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Regresar a Europa. Cuando comprendió que tendrían que volver a su casa, la inundó una sensación de alivio. La tomó por sorpresa. Si alguien le hubiera preguntado si le gustaba Afganistán, ella habría contestado que le fascinaba lo que hacía, que era algo que valía la pena, y que se desenvolvía realmente muy bien y que hasta disfrutaba. Pero ahora que tenía frente a sí la perspectiva de regresar a la civilización, su resistencia se desmoronó y tuvo que admitir para sus adentros que el paisaje agreste, los inviernos gélidos, el pueblo extraño, los bombardeos y el interminable fluir de hombres y muchachos mutilados y heridos le habían puesto los nervios en tensión hasta un grado ya intolerable.

La verdad es que este lugar me resulta espantoso, pensó.

Chantal dejó de mamar y se quedó dormida. Jane la cambió y la acostó sobre su colchoncito, sin despertarla. El equilibrio psíquico de la pequeña era una bendición. Dormía en medio de cualquier crisis; con tal de estar cómoda y con el estómago lleno, ningún ruido o movimiento la despertaba. Sin embargo, era sensible a los estados de ánimo de Jane, y muchas veces despertaba cuando ella estaba angustiada, aunque no hubiese ruido alguno.

Jane se sentó con las piernas cruzadas sobre su colchón, observando a su hijita dormida y pensando en Jean-Pierre. Ojalá estuviera aquí para poder hablar inmediatamente con él. Se preguntó por qué no estaría más enojada, para no decir ultrajada, al descubrir que había estado traicionando a los guerrilleros con los rusos. ¿Sería porque se había reconciliado con la idea de que todos los hombres eran unos mentirosos? ¿Habría llegado a convencerse de que en esa guerra los únicos inocentes eran las madres, las esposas y las hijas de ambos bandos? ¿El hecho de ser esposa y madre habría alterado tanto su personalidad que una traición como la de su marido ya no resultaba ultrajante? ¿O sería simplemente porque amaba a Jean-Pierre? Lo ignoraba.

De todos modos, ése era el momento de pensar en el futuro, no en el pasado. Regresaría a París donde había carteros, librerías y agua corriente. Chantal tendría ropa bonita, un cochecito y pañales desechables. Vivirían en un pequeño apartamento de algún barrio interesante donde el único verdadero peligro podrían ser los conductores de taxis. Ella y su marido volverían a empezar y esta vez llegarían a conocerse a fondo. Trabajarían para convertir el mundo en un lugar mejor, utilizando medios graduales y legítimos en lugar de intrigas o traiciones. La experiencia adquirida en Afganistán los ayudaría a conseguir trabajo en el Tercer Mundo, tal vez en la Organización Mundial de la Salud. La vida de casada sería tal como ella la había imaginado, con ellos tres haciendo el bien, sintiéndose seguros y felices.

Entró Fara. Había terminado la hora de la siesta. Saludó a Jane respetuosamente, miró a Chantal y al ver que estaba dormida, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, esperando instrucciones. Era hija del hijo mayor de Rabia, Ismael Gul, que en ese momento formaba parte de la caravana…

Jane quedó sin aliento. Fara le dirigió una mirada inquisitiva. Jane hizo una seña con la mano, como quitándole importancia, y Fara desvió la mirada. Su padre forma parte de la caravana, pensó Jane.

Jean-Pierre había traicionado a esa caravana ante los rusos. El padre de Fara moriría en la emboscada, a menos que Jane pudiera hacer algo por impedirlo. Pero ¿qué? Podrían enviar un mensajero para encontrarse con la caravana en el paso de Khybcr e indicarles que tomaran una ruta distinta. Mohammed estaba en condiciones de arreglar eso. Pero Jane tendría que decirle cómo sabía que la caravana sufriría una emboscada, y entonces probablemente Mohammed mataría a Jean-Pierre, quizá con sus propias manos.

Si uno de ellos tiene que morir, que sea Ismael y no Jean-Pierre, pensó Jane.

Entonces se acordó de los otros treinta hombres del valle que integraban la caravana y sintió que se le clavaba un cuchillo en el corazón: ¿tendrán que morir todos para que se salve mi marido? Kahmir Khan, el de la barba ensortijada, y el viejo Shahazai Gul, y Yussuf Gul que canta tan maravillosamente; y Sher Kador, el pastorcito de las cabras; y Abdur Mohammed a quien le faltan los dientes delanteros; y Alí Ghanim que tiene catorce hijos?

