Eadulf asintió de forma mecánica.
– Esta pieza simboliza al rey supremo de Tara. Alrededor del rey supremo hay otras cuatro piezas, cada una de las cuales representa a un rey provinciaclass="underline" el rey de Cashel en Muman, el rey de Cruachan en Connacht, el rey Alecnn en Laigin y el rey Ailech en Ulaidh.
– Entiendo -dijo Eadulf con gravedad.
– En cada lado del tablero hay dos piezas de ataque, ocho en total. El atacante las desplaza sobre el tablero, a menos que lo detenga una combinación de los reyes provinciales. El propósito consiste en desplazar la pieza del rey supremo a una esquina de la que no pueda escapar. Conseguido esto, termina la partida. ¿Me seguís? -miró a Eadulf antes de añadir-: Pero si el atacante no logra reducir a los defensores, pierde el juego.
– Entiendo.
– Entonces, yo atacaré primero -propuso la niña forzando una sonrisa amable-. Me gusta más atacar que defender. Vos defenderéis. ¿Estáis preparado?
Eadulf asintió con conformidad.
La joven empezó a mover las piezas, y Eadulf contraatacaba según las reglas. Tuvo que reconocer que atacaba con resolución y, si bien carecía de una estrategia meditaba, corría riesgos que a veces le compensaban. Al parecer, su técnica consistía en anteponer la fuerza a la estrategia.
Al rato, Esnad tenía el ceño fruncido para concentrarse en el juego, mientras Eadulf, enfrascado, ya jugaba de forma mecánica, olvidando que a los ojos de ella era un principiante.
– Aprendéis deprisa, sajón -dijo ella al final con rabia, ya que Eadulf esquivaba todos los ataques.
– Es mera suerte, Esnad -contestó, al tiempo que caía en la cuenta de que era preferible cometer algún que otro error para no ser descubierto antes de poder sonsacarle información.
Fue un alivio ver que Esnad reaccionaba con una sonrisa de satisfacción al mover rápidamente las piezas para sacar provecho de sus «errores».
Eadulf torció la boca en una sonrisa.
– ¿Qué os he dicho? -dijo, después de reconocer la derrota-. Lo de antes ha sido mera suerte. Permitid que tome la revancha con otra partida. No me importa tener que defender otra vez.
– Muy bien -dijo la joven, que le estaba sonriendo con una expresión coqueta-. Pero juguemos con prenda para hacer la partida más interesante.
Eadulf frunció las cejas.
– ¿Con prenda? ¿Y qué tipo de prenda?
Esnad se llevó la punta del dedo entre los dientes y se la mordió. Su sonrisa se ensanchó.
– Si gano yo, tendréis que hacer lo que os diga.
Eadulf no las tenía todas consigo y dijo:
– Puede que no sea una buena idea si no sé qué tenéis en mente.
– Oh, no os haré hacer nada que os perjudique, ni que perjudique a otras personas -dijo Esnad con encanto.
Eadulf se encogió de hombros.
– En tal caso, si no es nada perjudicial, acepto. Pero, ¿y si gano yo?
– Sólo tendréis que pedir vuestra prenda -contestó la joven sin dejar de sonreír seductoramente.
– Colocad las piezas -dijo Eadulf con brusquedad-, y ya se me ocurrirá algo.
Iniciaron la partida.
– ¿Por qué sois tan amable conmigo, cuando vuestra madre es tan hostil con Fidelma y conmigo? -preguntó Eadulf de pronto, en medio de un movimiento.
Esnad no levantó la vista del tablero. No parecía siquiera estar pendiente de la conversación.
– Las disputas de mi madre no son las mías. De todos modos, está más enfadada con vuestra compañera, Fidelma, que con vos. Yo en vuestro lugar no me preocuparía de la actitud de mi madre; a mí me funciona.
– Vuestro padre es tánaiste y vuestra madre, su esposa. Sus deseos tendrían que tener cierto peso, ¿no creéis?
– ¿Por qué debería preocuparme?
– ¿No os interesan sus asuntos?
