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Por un momento, Orla parecía estar confusa.

– ¿De modo que seguisteis las huellas? -preguntó a Fidelma con curiosidad, acaso con miedo en la mirada-. ¿Descubristeis algo que pasara por alto Colla?

Fidelma creyó que era el momento oportuno para desviar la conversación.

– Es tal como había dicho Colla -respondió Fidelma con indiferencia-. Las huellas se desvanecían y no hemos encontrado nada más.

Orla le dirigió una mirada escrutadora; luego suspiró y recuperó su expresión de desdén.

– ¿Así que ha sido una pérdida de tiempo?

– Una pérdida de tiempo -repitió Fidelma, dándole la razón.

– En tal caso no os importará que mis guerreros y yo os escoltemos hasta la ráth de Gleann Geis.

– Fidelma se encogió de hombros.

– Tanto da si nos escoltáis o no, ya que hacia allí nos dirigíamos.

Orla hizo una señal a los guerreros, que envainaron las espadas y apartaron los caballos para que Fidelma y Eadulf pudieran pasar el desfiladero. Orla acercó su caballo al de Fidelma y avanzaron con Eadulf detrás de ellas y la columna de guerreros montados a la zaga.

– Os hemos contado el resultado de nuestras investigaciones -observó Fidelma-. A cambio, vos podríais informarnos de las indagaciones de Murgal sobre la muerte del hermano Dianach. ¿Han encontrado ya a Artgal?

Orla le lanzó una mirada de irritación. Por un instante parecía que fuera a negarle una respuesta, pero se encogió de hombros para contestarle con despreocupación:

– Murgal ya ha resuelto el misterio. Al menos no podéis afirmar haberme visto huir tras esa muerte.

Fidelma decidió obviar el ataque. No obstante, le interesó oír que Murgal había resuelto el misterio.

– ¿Quién es el culpable? -insistió.

– Artgal, claro está.

– ¿Así que han descubierto a Artgal y ha confesado?

– No -respondió Orla-. Pero al desaparecer reconoce su culpa.

Fidelma agachó la cabeza con aire pensativo. Guardó silencio unos instantes antes de hablar.

– Es cierto que la desaparición de Artgal da mala espina. Sin embargo, sólo puede servir para decir que no le convenía nada huir. Y decir que al hacerlo le señala como culpable lo demuestra.

– A mí me parece lógico -saltó Orla-. Ese monje cristiano sobornó a Artgal. Cuando se supo, Artgal lo mató para que no contara lo que sabía.

– Algo falla en ese argumento, Artgal había sido ya desenmascarado -observó Fidelma.

– Además -añadió Eadulf con confianza-, Nemon podría dar fe de que el hermano Dianach le había comprado las vacas para dárselas a Artgal. Y Artgal ya había confesado que las había recibido.

Orla casi habló con desprecio.

– Deberíais instruir mejor a vuestro ayudante sobre las leyes de los brehon.

Eadulf miró inquisitivamente a Fidelma.

– Una prostituta no puede testificar -explicó Fidelma con serenidad-. Según dicta el Berrad Airechta, una prostituta no puede prestar declaración en contra de nadie. De manera que cualquier declaración que Nemon hiciera es inaceptable ante la ley.

– Pero Murgal es su padrastro y él es brehon. Es ridículo. Con un padre que posee tanto poder, Nemon ha de tener por fuerza algún derecho en este asunto, ¿no?

– Es nuestra ley, sajón -le espetó Orla.

– Aunque la ley así lo disponga, la verdad sigue siendo la verdad -replicó Eadulf categóricamente.

– Dura lex sed lex -suspiró Fidelma, repitiendo en latín una frase parecida a la que Murgal había empleado con él-. La ley es dura, pero es la ley… por el momento. He sabido que el abad Laisran de Durrow propondrá una enmienda de esa ley en el próximo Gran Consejo…

– No tienen ninguna posibilidad de sacar adelante una enmienda que conceda a las prostitutas el derecho a declarar -dijo Orla con un resoplido para expresar su desaprobación.

– Eso lo decidirá el Gran Consejo, con sede en Uisneach el año que viene.

Orla calló unos momentos para sopesar la cuestión.

