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– Marga es una mujer hermosa -confesó Murgal, avergonzado-. No hay nada malo en rendirle tributo a la belleza.

– Depende de cómo se rinde ese tributo. Podría haber ocurrido algo peor, de haberos sobrepasado como lo hizo el hermano Solin. Podríais haber firmado vuestra propia sentencia de muerte, al igual que Solin, si hubierais insistido en prestar una atención no deseada. Cruinn quería mantener pura a su hija para el matrimonio con el jefe.

– Y yo debería haber estado más atenta la vez que Cruinn me preguntó sobre las leyes matrimoniales de los jefes. Creí que Cruinn albergaba ilusiones para con ella misma, cuando en realidad Marga le había dicho que Laisre la había pedido en matrimonio. Aquello agradó a Cruinn, pues tenía ambiciones para su hija. Pero la embargaban ciertas preocupaciones, de ahí que me preguntara sobre la ley matrimonial; en concreto, la dedicada al casamiento entre jefes y plebeyos. Cruinn quería proteger los intereses de su hija. De ahí su rabia hacia vos, Murgal, por insultar a su hija delante de Laisre. Más adelante, cuando descubrió que el hermano Solin había intentado tomar a su hija por la fuerza, la sangre se le subió a la cabeza. Sin saber que el hermano Solin era esencial para los planes de Laisre, una noche que vio salir al hermano a hurtadillas del hostal, Cruinn pensó que era la ocasión adecuada para vengarse. Lo siguió hasta las cuadras y lo mató, y lo hizo justo en el momento en que Laisre entraba para citarse en secreto con él, con motivo de la conspiración.

– Tenéis razón -intervino con reserva la mujer-. Tenéis toda la razón. Laisre entró en el momento en que Solin se desplomaba. Le dije que lo había hecho por Marga y por su felicidad futura. Aquello lo turbó primero, pero luego me indicó que saliera de allí y me llevara el cuchillo. Me ordenó que lo limpiara, para que no sospecharan de mí.

Fidelma prosiguió con el relato de los hechos.

– Laisre salió de las cuadras de inmediato. Entonces fue cuando lo vi, envuelto en la capa, y lo confundí con su hermana. Pero Laisre no podía acusar a la madre de Marga. Estaba pensando en cómo resolver el problema, cuando yo entré en escena por casualidad. Qué perfecto sería si, entre todos, se declarara a la cristiana culpable del asesinato del hermano Solin. Si conseguía que me culparan de asesinar al secretario de Ultan de Armagh, ello causaría la tensión que Mael Dúin pretendía provocar. Con suerte, el rey de Cashel incluso habría enviado guerreros que garantizaran mi liberación. De este modo, Laisre habría compensado el plan inicial, que yo había frustrado al no reaccionar como esperaban ante la matanza ritual.

Cruinn miró a Fidelma con impasibilidad y le preguntó:

– ¿Cómo me relacionasteis con el asesinato de Artgal y Dianach?

– Dejasteis los vasos del veneno en la cabaña. Olí los restos de cicuta que quedaron. Gracias a la profesión de boticaria de Marga, teníais suficientes conocimientos para preparar un veneno de estas características. En cuanto vi que Dianach tenía los labios azulados, supe que lo habían envenenado. Pero al ver que nos acercábamos, salisteis precipitadamente de la cabaña con él, y os dejasteis un delantal. Aunque Artgal hubiera sido una persona lo bastante pulcra para usar un delantal, era demasiado grande para él. Además, yo misma os había visto con una prenda similar en el hostal. Entonces, cuando Ibor me dijo que habían encontrado el cuerpo de Artgal en el camino del que me habíais hablado, supe que los habíais envenenado a los dos.

En la sala consistorial volvió a producirse un silencio absoluto mientras los presentes escuchaban aquella trágica historia.

Murgal dijo a Colla sin alzar la voz:

– Ahora sois nuestro jefe electo, Colla. Sois vos quien debéis tomar las decisiones.

Colla dudó. Cruzó miradas con su esposa Orla antes de volverse hacia Fidelma con un gesto inquisitivo.

– ¿Es cierto que ahora soy yo quien debe tomar las decisiones en Gleann Geis? -preguntó, dirigiéndole una mirada significativa a Ibor y a sus guerreros.

