquí al tratante de caballos, Ibor de Muirthemne, o a Artgal.
– Tenemos constancia de todos aquellos que han pasado por este desfiladero, y el tratante de caballos pasó por aquí ayer por la mañana, pues mi hermano estaba de guardia. Pero Artgal… no; nos lo habrían comunicado. Se habla mucho de la pérdida de honor de Artgal.
Fidelma aceptó la información con resignación. Lo cierto era que no esperaba oír nada nuevo.
– Muy bien. ¿Podemos seguir adelante?
– Id en paz -los invitó el centinela.
Cuando hubieron cruzado el desfiladero, el alba ya despuntaba entre las montañas con vetas anaranjadas, amarillas y doradas, y la campiña empezaba a despertar con coros de aves a su alrededor. Fidelma se encaminó directamente al lugar donde habían hallado los cuerpos de los jóvenes asesinados. Cuando llegaron allí, ya era pleno día. El sol lo iluminaba todo. A su pesar, en dos días los cuervos habían cumplido con creces su función. Los blancos huesos de los esqueletos yacían con pocos restos de carne. Eadulf se estremeció al mirar aquel blanco sepulcro de huesos, que resplandecían bajo los rayos del sol.
Fidelma ni siquiera miró lo que quedaba de los cuerpos, sino que se dirigió hacia donde recordaba haber visto las huellas. Pero no encontró rastro de ellas. Eadulf trató de buscar una explicación.
– Ayer no llovió en Gleann Geis, pero al otro lado de las montañas puede que sí, y es posible que el agua haya borrado las huellas.
Fidelma se adelantó para inspeccionar mejor el suelo.
– Pero no del todo -gritó en un tono triunfal-. Todavía se aprecian vagamente las marcas de los surcos.