– Proseguid -lo invitó-. Contadnos la historia.
– El hermano Solin era secretario de Ultan de Armagh.
– Lo sé -dijo Fidelma con cierta impaciencia.
– Ultan juró en secreto apoyar las reivindicaciones de los Uí Néill del norte, los reyes que ocupan el trono de Ailech.
Fidelma nunca había tratado con el reino del norte de los Uí Néill. Sólo sabía que Ailech era una ciudad fortificada, situada en el extremo noroeste del país, y cuyo rey era Mael Dúin, que también decía ser descendiente del gran rey supremo Niall de los Nueve Rehenes.
– Vuestro hombre ha dicho que la torques estaba hecha en Ailech -observó con calma.
Ibor asintió.
– Entre las dos dinastías de los Uí Néill, la del norte y la del sur, no hay mucho afecto -explicó-. Mael Dúin no es el primer rey de la línea de descendencia de los Uí Néill del norte, de modo que no puede pretender que los miembros de su dinastía sean los auténticos herederos de la corona del norte; y no sólo reivindica la corona de Ulaidh, sino también el derecho a ser el rey supremo de Tara. Además, defiende que el cargo de rey supremo no debería ser un cargo honorífico entre los reyes provinciales, sino una realidad, es decir, que el rey supremo debería tener poder real sobre los cinco reinos de Eireann.
Fidelma le preguntó con suspicacia:
– ¿Y qué opinión le merece esto a Sechnassuch?
– Vos conocéis a Sechnassuch -respondió Ibor-. Su principio es la ley. Es el rey de los Uí Néill del sur, de Tara, y acepta la cortesía acordada en las leyes de Míadslechta de ser rey supremo. Pero, como dicen las Míadslechta, ¿por qué los reyes provinciales tienen más poder que el rey supremo?
– Porque son ellos quienes designan y ordenan al rey supremo -interrumpió Fidelma, citando el texto-, mientras que el rey supremo no ordena a los reyes provinciales.
Ibor asintió reconociendo el dominio de las costumbres de Fidelma.
– Habéis dicho bien, dálaigh de Cashel. Sechnassuch estaría comprometiendo el precio de todo su honor, de catorce curtíais, en prenda si quebrantara esta ley.
– ¿Existe alguna posibilidad de que lo hiciera?
– No mientras esté vivo. Pero no podemos decir lo mismo de los Uí Néill del norte; ni de Mael Dúin de Ailech. Es ambicioso. Ysu ambición creció cuando peregrinó a Roma antes de recibir la corona de Ailech.
– ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver un peregrinaje a Roma con la cuestión?
– Vio la grandeza de Roma y quedó prendado del camino de Roma hacia la Fe. Acudió a un sacerdote y confesor formado allí, que le habló de los grandes imperios temporales y de los pueblos que caían bajo el protectorado de Roma.
– De los cinco reinos, varios han jurado lealtad a Roma -observó Fidelma-. Pero considero que la lealtad a Roma es una cuestión de conciencia individual. Mi compañero, Eadulf, rinde lealtad a la corriente de Roma, mientras que yo me debo a la Iglesia de Comcille. No discrepamos, sino que debatimos en provechosa concordia.
– Me parece bien, Fidelma de Cashel. Y cada uno sigue su propio camino. Pero cuando se obliga a alguien a seguir un camino que no desea seguir, se siembra la disensión.
– ¿Os referís con ello a que Mael Dúin impone sus creencias?
– Eso mismo. Y lo hace de dos maneras. Primero con su religión y, después, empecinándose en crear en esta isla un imperio feudal como el que ha visto en Roma, con un reino central gobernado por un solo emperador.
Fidelma soltó un suspiro.
– Empiezo a ver adónde queréis llegar. Mael Dúin de Ailech desea, primero, subsumir al Uí Néill del norte en su reino de Ailech. Y luego pretende reclamar el cargo de rey supremo, que ahora es un cargo honorífico que se alterna entre los reyes de cada provincia, para que resida en una sola dinastía, que detente la autoridad suprema sobre los cinco reinos a la manera de los emperadores romanos. ¿No es así?
