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Eadulf no esperó más. Golpeó con el candelabro la cabeza del hombre con un ruido sordo y escalofriante. Se oyó un leve gruñido, y la figura se desplomó en el suelo, soltando la espada con ruido.

Eadulf se quedó pasmado, temblando, unos instantes.

Oyó a Fidelma exclamar su nombre, alarmada, y acudió corriendo desde su habitación.

– ¿Dónde estáis, Eadulf? -preguntó con preocupación.

– Aquí -musitó el sajón, que recogió el candelabro y la vela del suelo.

Intentó encender la vela con un sílex y una yesca. Era difícil en plena oscuridad. Antes tenía que coger la caja de metal que contenía la madera podrida de haya (la madera estaba casi desintegrada por el efecto del hongo), y luego encenderla golpeando el sílex contra una afilada pieza de metal para provocar la chispa. Una vez la chispa hizo arder la madera, pudo encender la mecha de la vela. Sólo entonces pudieron descubrir quién era la figura que yacía en el suelo.

– ¡Rudgal! -exclamó Fidelma con un suspiro.

– Le he dado un buen golpe -confesó Eadulf-. Parece que le sale mucha sangre de la cabeza. Más vale que le vende la herida.

– Pero antes atadle las manos -indicó Fidelma-. No ha venido aquí con buenas intenciones, en plena noche y empuñando una espada.

Eadulf encontró una cuerda resistente en la cocina del hostal y volvió a subir para atar las manos del guerrero. Mientras lo hacía, Rudgal empezó a recobrar el conocimiento entre quejidos. Eadulf lo arrastró del suelo a la cama, fue a buscar un cuenco con agua y le humedeció la herida sangrante de la cabeza.

Rudgal pestañeó varias veces hasta abrir bien los ojos. Lanzó una rápida mirada a su alrededor y dobló los brazos.

– ¡Quieto! -le ordenó-. Tenéis las manos atadas.

Rudgal se relajó de inmediato.

Fidelma estaba de pie con las manos entrecruzadas, examinando con interés al guerrero.

– Nos debéis una explicación, Rudgal -observó-. ¿Os encargaron matarme o vinisteis a hacerlo por iniciativa propia?

Rudgal la estaba mirando con perplejidad.

– ¿Mataros, hermana? ¿A vos? -repitió con un grito ahogado-. No os comprendo.

Fidelma no se impacientó.

– Imagino que no vinisteis a buscarme en plena noche, con una espada en la mano, para hacer buenos oficios.

Rudgal parpadeó y negó lentamente con la cabeza.

– No, no era a vos a quien yo buscaba, sino a… -dijo, sacudiendo la cabeza para señalar a Eadulf -a este extranjero. A él quería matar.

Eadulf estaba impresionado.

– ¿Y por qué querríais matar al hermano Eadulf? -preguntó Fidelma.

Rudgal frunció el ceño y contestó con aspereza:

– Él ya sabe por qué.

– Yo no lo sé -aseguró Eadulf-. ¿Qué he hecho yo? -preguntó, y luego se lamentó-: ¿No me digáis que esto tiene que ver con la tonta de esa chiquilla?

– ¡Habéis intentado arrebatarme a Esnad! -le gritó Rudgal, forcejeando para incorporarse-. Me ha dicho que anoche estuvisteis con ella. Os mataré.

Eadulf lo empujó para dejarlo otra vez sobre la cama.

– Debéis de estar loco -dijo el sajón despacio-. No tengo ningún interés en esa niña.

– Rudgal, escuchadme -dijo Fidelma, interrumpiendo así los sollozos atormentados del guerrero rubio-. Eadulf no está interesado en Esnad. Cualquiera que sea la relación que os una a ella, creo que debéis aclararla.

– Pero él pasó la noche con ella.

– Seguía mis instrucciones -respondió Fidelma, que entendía el sentido de su locura.

Rudgal enrojeció.

– ¿Y para qué ibais a pedirle que sedujera a Esnad?

– ¡Por la verdad de Cristo! -exclamó el sajón-. Si alguien intentó seducir a alguien, fue ella. Vos ya deberíais saber cómo es Esnad.

– ¡La amo!

– Pero, ¿y ella? ¿Os ama también? -preguntó Eadulf.

La expresión de Rudgal revelaba que no podía dar una respuesta con seguridad.

