– Lo enviaron como agente de Ultan y, a través de Ultan, como emisario de Mael Dúin.
– ¿Y con qué propósito os enviaron a vos? ¿Para detener como fuera al hermano Solin?
– No. Ya os he dicho que no tuve nada que ver con esa muerte. Yo no lo maté. Se me envió para desenmascarar los detalles de la conspiración que urde Mael Dúin.
A Fidelma le estaba costando asimilar el alcance de lo que el señor de Muirthemne le estaba revelando. Miró a Ibor a los ojos y le preguntó:
– ¿Y qué sabéis de la matanza de los jóvenes? ¿Del asesinato ritual?
– Se os conoce por resolver rompecabezas como ése. Llegasteis aquí como emisaria de Cashel e Imleach, y os encontrasteis con una matanza ritual, o eso os pareció. ¿A quién le interesaría que reaccionarais como se esperaba que reaccionaríais?
Fidelma lo miró un momento sin entenderle.
– ¿Cómo se esperaba que reaccionara? -preguntó con incertidumbre.
– Los responsables de la matanza, sencillamente, sabían que una religiosa iba de camino a Gleann Geis. La matanza se perpetró a sabiendas de que una religiosa reconocería el simbolismo pagano que encerraba el acto, y nada más. Sin duda ignoraban que sois una experta dálaigh.
Fidelma empezó a entenderlo.
– Creían que una religiosa se amedrentaría y regresaría a Cashel sin dilación para pedir que se declarara una guerra religiosa que exterminara a los bárbaros de Gleann Geis por cometer semejante crimen.
– Exacto -confirmó Ibor-. Cashel arremetería con todo su poder y su furia contra Gleann Geis como represalia. Gleann Geis declararía su inocencia y, sin duda, se pondrían pruebas en manos de partidarios de Gleann Geis que evidenciaran la propia intervención de Cashel en las muertes. Se convencería a los clanes vecinos de que Cashel era el hacedor del mal, porque se había servido de las muertes para justificar la eliminación de Gleann Geis. La indignación que esto habría despertado los haría alzarse para apoyar a Gleann Geis. Convencerían a los Uí Fidgente de un nuevo levantamiento contra Cashel, lo cual no sería difícil. Y así se extendería una guerra civil en todo el territorio irlandés.
– Pero la mayor parte de clanes en este reino apoyarían a Cashel -objetó Eadulf.
– Seguramente, pero los Uí Néill del norte, consternados por semejantes actos de crueldad -prosiguió Ibor-, alentarían y ayudarían a sus aliados a invadir Cashel. Y una vez derrotado a Cashel, Mael Dúin iniciaría el proceso de hacerse con la Soberanía Suprema y ejercer su voluntad sobre todos los reinos. Tras acabar con los Eóghanacht de Cashel, no quedaría nadie que desafiara a los Uí Néill.
Fidelma no daba crédito a lo que oía, pero al final comprendió la nefasta lógica de las palabras de Ibor.
– Y todo esto podría haber pasado… -murmuró.
No le hizo falta mirar a Eadulf para hacerle sentir incómodo. El sajón agachó la cabeza al recordar su propia sugerencia después de haber encontrado los cuerpos y descubrir qué simbolizaban. Lo invadió una sensación de horror al atar cabos.
– ¿Os he entendido bien? -preguntó a Ibor-. ¿La matanza de esos treinta y tres jóvenes se perpetró para que nosotros los encontráramos? ¿Fue una farsa grotesca para que regresáramos atemorizados a Cashel y declaráramos una guerra santa contra los paganos de Gleann Geis?
Ibor miraba al sajón con una fascinación solemne.
– Eso es exactamente lo que os acabo de explicar.
– ¿Y esos hijos de Satán nos han estado observando desde el principio? -musitó Eadulf con preocupación-. ¿Os acordáis? -preguntó a Fidelma-. Vimos un destello de luz al adentrarnos al valle. Nos estaban vigilando. Debieron de estar atentos a nuestra llegada y, al saber qué sendero íbamos a tomar al entrar en Gleann Geis, prepararon el terrible espectáculo en la trayectoria que seguíamos, asegurándose así de que veríamos los cuerpos.
Ibor de Muirthemne miró con seriedad a Fidelma.