– Eso exactamente es lo que se propone -confirmó Ibor.
– En tal caso, habrá que advertir a los reyes de las provincias de lo que pretende Mael Dúin. Jamás aceptaría semejante arrogación jurídica y moral.
– Pero hay algo más.
– ¿Qué más puede haber? -preguntó Fidelma con una expresión furiosa.
– Como os he dicho, Mael Dúin cuenta con el apoyo de Ultan de Armagh.
– Me consta que hace tiempo que Ultan es partidario de las reglas de Roma en nuestra Iglesia, y que prefiere emplear el título de archiepiskopos en vez del de comarb. De hecho, por cortesía, muchos se dirigen a él de este modo, como yo misma. Sé que le gustaría reorganizar nuestra Iglesia a partir del modelo de Roma, pero ni siquiera Ultan puede creer que es posible cambiar las leyes que rigen nuestra monarquía.
– ¿Por qué no? Si Mael Dúin de Ailech cree que puede, Ultan puede creerlo también. Si Mael Dúin puede crear una poderosa Soberanía Suprema en Tara que favorezca el rito y la organización de Roma, Armagh también prosperará al estar incluido en el puruchia del rey supremo. Ultan planea convertirse en la máxima autoridad de la Fe en Irlanda, del mismo modo que Mael Duín planea proclamarse rey supremo para reunir un poder central.
Fidelma se mostró turbada al concebir la magnitud de la revelación que acaba de hacerle Ibor.
– Esto explica de sobra de qué se jactaba el hermano Solin. ¿Así que Ultan usará el poder de la autoridad centralizada de Mael Dúin para ejercer la autoridad de Armagh sobre todas las iglesias de los cinco reinos?
– Exactamente.
Eadulf intervino por primera vez.
– Olvidáis algo -dijo con sosiego-. Aunque ese tal rey de Ailech se impusiera sobre los Uí Néill del sur, no podría ejercer su poder en Tara por mucho tiempo. Cashel, con el apoyo de Imleach, sería de los primeros en desafiar esas ridiculas reivindicaciones.
Ibor lo miró casi con tristeza.
– Entonces es imprescindible debilitar a Imleach y a Cashel como sea -señaló.
Fidelma alzó la barbilla de una sacudida y, con los ojos encendidos, buscó los de Ibor.
– ¿Tenéis noticias de tal conspiración?
– La conspiración ya ha empezado aquí, en Gleann Geis -respondió-. Mael Dúin y Ultan están detrás de ella. Si los Uí Néill del norte avanzan en masa, los Uí Néill del sur no los retrasarán por mucho tiempo. Existen demasiados vínculos de parentesco y sangre para que se produzca un enfrentamiento entre Mael Dúin y Sechnassuch. Y en cuanto suceda… -Ibor calló, abriendo los brazos en señal de resignación.
– Pero Cashel no lo permitiría -aseguró Fidelma-. Que quieran debilitar de Cashel no significa que puedan a hacerlo.
– Cierto. Pero tienen que hacerlo, pues Cashel representa el mayor obstáculo para la ambición de hacerse con el poder de la Soberanía Suprema. Hace tiempo que Mael Dúin está tanteando los puntos débiles de Cashel. ¿Y cuál es la mayor debilidad de Cashel?
Fidelma reflexionó un momento y luego dijo, pensativamente:
– Bueno, sin duda está entre los Uí Fidgente, del noroeste de Muman. Y entre los clanes al oeste de Shannon. Siempre han sido los clanes más agitados de Muman. Los Uí Fidgente han intentado derrocar muchas veces a los reyes de Cashel para dividir el reino.
– Ahí reside, pues, la debilidad de Cashel… en los Uí Fidgente -declaró Ibor como un profesor que resume una lección.
– Entonces, ¿enviaron al hermano Solin para crear nuevas discrepancias entre los Uí Fidgente y el Eóghanacht de Cashel? ¿Eso estáis diciendo? -preguntó Eadulf.