Colla los miró con sorpresa, y parpadeó al fijarse en la espada que Eadulf llevaba en la mano.
– ¿Hay algo que va mal? -titubeó.
– ¿Mal? ¿Hay algo que debería ir mal? -preguntó Fidelma sin perder la calma.
– Pasaba por aquí y me ha parecido oír a alguien pedir ayuda, así que he entrado.
Fidelma observó con detenimiento al tánaiste. Era una explicación plausible, ya que Rudgal había hecho bastante ruido al amordazarlo.
– Era Eadulf -mintió sin alterarse-. Ha gritado en sueños, y yo he ido a ver si estaba enfermo. Luego hemos oído un ruido abajo y hemos pensado que alguien había entrado…
Eadulf enseguida sacudió la cabeza para confirmar sus palabras, pensando en qué penitencia tendría que pagar por aquella sarta de mentiras.
– Es cierto. He tenido una pesadilla -se apresuró a añadir.
Colla dudó un momento, y luego se encogió de hombros.
– La puerta estaba abierta de par en par -dijo-. La cerraré al salir.
Se los quedó mirando unos instantes para luego dar media vuelta y salir del hostal, cerrando la puerta tras él. Le oyeron saludar a alguien, con quien habló a media voz. Eadulf corrió a mirar por la ventana de arriba, que daba al patio, y escuchó la conversación susurrada.
– Es Laisre -informó a Fidelma a media voz-. Por lo visto pasaba por delante del hostal, cuando ha visto salir a Colla y le ha preguntado qué ocurría. Ya se han ido los dos.
Fidelma suspiró hondo.
– Ya no creo que vaya a suceder nada más antes del amanecer -dijo con un tono de satisfacción-. Pronto descifraremos el enigma.
Capítulo 19
Fidelma se levantó mucho antes de que empezara a clarear y, nerviosa, esperó en la sala principal de la casa de huéspedes. Había pasado a ver a Rudgal para comprobar que seguía atado y, aunque dormía, no parecía estar cómodo. Eadulf también dormía, y hasta roncaba un poco. Aguzó el oído, pero no oyó ningún movimiento fuera del hostal. Se dirigió a la ventana y vio con inquietud que el cielo empezaba a volverse gris sobre las montañas del este. Le asaltó la congoja al pensar que acaso se había precipitado al arriesgarlo todo con aquel encuentro al alba con Ibor de Muirthemne. ¿Y si Cruinn había mentido y realmente no había otra ruta de acceso a Gleann Geis? ¿Y si el desfiladero era la única ruta? ¿Y si Ibor y sus hombres no habían podido entrar en el valle? ¿Y si no habían podido tomar la fortaleza? ¿Y si…?
Se tranquilizó para tratar de acallar su aturdimiento. ¿Qué le había dicho en una ocasión su mentor, el brehon Morann de Tara?: «Con un "sí" podríais introducir los cinco reinos de Eireann en una botella y llevároslos con vos».
Procuró tomar un poco de aguamiel, pan seco y queso para tomar fuerzas, pues estaba segura de que la mañana iba a ser agitada.
Oyó un sonido cercano y se puso en pie de golpe. No se trataba más que de un bostezo, y reparó en que sólo era Eadulf, que se había levantado. Un momento después, bajaba por las escaleras medio dormido.
– ¿Hay alguna novedad? -susurró, despejándose al ver que ella ya estaba en pie, esperando.
Fidelma negó con la cabeza. Durante un momento, escucharon juntos el silencio, que sólo se rompió con el ladrido de un perro en la distancia.
Luego, irrumpiendo en la quietud de la mañana, un gallo empezó a cantar cerca de allí.
Fue como una señal, ya que justo en aquel momento la puerta del hostal se abrió de golpe. Se volvieron de inmediato, con los ojos abiertos de par en par. Ibor de Muirthemne apareció en el umbral, espada en mano y sonriente.
– La ráth ya es nuestra, Fidelma. He reunido a los guardas en sus propias estancias y los he dejado al cuidado de algunos de mis guerreros. He cerrado el portón y mis hombres vigilan todos los puntos, incluida la sala consistorial.
– ¿Se ha derramado sangre? -preguntó Fidelma, preocupada.
