La mujer se acercó a Marga, la cogió del brazo y la acompañó a su lugar.
Colla rodeaba con el brazo a Orla, la cual abrazaba a su vez a Esnad con fuerza. La niña temblaba, conmocionada por lo sucedido.
Sólo Murgal parecía dueño de sí. Miró a Fidelma con emoción contenida.
– Teníais razón: aquí hay mucha barbarie. ¿También él fue responsable de la muerte de Dianach…?
– De forma indirecta -confirmó Fidelma-. El hermano Dianach sabía que Laisre estaba implicado en la conspiración con su maestro, Solin de Armagh. Claro está, Dianach también estaba involucrado, pero consideraba que la causa de Solin era justa, y no era consciente de lo corrupto que era. Dianach era un simple sirviente. En muchos sentidos, era un joven ingenuo. Laisre acudió a Dianach cuando me encarcelaron. Sabía que yo era inocente y que, si se descubría la verdad, la sospecha recaería en él. Orla podía demostrar su inocencia a través de Colla y, tarde o temprano, yo me daría cuenta de lo que había visto. El hecho de que Orla y Laisre fueran gemelos terminaría por hacerme pensar en él. Laisre decidió que debía asegurarse de que me declararan culpable. Por esa razón le dijo a Dianach que comprara las vacas de Nemon para sobornar a Artgal, de modo que mantuviera la declaración contra mí y, así, asegurar su posición.
– Lo hizo para eludir su culpabilidad. Pero, ¿por qué mató a Solin? -preguntó Murgal, que estaba perplejo.
Fidelma movió la cabeza y negó:
– Laisre no mató al hermano Solin. Olvidáis que Solin era su aliado. Sin Solin, la conspiración no saldría adelante.
Murgal estaba totalmente desconcertado.
– Pero, yo creía que…
– No he mentido al decirle a Laisre que yo sabía que él no había matado al hermano Solin. Laisre sólo quería asegurarse de que yo me convertía en el chivo expiatorio, porque sabía quién era el verdadero culpable. El problema surgió cuando vos me pusisteis en libertad; el verdadero asesino pensó entonces erróneamente que Dianach y Artgal se habían convertido de algún modo en una amenaza. Esperó a Dianach y a Artgal en la granja de éste, después de la farsa de mi juicio. El asesino había preparado una bebida envenenada para ellos, a fin de evitar que siguieran hablando. Pero era un veneno de efecto retardado, que dio tiempo al asesino para convencer a Artgal de que huyera del valle con algún pretexto, acaso para huir del castigo. Es decir, el objetivo principal era que Artgal desapareciera. El asesino le sugirió que saliera de Gleann Geis por el sendero que sigue el curso del río, a través de las cuevas, a sabiendas de que, en un momento dado, el veneno actuaría: y Artgal nunca saldría de las cuevas con vida.
– Así que el asesino se quedó a solas con Dianach, a la espera de que el veneno hiciera efecto. La razón por la que el monje debía morir es evidente. Pero, como digo, el veneno era de efecto retardado. Mientras esperaba el fatal efecto de la pócima, vio que Rudgal, Eadulf y yo nos acercábamos a la granja de Artgal, por lo que solamente podía hacer una cosa. Debió de engañar a Dianach, diciéndole que queríamos hacerle daño, y lo invitó a esconderse; el asesino aprovechó la ocasión para cortarle el cuello justo cuando el monje se inclinó para entrar en el cobertizo de la granja.
Murgal seguía su argumentación con mucho interés, asintiendo, mientras ella exponía sus conclusiones sin divagar.
– No veo fisura alguna en vuestro razonamiento. De acuerdo, nos remite a la cuestión de la identidad del asesino. Por lo que decís… sólo puede ser Marga.
Marga era incapaz de reaccionar. Seguía bajo el efecto de la impresión de haber sido rechazada por Laisre. Fidelma sorprendió a todos los presentes con un ademán negativo.
– A estas alturas ya habréis deducido que Marga secundaba a Laisre en la conspiración iniciada por el ansia de poder de Mael Dúin. En eso estamos todos de acuerdo. Ella era el emisario que envió Laisre a los hombres de Ailech. ¿Por qué se involucró? Porque estaba enamorada de Laisre. Él le había prometido contraer matrimonio. Le había prometido compartir con ella el poder que le iba a otorgar Mael Dúin. Le había prometido ser su igual.