– Si hubierais reaccionado como esperaban, se habría desencadenado la guerra que habían planeado. Sin embargo, gracias a Dios no fue así. Tuvisteis sangre fría y seguisteis adelante para descubrir la verdad en Gleann Geis.
Guardaron silencio al pensar en el golpe de suerte que había evitado que aquella conspiración, cuidadosamente urdida, se hubiera frustrado.
– Una vez Sechnassuch me dijo que erais una persona individualista, Fidelma -prosiguió Ibor con respeto-. Sechnassuch dijo que sois una rebelde, contraria a la forma tradicional de hacer las cosas.
– Fue una conspiración bien pensada -reconoció-, pero, Ibor, aún no nos habéis dicho quién es el responsable de la matanza.
Ibor contestó sin vacilar:
– Guerreros del propio Ailech. Hombres elegidos de entre la escolta personal de Mael Dúin, que no han jurado lealtad a nadie más que a él.
– ¿Presenciasteis vos esta matanza? -preguntó Eadulf.
– No, no la presenciamos, ya que de lo contrario habríamos hecho lo posible para evitarla -respondió Ibor con calma.
– Entonces, ¿cómo sabéis que fue obra de los hombres de Ailech? -insistió Eadulf.
– Muy fácilmente. Nuestro grupo, formado por veinte guerreros encabezados por mí, seguía al hermano Solin y al hermano Dianach. Sabíamos que nos conducirían hasta la esencia de la conspiración de Mael Dúin. Los seguimos desde Armagh en su viaje hacia el sur durante muchos días. Durante el viaje, el hermano Solin se encontró con una extraña comitiva. Se trataba de una banda de guerreros de Ailech. Escoltaban a una columna de prisioneros. Todos iban…
– ¿Encadenados con grilletes? -lo interrumpió Fidelma.
– ¿Cómo lo sabéis? -preguntó Ibor-. Yo mismo vi los cuerpos después de la matanza, y los hombres de Ailech habían retirado cualquier signo de identificación, como los grilletes o la ropa, cualquier signo que pudiera identificar a los perpetradores del acto.
– Vi las rozaduras y las heridas del hierro en los tobillos. También me fijé en las plantas de los pies: estaban cubiertas de ampollas y rasguños, lo cual indicaba que les habían obligado a caminar una larga distancia.
Al señor de Muirthemne no pareció impresionarle su deducción.
– De hecho, así es: les hicieron marchar a pie desde Ailech. Maldigo ese lugar. Debieron de ser reos seleccionados cuidadosamente que el tirano, Mael Dúin, reuniría para marchar hacia el sur con el propósito concreto de este espantoso crimen. Con los guerreros iban otros hombres a pie, que llevaban grandes perros atados para disuadir a los prisioneros, supongo, de que no intentaran escapar. Algo que me llamó la atención entonces fue que, al final de esta extraña comitiva, iban dos carros vacíos, grandes carros de granja, de los que usan para cargar paja.
– Ah, sí -asintió Fidelma-. Los carros. Suponía que los había. ¿Qué pasó exactamente en este encuentro que presenciasteis entre Solin y los hombres de Mael Dúin?
– El hermano Solin y el que estaba al mando de los guerreros de Ailech se saludaron de un modo amistoso, y acamparon juntos durante un día antes de que el hermano Solin reanudara su viaje con el hermano Dianach.
– ¿Identificasteis al comandante de estos guerreros? -interrumpió Eadulf.
– No lo identifiqué por su nombre, pero no me cabe la menor duda de que está bajo la protección de Mael Duín. En cambio, de quien sí que puedo hablaros es de una persona que había entre estos guerreros… -guardó silencio para causar un mayor efecto, pero al ver la expresión irritada de Fidelma, prosiguió enseguida-. Una mujer llegó a caballo al campamento. Era evidente que la esperaban, y la recibieron con muestras de cortesía. He visto a esa misma mujer en Gleann Geis. Una mujer esbelta, de presencia autoritaria.
Fidelma levantó la cabeza con una sonrisa de satisfacción:
– ¿Era Orla, la hermana de Laisre?
– No se me ocurre otra mujer de Gleann Geis que tenga tanto parecido con la persona que acudió al encuentro de los hombres de Ailech y el hermano Solin -contestó Ibor con seriedad.