Lanzó una mirada intensa sobre todos los atónitos presentes y dio media vuelta a la puerta, haciendo una señal a Eadulf para que la siguiera.
Cuando cruzaban el patio, el joven monje casi tenía que correr para ir a su paso.
– ¿Habéis visto cómo os miraba Colla? -preguntó sin aliento-. Al decir que resolveréis el problema mañana, estáis invitando a Colla y a Orla a atacaros esta noche.
Fidelma sonrió con gravedad.
– Espero que lo hagan. Sería el modo más rápido de resolver la cuestión.
A Eadulf no le hacía ninguna gracia.
– Será una noche muy larga antes de que Ibor llegue -anunció, y luego hizo una pausa-. Espero que no estéis diciendo con esto que no tenéis más plan para resolver el asunto que asustar a Colla y a Orla; ¿acaso pretendéis esperar a que os ataquen para demostrar así que son culpables?
– Eclesiásticos en el libro de los textos apócrifos -respondió enigmáticamente.
– ¿Yeso qué significa? -preguntó Eadulf de malhumor.
– No reveléis vuestros pensamientos a nadie, para no ahuyentar la buena fortuna.
Entraron en la casa de huéspedes. Estaba vacía. Eadulf llevó las alforjas a las habitaciones, mientras Fidelma avivaba el fuego en la cocina preparando agua para los baños. Estaban colocando los troncos, cuando entró Rudgal con un cesto.
– Dejad que yo lo haga, hermana -insistió en cuanto la vio, depositando el cesto sobre la mesa.
Fidelma, que estaba de rodillas tratando de encender el fuego, se levantó con una sonrisa de agradecimiento.
– Acepto encantada, Rudgal. Supongo que Cruinn sigue enfadada con nosotros, ¿no?
Rudgal se inclinó para echar leña al fuego.
– Cruinn tiene devoción por el jefe y su familia. Supongo que sigue estando enfadada con vos por haber acusado a la señora Orla y a su esposo, Colla.
– Es bastante intransigente para ser una hostalera -observó Eadulf al bajar las escaleras-. Debería mantenerse al margen y no juzgar a las personas a las que debe atender.
Rudgal lo miró con cara de pocos amigos.
– Cierto, cada uno debería mantenerse al margen de lo que hacen los demás.
Eadulf recordó entonces la curiosa actitud de Rudgal al encontrarle con Esnad la noche anterior.
– Entonces, Rudgal, ¿nos habéis traído comida? -preguntó Fidelma para desviar la atención, dirigiéndose hacia el cesto, como si no hubiera advertido la mala cara de Rudgal.
– Así es, hermana -contestó Rudgal, lacónico.
Había atizado la leña hasta obtener un intenso fuego. Se irguió y fue hasta el cesto.
– El agua no tardará en calentarse -añadió-. ¿Preferís comer antes o después del baño?
– Nos bañaremos antes de comer.
– En tal caso, iré a preparar los baños -se ofreció Rudgal-. ¿Os importa estar atenta al fuego mientras tanto?
Cuando hubo entrado en el cuarto de baño, Eadulf miró a Fidelma con una mueca y le susurró:
– Tengo la impresión de que me guarda rencor por algo, y me temo que tiene que ver con esa niña, Esnad. ¿Creéis que podría estar celoso o algo parecido? No, no, eso sería absurdo.
– Quizá deberíais averiguar qué le sucede -reflexionó Fidelma-. Después de comer algo, podrías ir a ver a Esnad para intentar saber de qué se trata.
Eadulf parecía incómodo.
– No quiero dejaros sola antes de que llegue Ibor. Si vais a hacer de señuelo para atrapar a Colla y a Orla, entonces corréis un grave peligro.
Fidelma movió la cabeza.
– Después del baño y la cena, tengo intención de ir a la sala de festejos de Laisre para incomodar a Orla y a Colla. No pueden hacerme nada delante de la asamblea. Creo que, si intentan algo, lo harán por la noche, cuando todo esté en silencio -dijo, y le sonrió con picardía-. Puede que vos corráis más peligro con Esnad que yo con Orla y Colla.