– Bueno -dijo al fin-, comoquiera que sea el futuro, el brehon Murgal está satisfecho con que, desde la desaparición de Artgal, se haya puesto fin al misterio. Podemos aceptar que Artgal mató a Dianach y huyó del valle.

– Es bastante conveniente -murmuró Fidelma.

– No hay nada más que decir al respecto.

– Puede que sí. Puede que no.

Orla miró con rabia a la monja unos momentos e hizo ademán de hablar, pero cambió de opinión y se encogió de hombros para expresar su indiferencia. De este modo, en silencio, llegaron a la ráth de Laisre.

Capítulo 18

Entraron a caballo en la fortaleza de Laisre. Los mismos dos muchachos que los recibieron el día que llegaron estaban esperándolos para desensillar las monturas. Cuando descabalgaron, Orla se dirigió a Eadulf y a Fidelma con sequedad.

– Laisre y Murgal querrán hablar con vosotros de inmediato. Estarán en la sala consistorial.

Ni Fidelma ni Eadulf dijeron nada mientras la seguían al edificio principal de la ráth.

Laisre estaba sentado en la silla oficial, dirigiéndose con gesto grave a Murgal y Colla. Interrumpieron la conversación para mirarles con sorpresa cuando Orla hizo pasar a Eadulf y Fidelma. Laisre no disimuló su disgusto y clavó la mirada en Fidelma. Colla parecía algo aturdido ante la presencia de la joven dalaigh, y Murgal la miraba con una sonrisa torcida.

– Vaya -dijo Laisre con sobria satisfacción-, veo que habéis atrapado a los fugitivos, Orla.

Fidelma levantó una ceja en un gesto de desdén.

– ¿Atrapado? ¿Habéis dado orden de capturarme, Laisre? Si es así, ¿por qué motivo? ¿Y qué significa eso de «fugitivos»?

– Los he encontrado, a ella y al extranjero, cuando volvían al valle -se apresuró a intervenir Orla-. Ha dicho que Murgal tendría que haber supuesto por qué y para qué abandonaron la ráth.

Laisre miró al druida.

– ¿Sabíais vos que Fidelma se había marchado?

Murga lo negó con un gesto de indignación.

– Yo no -protestó, y la miró con recelo-. Aunque sí puedo imaginar adónde han ido. ¿Fuisteis a investigar el asesinato ritual porque no os fiabais de la información de Colla?

– ¿No os fiabais de mí? ¿Por qué?

– Porque es dálaigh.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Porque es el deber de un dálaigh juzgar las pruebas de primera mano; según la tríada, éstos son los tres deberes de un buen abogado: informarse de las pruebas sin confiar en la opinión ajena si es posible crear una opinión propia; un juicio de valor justo; y una defensa firme. Un buen dálaigh nunca confiaría en el juicio de otra persona si puede obtener un juicio propio. Cierto, Laisre, debería haber sabido que Fidelma haría caso omiso de vuestra negación a permitirle investigar.

Ni Colla ni Laisre parecían contentos con la explicación.

– Ya os dije que no quería que os inmiscuyerais en los asuntos de Gleann Geis más de lo necesario -la reprendió Laisre con enfado-. Esta mañana podríamos haber reanudado la negociación y a estas alturas ya podríais estar de regreso a Cashel.

– Reanudaremos las negociaciones cuando se haya resuelto el misterio de los asesinatos -decidió Fidelma con firmeza.

Laisre parecía escandalizado por la contradicción de sus deseos. Se disponía a hablar, cuando Murgal lo interrumpió.

– ¿Estáis diciendo que podéis resolver el misterio?

El druida, entusiasmado, miró a Fidelma con una expresión inescrutable, pero ella se mantuvo firme.

– Mañana por la mañana sabré si puedo responderos a esa pregunta. Os daré el nombre del asesino de Solin y la causa de las demás muertes que han tenido lugar en Gleann Geis. Hoy ha sido un día largo, hemos cabalgado mucho, necesitamos regresar a la casa de huéspedes. ¿Se resiste Cruinn a servirnos todavía? Porque si es así, quizás os gustaría aseguraros de que alguien se haga cargo de nuestras necesidades. La ley dicta que un hostal debe disponer de baños y alimentos.