Antes de proseguir, hizo una pausa para que sus palabras hicieran mella.
– Como parte del plan, Laisre tenía que enviar a alguien para que se reuniera con los hombres de Mael Dúin y les mostrara el mejor lugar en el que representar la macabra farsa del sacrificio ritual. Por razones obvias, no podía ir en persona. Tenía que enviar a alguien con un cargo de autoridad, capaz de dirigir a los hombres de Ailech, no a una simple boticaria. Por ese motivo hizo vestir a Marga con las ropas de Orla, para que así aparentara una posición. Asimismo, le explicó que debía interpretar el papel. Y tan bien lo interpretó, que incluso participó en la caza de un prófugo. Hay que saber que Marga no tiene estima alguna por los cristianos, por lo que estuvo encantada de hacerlo y no le importó en absoluto el destino que esperaba a los prisioneros.
– Sin embargo, por mucha antipatía que tuviera por el hermano Solin, lo último que habría hecho Marga habría sido matar al aliado de Laisre antes de que la conspiración saliera adelante. No, ella y Laisre tenían demasiado en juego para matar a Solin sólo por haberla insultado.
– Entonces, ¿quién es el asesino? -exigió Colla con cierta irritación-. Decidlo ya, pues tenemos los nervios crispados; decidlo para poder poner fin de una vez a esta horrible situación.
– ¿Les diréis por qué matasteis al hermano Solin o se lo digo yo, Cruinn? -preguntó Fidelma en voz baja.
La oronda mujer, que estaba sentada junto a Marga, consolándola, no se alteró siquiera. Tenía una expresión pétrea.
– Decídselo si debéis -dijo al fin sin emoción, y cerró la boca, apretando los labios.
Marga soltó un sollozo de angustia, agarrando el brazo de la mujer.
– ¿Vos? ¿Vos matasteis a Solin?
– ¿Cómo no iba a hacerlo, hija? -respondió Cruinn con sosiego.
Marga se dio la vuelta y miró de uno en uno a todos los presentes con los ojos muy abiertos antes de clavarlos en Fidelma.
– Yo no lo sabía -susurró.
– Estoy segura de ello -dijo Fidelma, que luego miró a Cruinn-. Matasteis al hermano Dianach asestándole una puñalada muy similar a la que habéis asestado a Laisre. Y también envenenasteis a Artgal.
– ¿Pero qué disparate estáis diciendo? -preguntó Orla, que aunque ya había recuperado el aplomo, no asimiló aquel nuevo giro-. ¿Para qué querría esta anciana mujer matar a nadie?
Colla estaba de acuerdo.
– Deberéis explicaros, Fidelma. ¿Por qué iba a cometer esta honesta hostalera los asesinatos? Es una locura.
– Si fue una locura, fue la locura de una madre posesiva.
Cruinn fue implacable.
– ¿Desde cuándo lo sabéis? -preguntó a Fidelma.
– Desde hace ya un tiempo, pero no entendía cuál era el papel de Orla en todo esto. Hasta anoche aún estaba convencida de que la había visto salir de las cuadras. En cuanto supe que no era Orla, todo comenzó a encajar rápidamente, y esta mañana Ibor me ha proporcionado la última pieza del rompecabezas al informarme de que había encontrado el cuerpo de Artgal en las cuevas.
– ¿Vais a decirnos por qué lo hizo Cruinn? -sugirió Murgal.
– Cruinn es la madre de Marga.
– Casi todos lo saben en el valle -afirmó Murgal-. No es ningún secreto.
– Algo que se da por sentado puede dar lugar a malentendidos -respondió Fidelma-. Yo, aquí, soy extranjera y, por tanto, no lo sabía. Si lo hubiera sabido, tal vez podrían haberse evitado algunas muertes. Tuve que deducirlo por mi cuenta. Debería haber prestado más atención cuando Cruinn dijo que iba a recoger hierbas curativas con su hija. Más tarde mencionó que recogía hierbas para la boticaria. Me costó un tiempo relacionarlas: la boticaria era su hija. Luego recordé que, el día en que Murgal se insinuó a Marga durante el banquete, y Marga le dio una bofetada y salió, Cruinn fue tras ella para consolarla, mirando encolerizada a Murgal.