Laisre fue el primero en hablar. Se puso en pie, temblando de rabia.
– Bien, Fidelma de Cashel, este insulto, esta barbarie sólo podrá purgarse con sangre -anunció-. Habéis transgredido todas las reglas de la hospitalidad, habéis empleado guerreros extranjeros para aprisionar…
– «Barbarie» es una buena palabra para describir el mal que ha impregnado este valle -lo interrumpió Fidelma con dureza.
Cortó la invectiva de Laisre, y lo acalló antes de que tuviera tiempo de recuperar impulso.
– Y he venido a revelar la verdad sobre el mal que se cierne sobre vuestro pueblo -añadió.
– ¿Con la ayuda de guerreros del norte, Fidelma? -preguntó Colla-. ¿Cómo van a obligar los guerreros de Ulaidh a imponer una verdad al pueblo de Muman? ¿Así es como vuestro hermano trata a su pueblo, recurriendo a una fuerza externa? ¿Recurriendo a mercenarios a los que paga por acatar sus órdenes?
– Me temo que no estáis siendo justo con Ibor y sus hombres. Ellos no son mercenarios de Muman. Ni están aquí para imponer una verdad, sino simplemente para proteger de cualquier daño a los inocentes que hay entre vosotros y para asegurar que la verdad sea al fin escuchada. Y me escucharéis, porque no sólo hablo como representante de mi hermano, el rey, sino como dálaigh que posee el título de anruth, que permite que me escuchen los reyes; que incluso obliga a un rey supremo a acatarme.
Tales eran el sosiego y la seguridad de su voz, que el silencio se impuso en la sala consistorial.
Tras unos momentos, Murgal lo rompió diciendo con calma:
– Decidnos vuestra verdad, Fidelma de Cashel, y os responderemos con la nuestra.
Fidelma esbozó una leve sonrisa.
– Si es que os queda verdad alguna con la que responder -contestó sin alzar la voz.
Fidelma esperó un momento, en silencio y con la cabeza gacha, permitiendo de este modo que creciera la tensión entre los presentes.
Cuando Eadulf empezaba a preguntarse si debía apuntarle el modo de iniciar su discurso o si debía relevarla en la tarea, Fidelma empezó a hablar, al principio en voz baja.
– Me he enfrentado a muchos misterios desde que obtuve el título de abogada en nuestro tribunal de justicia. No diré que fueran misterios sencillos de resolver. El hermano Eadulf, aquí presente, sabe que muchos no lo fueron, pues ha sido partícipe de buena parte de ellos. No obstante, os diré que el misterio que aquí encontré me ha desconcertado durante mucho tiempo. ¿Les recuerdo a qué misterio me refiero?
Nadie respondió.
– Al llegar aquí el hermano Eadulf y yo nos encontramos con la matanza de treinta y tres jóvenes en lo que parecía un ritual pagano; los cuerpos estaban desnudos y dispuestos en un círculo que seguía la trayectoria del sol. Todos ellos habían sido asesinados de una forma conocida por los antiguos como la Triple Muerte -tomó aire y miró a Laisre-. Más tarde tuvimos que enfrentarnos a la muerte del hermano Solin de Armagh.
– De la que casi se os declaró culpable -matizó Orla de pronto-. De la que tratasteis de acusarme y de la que sólo os librasteis por un tecnicismo jurídico, cuando el sajón demostró que Artgal no era un testigo fiable. No se os declaró inocente del cargo. ¡Todavía podríais ser la asesina de Solin!
Murgal parecía incómodo, pues aquello era como una crítica a su sentencia. Se volvió y miró a Orla moviendo la cabeza.
– Orla, mi sentencia se mantiene. Tengo que juzgar de acuerdo con nuestra ley.
Orla lo miró con el ceño fruncido, pero no respondió.
Fidelma se dirigió directamente a Murgal.
– No hay nada por que disculparse, ni es siquiera necesario justificar la sentencia que pronunciasteis, Murgal. Sin embargo, al poco de la muerte del hermano Solin, siguió la muerte del joven hermano Dianach.
Murgal se inclinó hacia delante.
– Muerte que tiene fácil explicación, pues es obvio que Artgal mató a Dianach por venganza, o por alguna otra razón, una vez se descubrió que Dianach lo había sobornado para que no cambiara su declaración contra vos.
