– El asesino tenía otros motivos. Lo cierto es que yo no sabía nada de esta conspiración cuando murió Solin, como tampoco sabía que estaba implicado. Ibor de Muirthemne me lo reveló más tarde. Fue entonces cuando comprendí que en la trama había dos intereses distintos. La conspiración bárbara contra Muman, para emplear la palabra tan bien elegida por Laisre; y un simple asesinato… aunque un asesinato nunca es algo simple.
Hizo una pausa y se encogió de hombros.
– Antes de proseguir, presentaré las pruebas para demostrar quién en Gleann Geis estaba implicado en la terrible conspiración del rey de Ailech. Os recuerdo una vez más a la persona que se reunió con los hombres de Mael Dúin. Ibor y sus guerreros la vieron…
Fidelma se volvió hacia Orla.
– Esa persona era una mujer, una mujer de apariencia autoritaria.
Orla contuvo un grito de rabia.
– ¿Veis lo que está haciendo? Es la segunda vez que me acusa de asesinato. No contenta con pretender que yo maté a Solin de Armagh, me acusa ahora de un crimen atroz contra mi pueblo. Acabaré con vos por esto, Fidelma de Cashel…
Orla extrajo un cuchillo del cinturón e hizo ademán de lanzarse hacia delante.
Ibor avanzó hacia ella, pero Colla ya se había colocado delante de su esposa para defenderla; luego se adelantó y le quitó el cuchillo con cuidado, pero con firmeza.
– Ésta no es forma de responder, Orla -le dijo con brusquedad-. Nadie te hará daño mientras yo te defienda -dijo, y se volvió hacia Fidelma con los ojos encendidos de ira-. Yo mismo me haré cargo de vos, dálaigh -la amenazó-. No os libraréis del castigo que os merecéis por acusar falsamente a mi esposa.
Fidelma extendió los brazos con indiferencia.
– Hasta ahora no recuerdo haber hecho ninguna acusación, ni falsa ni de ningún tipo. Me limito a presentar los hechos. Cuando haga las acusaciones, lo sabréis.
Colla se quedó desconcertado, dio un paso adelante, pero Ibor le tocó el brazo con la punta de la espada y sacudió la cabeza en desaprobación mientras tendía la mano para que le diera el puñal de Orla. Colla se lo dio sin pensar ni protestar. A continuación, Ibor le pidió que regresara a su lugar.
– Volvamos al hermano Solin de Armagh, el eslabón débil en esta terrible cadena de tragedias. El hermano Solin era un hombre con ambiciones. Era ambicioso y taimado, un digno conspirador en esta conjura. Pero tenía una debilidad. Dicho claramente, era un hombre lujurioso, un sátiro. A vos se os insinuó, ¿no es así, Orla?
La esposa del tánaiste se ruborizó.
– Pude defenderme sola -farfulló-, sobre todo con un hombre así.
– Por supuesto que pudisteis. En una ocasión incluso le golpeasteis.
– Le di su merecido -respondió Orla a media voz-. No me llegó a poner la mano encima. Sólo me hizo una proposición lasciva. Algo de lo que no tardó en arrepentirse. Aprendió la lección.
– No, no la aprendió -la contradijo Fidelma-. Era un sátiro incurable. Lo intentó con otra persona. Alguien que no sólo le abofeteó, sino que además le tiró vino encima. Lo recordaréis, ¿verdad, Orla?, os pregunté si derramasteis vino sobre Solin.
Orla todavía no las tenía todas consigo.
– Os dije que no lo hice y no lo hice.
– Yasí es. Como sabemos, hay otra mujer atractiva en la ráth, ¿no es cierto, Murgal? De hecho, una mujer que guarda cierta similitud con Orla. Una mujer esbelta, de presencia autoritaria.
El druida frunció el ceño, intentando comprender adónde quería llegar.
– Comprobasteis que a ella no le gustaban vuestras insinuaciones, ¿no es así? En el banquete, Marga, la boticaria, os dio una bofetada.
Murgal parpadeó, avergonzado.
– Todos lo vieron -murmuró con incomodidad-. ¿Para qué voy negarlo? Pero no comprendo qué tiene que ver esto con lo demás.
