Выбрать главу

– ¿Entonces, no matasteis al hermano Solin?

– Eso es más que evidente.

Fidelma frunció el ceño al sopesar los detalles de la narración que acababa de contarle Ibor.

– Hay muchas cuestiones sin resolver, demasiados cabos sueltos -anunció.

– ¿Como, por ejemplo, de qué manera Mael Dúin, desde el reino del norte en Ailech, sabía que Laisre iba a pedir a Cashel que enviara a un religioso para tratar sobre los asuntos de la Fe? ¿O cómo averiguó que su enviado, una religiosa, iba a llegar un día determinado, para que sus hombres supieran cuándo y dónde colocar los cuerpos? -intervino Eadulf.

– Mael Dúin estaba bien informado sobre lo que estaba ocurriendo -asintió Ibor-. Orla mostró a sus hombres el lugar donde vos hallasteis los cuerpos. ¿Acaso actuaba por sí sola? Parece poco probable. Pero, ¿quién está implicado en la conspiración con ella?

Fidelma asintió.

– Es evidente que participa de esta conspiración, pero… y esta es la pregunta que debemos formularnos…, si Orla era una aliada del hermano Solin, ¿por qué lo mató?

Ibor se sobresaltó, sorprendido.

– Eso no se me había ocurrido. ¿Estáis segura de que visteis a Orla en la cuadra? Porque si se trataba de ella, de algún modo también estaría implicado Colla.

Fidelma calló un momento.

– Sí. Pero aún hay otro misterio sin resolver: si este asunto tiene su origen en una conspiración tan horrible como desatar una guerra civil en el lugar, ¿por qué un aliado ataca a otro? ¿Para qué matar al hermano Solin, y luego al hermano Dianach? No tiene ningún sentido.

Ibor abrió los brazos en muestra de resignación.

– Esperaba que vos pudierais desentrañar esta maraña.

– Ni siquiera yo puedo obrar milagros, Ibor -le respondió Fidelma a su pesar-. Jamás me había encontrado ante circunstancias como éstas, en que ninguna pista conduce a nada; en que sobran las sospechas, pero falta una serie tangible de hechos. Mucho me temo que las respuestas residen en la ráth de Gleann Geis.

Eadulf tuvo un leve estremecimiento.

– Creo que lo mejor es regresar a Cashel e informar de cuanto sabemos ahora a vuestro hermano -sugirió el sajón.

Ibor le dio la razón, pero Fidelma movió la cabeza en firme señal de negación.

– Supongo que ahora somos libres de ir a donde queramos, ¿no? -preguntó a Ibor con un deje de ironía.

El señor de Muirthemne se mostró contrito.

– Por supuesto. Mis hombres sólo os detuvieron porque les ordené que detuvieran a todos aquellos que parecieran sospechosos y procedieran de Gleann Geis. Mi intención era ponerme en contacto con vos para proponeros trabajar juntos en esto.

– En tal caso, el hermano Eadulf permanecerá con vos, pero yo debo regresar a la ráth de Laisre -anunció Fidelma-. Sólo allí podremos atar los cabos sueltos de este misterio. Sin embargo, os agradecería que enviarais a uno de vuestros hombres de confianza a Cashel. Debemos informar a mi hermano de las intenciones de Mael Dúin de Ailech y de la implicación de Ultan.

– Vuestro hermano sospechará de un guerrero de Ulaidh que acude a él con una historia descabellada -protestó Ibor.

– No temáis. ¿Puede alguno de vuestros hombres cortarme unas varas de avellano?

Ibor la miró, maravillado, pero dio la orden a uno de sus guerreros. El hombre se apresuró a cumplirla.

– ¿Qué queréis hacer? -preguntó a Fidelma-. Ahora podríais correr peligro en Gleann Geis. Si Orla y Colla sospechan que sabéis algo de su conspiración, algo de lo que están tramando, no dudarán en mataros. Una persona que está dispuesta a aceptar que maten a treinta y tres rehenes jóvenes con la mera intención de causar desavenencias y desatar conflictos, no se lo pensará dos veces si ha de eliminar a alguien más a fin de ocultar sus actos criminales.

– Lo sé -reconoció Fidelma-. ¿Cuántos hombres habéis dicho que os acompañan?