Eadulf se sonrojó.
– No es más que una niña -murmuró-. Pero tenéis razón, hay algo en el comportamiento de Rudgal que debe explicarse.
Después de una hora más o menos, Eadulf dejó a Fidelma en la puerta de la sala de festejos y se dirigió hacia el aposento de Esnad. Sabía dónde estaba porque recordaba su visita al edificio que albergaba la biblioteca de Murgal; era el mismo edificio que alojaba a Marga, la boticaria, y a Orla y Colla.
Al cruzar el patio, vio la oronda figura de Cruinn salir de la botica de Marga, y la saludó ostentosamente. La mujer se dio la vuelta en la penumbra del atardecer, le lanzó una mirada y, sin decir nada, se apresuró a marcharse. Saltaba a la vista que la hostalera se empecinaba en mostrar su hostilidad hacia él.
Eadulf entró en el edificio y se topó con Laisre en el vestíbulo. Al jefe no pareció gustarle el encuentro, y le preguntó con voz bronca qué hacía allí. Eadulf consideró que no convenía mencionar a Esnad, y dijo que se dirigía a la biblioteca de Murgal. Laisre dio un gruñido por respuesta y, sin decir más, salió. Se veía que tenía tantas ganas de perder de vista a Eadulf como el monje de salir de Gleann Gleis.
Eadulf se dirigió hacia la estancia donde recordaba haber visto a Esnad. Esperó un momento para armarse de valor y llamó a la puerta. Cuando la voz de la joven le pidió que pasara, Eadulf puso las manos dentro de las mangas y entró.
Esnad, que estaba sentada en una silla, levantó la vista con un gesto de sorpresa. Luego sonrió; casi era una sonrisa señorial. Ante ella tenía una tabla de madera desplegada, sobre la cual había dispuesto el tablero y las piezas para jugar al Brandub. Estaba sentada frente a la tabla, y era evidente que había estado analizando una partida para dar con un movimiento estratégico. Eadulf miró a su alrededor. Esnad estaba sola. En la chimenea ardía un fuego, ya que, pese a ser verano, refrescaba. La tenue luz del atardecer entraba por un ventanuco, pero la joven ya había encendido una lámpara, que había colgado en el techo, sobre la mesa.
– ¡Ja, sajón! Había oído que habíais regresado. ¿Habéis venido a jugar al Brandub conmigo? -dijo a modo de saludo.
– Eh… no exactamente -musitó, preguntándose cómo iba a abordarla.
– No os preocupéis: yo os enseñaré a jugar.
Eadulf tuvo el impulso de rechazar la propuesta, pero entendió que no obtendría nada de la hija de Orla si se dejaba dominar por sus escrúpulos.
– Pasad y cerrad la puerta -le ordenó con la autoridad de una persona mayor.
Eadulf entró y cerró la puerta.
Ella lo miró con una expresión ambigua.
– ¿Nunca habíais jugado al Brandub?
Eadulf iba a reconocer que no había jugado a otra cosa con sus compañeros de estudios en Tuam Brecain, pero se contuvo a tiempo y negó con la cabeza.
– Seguiré vuestras instrucciones -anunció con gravedad, sentándose en la silla que había frente a ella.
Era una buena ocasión, ya que durante el desarrollo del juego podría hacerle preguntas.
Esnad no bajó la vista para jugar.
– ¿Sabéis qué significa Brandub?
– Es fáciclass="underline" cuervo negro.
– Pero, ¿sabéis por qué llamamos así al juego?
Eadulf había oído la explicación varias veces, pero afectó ignorancia.
– El cuervo es el símbolo de la diosa de la muerte y la batalla. Simboliza el peligro. El propósito del juego es sobrevivir al ataque de la fuerza hostil del oponente…, un jugador ataca, y el otro se defiende.
El monje hizo ver que estaba enfrascado en la explicación, como si fuera la primera vez que la oía. Esnad señaló el tablero con la mano y prosiguió:
– Como veis, el tablero está dividido en cuarenta y nueve cuadrados; siete cuadrados por siete cuadrados. En el cuadrado de en medio se coloca esta pieza grande que veis, el rey.