Fidelma se enfrentó a Marga. El rostro de la boticaria era una curiosa amalgama de emociones.
– El hermano Solin no sólo os hizo una proposición lasciva… fue a vuestros aposentos e intentó tomaros por la fuerza.
Marga alzó la barbilla con brusquedad.
– Le tiré vino encima para calmar su ardor. Le di una bofetada. No volvió a molestarme. Yo no lo maté.
– Pero se había propasado con vos -insistió Fidelma sin alzar la voz-. Y por ese motivo el hermano Solin fue asesinado.
Se produjo un súbito silencio en la sala, roto sólo por el sollozo de la boticaria, que intentaba negar aquella afirmación. Todos los presentes miraban a Marga. La rolliza figura de Cruinn avanzó y rodeó a la joven con el brazo.
– ¿Afirmáis que Marga mató a Solin? -exclamó Murgal.
– No -respondió inmediatamente Fidelma-. Lo que he dicho es que el acoso de Solin a Marga fue el hecho que precipitó su muerte.
– ¿Afirmáis también que no fue Orla, sino Marga, a quien visteis en las cuadras? -le interpeló Colla.
Fidelma negó con la cabeza.
– Era alguien que tenía un enorme parecido con Orla, y eso me confundió. Vestía capa y capucha, por lo que sólo vi la parte superior del rostro cuando la luz lo iluminó.
Se volvió hacia Laisre.
– No reparé en el error que había cometido, hasta que vi la parte superior de vuestro rostro anoche, sobre la mampara de madera, Laisre, bajo una iluminación idéntica. Fuisteis vos, Laisre de Gleann Geis, quien salió de las cuadras, no vuestra hermana gemela, Orla.
Capítulo 20
Laisre se reclinó en la silla como si le hubieran asestado un golpe. Se quedó con la boca abierta, consternado.
Los ojos de Fidelma no expresaron conmiseración alguna al pronunciar la acusación. El jefe de Gleann Geis tragó saliva y, curiosamente, a continuación se encorvó y abrió las manos en un curioso ademán, que bien podía expresar una actitud defensiva, o bien una rendición.
– No negaré que me vierais -confesó con la voz apagada, provocando una perceptible expresión de asombro entre los reunidos-, pero negaré que fuera yo quien matara a Solin de Armagh.
Esperaban que Fidelma insistiera en acusarle, pero se limitó a hacerse a un lado para añadir:
– Sé que no lo matasteis vos. Aunque el hermano Solin hubiera violado a Marga, por quien profesáis amor, hubierais preferido mantenerlo con vida, porque os interesaba, ¿cierto?
Laisre no respondió. Se humedeció los labios secos, observándola con fascinación, del mismo modo que el conejo mira al zorro antes de morir.
– Fuisteis a las cuadras aquella noche porque teníais una cita secreta con el hermano Solin de Armagh, ¿no es así?
– Fui allí a reunirme con él -admitió Laisre con la voz apagada.
– Pero alguien había llegado antes que vos.
– Entré en las cuadras por la puerta lateral. Solin ya estaba en el suelo, apuñalado. Me fui en cuanto vi que agonizaba. Reconozco, por tanto, que me visteis salir de las cuadras.
– El error que cometí fue pensar que vos erais vuestra hermana gemela, porque la capa os ocultaba de tal forma, que lo único que vi fue la parte superior del rostro. No es de extrañar que os enfadarais tanto cuando acusé a Orla. Vuestra ira se debía al temor que sentíais; tenías miedo por vos. Teníais miedo de que, en un momento dado, me percatara de mi error. Vuestro miedo me hizo sospechar de vos, ya que, de inspiraros simpatía, de pronto pasé a inspiraros odio, un cambio muy evidente. Teníais tanto miedo que, cuando supisteis por Rudgal que había nombrado a Eadulf mi brehon, empujasteis un bloque suelto de la almena de la ráth cuando él pasaba por debajo. Gracias a Dios, no lo matasteis.
Eadulf tragó saliva al recordar el incidente.
– ¿Así que fuisteis vos? -preguntó Eadulf, mirando fijamente a Laisre un instante, para luego dirigirse a Fidelma-. Pero, ¿cómo supisteis que era Laisre, si no estuvisteis allí?