Fidelma hizo caso omiso de la interrupción.
– Y una vez lo hizo, Artgal huyó del valle, demostrando con ello su culpa a los ojos de algunos, ¿no es así?
– Exactamente -dijo Murgal con satisfacción.
– ¿Y se envenenó por el camino?
El comentario causó un silencio de sorpresa.
– Así es -prosiguió Fidelma, sin alterar el tono-, han encontrado a Artgal muerto en el sendero que bordea el río, a consecuencia de un envenenamiento.
– ¿Cómo lo sabéis? -preguntó Colla.
Fidelma señaló a Ibor.
– Lo ha encontrado Ibor. Ibor y sus hombres -corrigió con pedantería-. Ibor, habéis dicho que no había heridas en el cuerpo de Artgal cuando lo habéis encontrado, ¿no es así?
El guerrero dio un paso adelante e inclinó la cabeza en señal de confirmación.
– Pero habéis dicho que tenía las encías a la vista y una horrible expresión.
– En efecto.
– ¿Y las encías tenían un color negro azulado?
– Eso no os lo dije. Pero sí, lo tenían.
– De modo que hasta ahora se han producido un total de treinta y seis muertes en Gleann Geis -dijo Fidelma sin levantar la voz-. Tienen razón al decir que Gleann Geis es un valle prohibido. ¡Prohibe la vida!
– ¿Así que pretendéis culpar al pueblo de Gleann Geis? -protestó Laisre, enfadado-. Planeáis que vuestro hermano castigue a mi pueblo, del mismo modo que lo persuadisteis para que empleara toda la fuerza de Eóghanacht contra los Uí Fidgente este mismo año.
Fidelma sonrió al jefe con un gesto calculador.
– Precisamente alguien ha urdido ese plan, Laisre -dijo intencionadamente-. Pero seríais injusto conmigo si insinuarais que el plan es mío. Yo no deseo ningún mal al pueblo de Gleann Geis. Mi único interés es castigar a los responsables de los asesinatos.
Murgal volvió a hablar, acallando así el murmullo que aquella afirmación había levantado en la sala.
– ¿Insinuáis con ello que los responsables están aquí, en la sala consistorial? -preguntó Laisre-. ¿Que los responsables de las treinta y seis muertes se encuentran ahora entre nosotros?
– No lo insinúo. Lo afirmo.
El druida se inclinó hacia delante, alertado.
– ¿Podéis identificarlos?
– Puedo -contestó Fidelma a media voz-. Pero antes os explicaré cómo he llegado a esta conclusión.
La tensión entre los presentes aumentó de forma casi tangible.
– Mi primer error, pues cometí un error en mis deducciones que me impidió ver la verdad durante un tiempo, fue dar por sentado enseguida que la matanza de los treinta y tres jóvenes a la entrada del valle estaba vinculada al asesinato del hermano Solin.
Colla se sobresaltó.
– ¿Y decís que no lo están? -preguntó, sorprendido.
– No, no lo están -confirmó Fidelma-. Aunque, para ser exactos, existe un vínculo; pero no el que yo suponía. Hay que añadir, por cierto, que los asesinatos del hermano Dianach y de Artgal, aunque vinculados con la muerte del hermano Solin, tampoco tienen nada que ver con la matanza ritual.
– ¡Estamos esperando a que nos contéis vuestra verdad! -exclamó Laisre con sarcasmo, por encima del alboroto que Fidelma había desatado en la sala.
– No tardaréis en oírla. En primer lugar, aclararé el asunto de la matanza ritual. No fue más que una forma cruel y repugnante de intentar desencadenar una guerra civil en Muman. La culpa de esta matanza queda a las puertas de Mael Dúin, rey de los Uí Néill del norte de Ailech.
Volvió a interrumpirla un murmullo de sorpresa.
– Ailech está lejos de aquí -señaló Colla con incredulidad-. ¿Y de que modo podría beneficiarse Mael Dúin de una disensión en Muman?
– Al parecer, Mael Dúin quiere hacerse con los tronos de los reinos del norte para acabar ocupando el de Tara como rey supremo. Quiere dominar los cinco reinos. Ysabe que sólo hay un reino con suficiente poder para frenar sus ambiciones.