– Veinte guerreros de la Craobh Rígh, la rama real de Ulaidh -respondió Ibor con orgullo, pues la Craobh Rígh era la escolta escogida para proteger a los reyes de Ulaidh-. ¿Por qué me lo preguntáis?

– Creo que empiezo a vislumbrar una pauta en este embrollo -musitó-. Permitidme reflexionar un momento.

Pasado un rato, el guerrero volvió con un fajo de media docena de varillas flexibles de avellano. Fidelma las tomó y pidió a Ibor un cuchillo afilado. Todos la miraron extrañados al ver que empezaba a tallar una serie de muescas sobre las varas. Luego las ató en un haz con una correa que extrajo del marsupium, y se las entregó a Ibor.

– Vuestro hombre sólo tiene que entregar esto a mi hermano al llegar a Cashel. Sólo a él, y a nadie más. ¿Ha quedado claro?

Ibor se dirigió al guerrero que les había llevado las varillas.

– ¿Habéis entendido lo que debéis hacer, Mer?

El guerrero asintió y tomó el fajo de varas.

– Se hará como decís, hermana -dijo el hombre.

Fidelma alzó la vista para explicarle:

– He grabado un mensaje a mi hermano en ogham, la antigua escritura de nuestra lengua. Él lo entenderá.

– Es esencial que este mensaje llegue a Cashel -añadió Ibor con serenidad-. La seguridad de los cinco reinos está enjuego.

El guerrero llamado Mer alzó una mano como saludo formal y se marchó a todo correr.

– Pasarán varios días antes de que mi hermano reciba el mensaje -reflexionó Fidelma.

– ¿Le habéis pedido que invada el lugar con un ejército? -preguntó Eadulf con entusiasmo.

– ¿Y que haga exactamente lo que Mael Dúin y sus aliados querrían que hiciera? -se burló Fidelma-. No. Me he limitado a informarle de la situación y le he dicho que se guarde de Ailech y de Ultan de Armagh.

– Entonces, ¿qué proponéis que hagamos? -preguntó Eadulf, perplejo.

– Como ya he dicho, regresaré a Gleann Geis para reanudar la investigación, aunque seguramente poco podré indagar. Ibor tiene razón. No obstante, en Gleann Geis hallaremos amigos que se horroricen tanto como nosotros al conocer la conspiración para destruir Muman. En cuanto esté segura de quién es el responsable, podré detallarles los hechos y pedirles ayuda.

– Pero, ¿creéis que es prudente volver allí? -preguntó Ibor-. Estaréis en constante peligro.

Fidelma le dirigió una breve sonrisa y añadió:

– La prudencia consiste en ser prudente cuando se requiere ser prudente. Necesito obtener respuestas. Creo que sólo necesitaré un día más para resolver este misterio.

Eadulf la miraba sin salir de su asombro, pero Fidelma hablaba con sosiego y resolución.

– Regresaré a Gleann Geis por la tarde, de manera que mañana por la mañana podré empezar a investigar. Mañana al alba, Ibor, quiero que toméis el control con vuestros hombres de la fortaleza de Laisre. Tened controlados todos los lugares estratégicos al amanecer.

Ibor estaba tan asombrado por aquella petición, que era incapaz de pronunciar palabra. Sin embargo, enseguida borró de su rostro la expresión de perplejidad que impregnaba el de Eadulf.

– No supondrá ninguna dificultad -le aseguró Fidelma con franqueza-. Nunca he visto a más de media docena de guerreros apostados a la vez, y el portón permanece abierto toda la noche.

Ibor todavía parecía dudar.

– No es tan fácil. Aun de noche sería difícil llegar a la ráth de Laisre sin que nadie nos viera. Nunca cierran el portón porque sólo hay un acceso al valle y es a través de ese angosto barranco en el que únicamente caben dos personas juntas; por eso no necesitan cerrar el portón de la fortaleza. En cuanto vieran entrar por el barranco a extraños armados, darían la voz de alarma.

Eadulf estaba plenamente de acuerdo.

– Incluso al salir a caballo de madrugada nos han dado el alto, Fidelma -le recordó-. Ibor tiene toda la razón. No existe manera posible de que sus hombres puedan entrar al valle.