– En absoluto. Me interesa disfrutar de la vida y no los asuntos de Gleann Geis.
Eadulf guardó silencio un momento para considerar un movimiento especialmente peligroso. Era evidente que a Esnad no le gustó nada su reacción, e hizo un mohín de desaprobación al ver que Eadulf había contraatacado.
– Quizás un día os caséis con un jefe y tengáis que interesaros por esta clase de asuntos -sugirió Eadulf al cambiar de posición la pieza del rey.
La niña se rió, quitándole importancia a sus palabras.
– Quizá -concedió-. Pero si me casara con un jefe, me aseguraría de que no me tocara participar de los asuntos del clan, sería su responsabilidad, no la mía. Yo tendría otras ocupaciones.
– ¿A vuestros padres no les importa que no os intereséis en lo que atañe a Gleann Geis?
– Nunca hablo de esto con ellos.
Eadulf la miró a la cara y decidió que era el momento para formular la pregunta en cuestión.
– ¿Por qué Rudgal va tras vos con tanto celo?
Esnad lo miró, perpleja. Hizo un mohín y respondió:
– Hacéis muchas preguntas, sajón. ¿Por qué no os concentráis en la partida? Todavía queda mucho juego por delante.
– Es que tengo la impresión de que Rudgal no me mira igual desde que vinisteis al hostal el otro día, y me gustaría saber por qué.
– Oh, no le hagáis caso -suspiró la niña-. Cree que está enamorado de mí.
A Eadulf le sorprendió la ligereza con que trataba Esnad la cuestión.
– Ya suponía eso -concedió Eadulf con solemnidad-. Y, claro, vos no estáis enamorada de él.
– No. Es demasiado mayor, y no tiene medios para darme una vida estable. De todos modos, eso a lo que él llama «amor» es la clase de emoción que siente un perro por sus ovejas. Si alguna vez contraigo matrimonio con alguien, será por otras razones. Entretanto, quiero disfrutar de la vida antes de ser vieja y tener una vida estable.
– Pero Rudgal no es mucho mayor que yo -señaló Eadulf.
Esnad se rió.
– Pero vos sois mucho más interesante que Rudgal, sajón. Sigamos jugando.
Eadulf guardó silencio. La niña era una hedonista convencida. Parecía que para ella la vida consistía en satisfacer los placeres que ésta brinda. Su actitud no parecía encerrar ningún misterio. Tendría que acabarar la partida y eludir lo mejor que pudiera la embarazosa situación en que se hallaba.
En la sala de festejos, los músicos todavía tocaban melodías animadas, que hacían de contrapunto a las carcajadas y conversaciones de los invitados.
Fidelma buscó a Murgal para sentarse a su lado. Desde allí veía, al otro extremo de la sala, a Orla y a Colla y, entre el resto de comensales, también vio a Rudgal y a Ronan. No vio a Laisre por ninguna parte, ni a ningún otro rostro conocido. Al verla, Murgal la miró con incomodidad.
– No esperaba que asistierais al festejo de esta noche, Fidelma de Cashel -observó.
– Es posible que sea la última noche que pase en Gleann Geis -contestó, seria.
– ¿De veras creéis que mañana por la mañana podréis aclarar todo lo sucedido? -preguntó Murgal con escepticismo.
Fidelma rechazó el aguamiel que le ofrecieron y no respondió a la pregunta. Murgal se disponía a decir algo más, cuando la música cesó y se impuso el silencio en toda la sala. Ronan se puso en pie ante todos y empezó a cantar con una buena voz de tenor que sorprendió a Fidelma, pues no lo esperaba de un granjero tosco e insensible que prefería pasar el tiempo atendiendo a la escolta de Laisre. Su canción era de tono bélico:
Mi recta lanza es de rojo tejo,
la mejor entre las más lustrosas lanzas;
es mía por derecho y no osa enfrentarse
a ella ningún guerrero.
Mi afilada espada es de hierro blanco y bruñido,
cuchilla de la coraza enemiga,
es silenciosa en la vaina de bronce
por miedo a derramar sangre.