– Rudgal -dijo Fidelma-, no es necesario que nadie vierta sangre por una niña caprichosa.

El guerrero se mostraba reacio a darles la razón.

– Esnad me dijo que él estuvo en su aposento. Se burló de mí al decirme…

Fidelma alzó una mano para mascullar:

– ¡Aegra amans!

Sólo Eadulf la entendió. La frase era de Virgilio, que hablaba de que el amor posesivo es una enfermedad. Eadulf la miró con cierto disgusto.

– Amantes sunt amerites -respondió, diciendo que los amantes son dementes.

Rudgal los miraba con mala cara, sin entender nada.

– Entre Esnad y yo no hay nada -insistió Eadulf-. ¿Por qué no resolvéis de una vez vuestros problemas con ella?

Rudgal lo fulminó con la mirada.

– Es un buen consejo, Rudgal -añadió Fidelma-. Si creéis que tan enamorado estáis de Esnad, deberíais hablar con ella. Estoy segura de que la opinión que ella tenga es más importante para vos que la de cualquiera.

Rudgal seguía enfadado.

– ¿Es posible que no os corresponda, y que por eso os resulte más fácil echarle la culpa a otras personas diciendo que os la quieren arrebatar? -prosiguió Fidelma-. ¿Acaso os pertenece?

Fidelma dio en el blanco. El guerrero y carrero se estremeció, como si ella le hubiera golpeado.

– Lo que hagáis o dejéis de hacer no nos incumbe, Rudgal -prosiguió Fidelma-, pero yo en vuestro lugar sería prudente y recapacitaría sobre el asunto. Haríais bien en averiguar si amáis a Esnad o si deseáis lo que se os niega. Son dos cosas diferentes. Y si amáis a Esnad, os importará lo que ella piense y desearéis su felicidad.

– ¿Qué vais a hacer conmigo? -masculló Rudgal, sin prestar atención al consejo.

– Habéis infringido la ley al atacar a Eadulf con intención de matarle -señaló Fidelma-. ¿Y si lo hubierais matado? ¿Qué creéis que deberíamos hacer con vos?

– Declaro que tengo una justificación -anunció el hombre con tozudez.

– No hay justificación que valga -dijo Eadulf, colérico por la actitud persistente del guerrero.

Fidelma le puso una mano sobre el brazo y le indicó que saliera con ella al pasillo.

– ¿Qué proponéis? -susurró él una vez estuvieron fuera.

– No podemos soltar a Rudgal antes de mañana. Puede que sólo haya tenido un arrebato de celos por Esnad. No obstante, por si hay algo más que un simple mal de amores, deberíamos retenerlo hasta mañana por la mañana. Comprobad que esté bien atado, y mañana averiguaremos si esos eran sus verdaderos motivos.

Regresaron al cuarto, donde Rudgal forcejeaba para deshacer los nudos.

– No os mováis -le ordenó Eadulf con dureza-, a menos que queráis que os dé otro golpe en la cabeza.

Rudgal lo miró con rabia y lo amenazó:

– Si no tuviera las manos atadas, extranjero…

– Por eso permaneceréis atado -lo interrumpió Fidelma.

Usaron más cuerda, y les costó juntar los pies de Rudgal, ya que sacudía las piernas con fuerza. Cuando lo hubieron atado de manos y piernas, Rudgal empezó a gritar, por lo que Eadulf le envolvió una toalla alrededor de la cabeza para taparle la boca y, así, hacerle callar.

Rudgal tardó un poco más en aceptar que era imposible escaparse y se tranquilizó poco a poco. No fue hasta entonces cuando oyeron movimiento en la planta baja de la casa de huéspedes.

Fidelma y Eadulf se miraron, alarmados. Eadulf cogió en una mano la espada que se le había caído a Rudgal, y en la otra, la lámpara de aceite, y avanzó con sigilo hacia la puerta. Fidelma iba detrás de él, mirando por encima del hombro. Cruzaron el pasillo con cautela hasta llegar al rellano sobre el vuelo de escaleras que llevaban a la planta de abajo.

Al final de la escalera, una figura los miraba desde la oscuridad.

Eadulf levantó la lámpara. Los rayos de luz iluminaron a Colla.

– ¿A qué habéis venido? -preguntó Eadulf, maldiciendo que la emoción le quebrara la voz, pues ante ellos estaba la persona que, según sus expectativas, trataría de atacarles aquella misma noche.