Ibor respondió con una sonrisa adusta.
– No, nada que se aprecie. Alguna que otra cabeza magullada, pero nada serio.
– Bien. Lo siguiente será despertar a los habitantes de la ráth y reunirlos a todos en la sala consistorial.
Ibor vaciló un instante.
– Hay algo que debéis saber, hermana. Encontramos el pasaje, como nos dijisteis. Era un camino rocoso que seguía el curso de un río turbulento que nace en el valle. En algunos tramos, el camino atravesaba una serie de cuevas antes de desembocar en el valle. De camino por esta ruta, siguiendo vuestras instrucciones, hemos encontrado a Artgal.
Fidelma no se inmutó.
– Estaría muerto, supongo.
– Estaba muerto -afirmó Ibor-. ¿Cómo lo sabíais?
– ¿De qué forma había muerto? -preguntó Fidelma, sin responderle.
– No sabría deciros. Yacía en el suelo. Llevaba una bolsa, como si fuera a emprender un largo viaje. No presentaba marca ni herida alguna.
Eadulf miró a Ibor, asombrado.
– ¿Ninguna herida? -preguntó-. ¿Ninguna herida, y estaba muerto?
– Quién sabe cómo murió -dijo Ibor, encogiéndose de hombros-. ¿Qué puede matar sin dejar herida? Al examinar el cuerpo, me he fijado en que tenía el rostro desfigurado por una expresión de terror espantosa. Tenía los labios azules y torcidos, con los dientes y las encías a la vista. Los ojos sobresalían como si hubieran visto un espíritu del infierno. He visto este tipo de muertes alguna que otra vez, y siempre entre paganos. Esta forma de matar es propia de un druida. Dios nos proteja, hermana. He tenido que amenazar a algunos de mis hombres con la espada para obligarles a adentrarse en este valle maldito.
Fidelma bajó la vista para reflexionar unos instantes. Al mirarlos de nuevo, su semblante estaba tranquilo.
– Creo que ya tengo la última pieza del rompecabezas -dijo con satisfacción-. Estoy preparada. Ya podéis reunir a los habitantes de la ráth en la sala consistorial; dejad aparte a los niños. Yo no tardaré en llegar.
Ibor se dirigía hacia la puerta, cuando Fidelma lo volvió a llamar.
– Si subís por esa escalera, encontraréis a un guerrero de la ráth; se trata de Rudgal. Está atado. Que dos de tus hombres lo escolten a la sala consistorial, pero no permitáis que le desaten las manos.
Ibor se quedó asombrado un instante, luego se encogió de hombros y se dispuso a acatar la orden, enarbolando la espada en reconocimiento.
Al entrar Fidelma en la sala consistorial con Eadulf a la zaga, se oyó un murmullo hostil y enojado. Los hombres de Ibor habían llevado hasta allí a punta de espada a los principales habitantes de la ráth. Los habían despojado de sus armas y, en cada entrada, los guerreros de Ibor montaban guardia, mientras el propio Ibor, con dos de sus hombres, vigilaba al jefe de Gleann Geis de cerca, junto a su silla. En total había una docena de guerreros de la Craobh Rígh en la sala. Fidelma supuso que los demás estarían montando guardia en los muros de la ráth.
Laisre, pálido de ira, estaba hundido en su silla oficial. Murgal, que estaba sentado cerca, también parecía disgustado. Colla estaba de pie detrás del jefe, rojo de indignación. A su lado, Orla miraba a Fidelma con hostilidad y el ceño fruncido. No había rostro en la sala con una expresión afable, salvo el de Esnad. Sólo ella parecía ajena a las circunstancias.
Fidelma miró a las demás personas que la rodeaban. Allí estaba Rudgal, con expresión colérica. Todavía tenía los brazos atados. También estaban Ronan y su malhumorada esposa, Bairsech, al lado de Nemon, la prostituta; Cruinn, la rolliza hostalera; y Marga, la boticaria. Eran las personas que Ibor se había asegurado de traer, siguiendo indicaciones específicas de Fidelma. La asamblea al completo, aparte de Ibor y sus hombres, miraba a Fidelma con un odio mortal, mientras ella ocupaba su puesto.