– Ahora que se ha resuelto este misterio, Ibor de Muirthemne y sus hombres esperarán vuestras

decisiones -le confirmó Fidelma-. Sois el jefe electo de Gleann Geis.

Ibor empuñó con elegancia la espada para saludar al nuevo jefe.

– Vos tenéis el mando, Colla -dijo.

– En tal caso, Cruinn y su hija deberán ser detenidas hasta que se las juzgue por lo que han hecho: a Marga, por planear la traición de su pueblo en alianza con Laisre; y a Cruinn, por sus despiadados asesinatos. Me habría inclinado a tratar con indulgencia a Cruinn por el carácter pasional de su crimen, si a éste no hubieran sucedido las calculadas muertes del joven Dianach y de Artgal.

Colla cogió a su esposa de la mano.

– Si el Consejo me acepta como jefe de Gleann Geis -añadió-, denunciaré y repudiaré el pacto de Laisre con Mael Dúin de Ailech y renovaré el compromiso de lealtad a Cashel y a sus reyes legítimos.

Ibor de Muirthemne sonreía de satisfacción.

– Excelente. Me honrará llevar a Tara este mensaje. Sechnassuch estará encantado. Pero tened presente que tan sólo hemos ganado una batalla a las ambiciones de Mael Dúin. Los Uí Néill del norte no cejarán en su empeño. Mientras Muman sea el único obstáculo que le impida dominar los cinco reinos, Mael Dúin ingeniará otras maneras de derrocar al gobierno de Cashel. Así pues, avisados quedáis.

Ibor se volvió hacia sus soldados:

– Liberad a los hombres de Gleann Geis y decidles que su nuevo jefe es Colla. Luego saldremos hacia el norte, de regreso a Tara -ordenó; entonces miró a Fidelma-. Ha sido… acaso «un placer» no sería la expresión adecuada; pero ha sido «gratificante» trabajar con vos, Fidelma de Gashel.

– También lo ha sido para mí trabajar con vos, Ibor de Muirthemne.

Ibor volvió a saludar a los presentes enarbolando la espada con dramatismo antes de seguir a los guerreros que salían de la sala consistorial.

Colla señaló entonces a Rudgal, que todavía estaba en el fondo de la sala con las muñecas atadas a la espalda.

– ¿Y qué hacemos con él, Fidelma? ¿Qué cargos presentáis contra Rudgal?

Fidelma sintió una punzada de culpa, pues casi había olvidado al rubio guerrero, aquejado de amor. Se volvió hacia Eadulf para decirle:

– Lo dejo en vuestras manos, Eadulf. Fue vuestra vida la que amenazó.

Eadulf le pidió a Colla que le prestara su cuchillo. Colla lo desenvainó con recelo y se lo dio con la empuñadura por delante. Eadulf llamó entonces a Esnad, que ya parecía haberse recuperado de aquella terrible experiencia.

– Tomad esto, Esnad -le ordenó-, y liberad a Rudgal. Luego lleváoslo de aquí y hablad con él seriamente. Ante todo, tratad de explicarle que yo os importo tanto como vos me importáis a mí.

Esnad se ruborizó un poco al mirar a Eadulf a la cara; luego apartó la vista, avergonzada, y se limitó a inclinar la cabeza y a acercarse a Rudgal con el cuchillo.

Ronan se había hecho cargo de Marga y de su madre, Cruinn, y las acompañaba a la salida. Nemon había salido con Bairsech, que casi mostraba simpatía por su vecina.

Eadulf se dirigió a Fidelma con una mueca de ironía:

– No estaba seguro de cómo ibais a sacarnos del laberinto en el que creía habernos perdido. Creo que me habéis dejado tan estupefacto como a todos los presentes.

Fidelma respondió con un aspaviento, quitándose importancia.

– Exageráis, Eadulf. Sólo parecía complicado porque había dos motivaciones distintas para cada fechoría.

Orla se adelantó, aún con el rostro tenso a causa de la impresión que le había causado la perfidia de su hermano. Hacía lo posible por mantener la compostura y parecía avergonzada al dirigirse a Fidelma.

– Sólo quería pediros perdón por mi actitud cuando pensaba…