Tenía que haber alguna manera de impedirlo.

Se dirigió a la entrada de la cueva y se quedó mirando hacia afuera. Ahora que la siesta había terminado, los chicos abandonaron las cuevas para reiniciar sus juegos entre las rocas y los arbustos espinosos. Allí estaba Mousa, de nueve años, el único hijo varón de Mohammed -más malcriado ahora que sólo le quedaba una mano-, jugando con el nuevo cuchillo que su padre le había regalado. Vio a la madre de Fara subiendo la ladera de la montaña con un haz de leña sobre la cabeza. Y allí estaba también la mujer del mullah, lavando la camisa de Abdullah. No vio a Mohammed, ni a Halima, su esposa. Pero sabía que él se encontraba en Banda, porque lo había visto esa mañana. Sin duda habría almorzado con su mujer y sus hijos en la cueva. Casi todas las familias tenían una cueva propia. Allí estaría él en ese momento, pero Jane no quería ir a buscarlo abiertamente, porque eso significaría provocar un escándalo en la comunidad y ella debía ser discreta.

¿Qué le diré?, pensó.

Consideró la posibilidad de hacerle una petición directa: Haz esto por mí, simplemente porque yo te lo pido. Habría dado resultado con cualquier hombre occidental que estuviera enamorado de ella, pero los musulmanes no parecían tener una concepción demasiado romántica del amor: lo que Mohammed sentía por ella misma mas bien se parecía a un sentimiento bastante tierno de lujuria. Y decididamente esto no lo ponía a él a su disposición. Y, de todos modos, ella ni siquiera estaba segura de que él siguiera sintiendo lo mismo. Entonces, ¿qué? El no le debía nada. Ella nunca lo había atendido a él ni a su esposa. Pero en cambio había atendido a Mousa: había salvado la vida del muchachito. Mohammed tenía con ella una deuda de honor.

Haz esto porque yo salvé a tu hijo. Tal vez diera resultado.

Pero Mohammed le preguntaría por qué.

Iban apareciendo más mujeres, que salían en busca de agua y barrían sus cuevas, atendían a sus animales y preparaban la comida. Jane sabía que en cualquier momento vería a Mohammed.

¿Qué le diría?

Los rusos conocen la ruta que seguirá la caravana.

¿Y cómo lo averiguaron?

No lo sé, Mohammed.

¿Entonces por qué estás tan segura?

No te lo puedo decir. Escuché una conversación. Recibí un mensaje del Servicio Secreto Británico. Tengo un presentimiento. Lo vi en las cartas. Lo soñé.

Esa era la solución: un sueño.

En ese momento lo vio. Salía de su cueva, alto y apuesto, con ropa de viaje: el redondo gorro chitralí, como el de Masud, del tipo que usaban casi todos los guerrilleros; el pattu de tono barroso que le servía de capa, toalla, manta y camuflaje; y las botas altas de cuero que le había quitado al cadáver de un oficial ruso. Cruzó el claro con el paso rápido de quien tiene que recorrer un largo camino antes de la puesta del sol. Tomó el sendero que bajaba hacia el pueblo desierto.

Jane observó desaparecer su alta figura. Ahora o nunca, se dijo; y lo siguió. Al principio caminó lentamente y con aire de indiferencia, para que no resultara evidente que lo seguía; después, al quedar fuera de la vista de las cuevas, empezó a correr. Resbalaba y tropezaba por el sendero polvoriento mientras pensaba: Qué consecuencias físicas me traerá esta carrera. Cuando vio a Mohammed delante de ella, lo llamó a gritos. El se detuvo, se volvió y esperó.

– Dios sea contigo, Mohammed Khan -dijo ella cuando pudo alcanzarlo.

– Y contigo, Jane Debout -contestó él amablemente.

Ella hizo una pausa, tratando de recobrar el aliento. El la observó con expresión de divertida tolerancia.

– ¿Cómo está Mousa? -preguntó ella.

– Está bien y feliz, y aprendiendo a utilizar su mano izquierda. Algún día matará con ella.

Esa era una pequeña broma: tradicionalmente la mano izquierda se utilizaba para los trabajos sucios y la derecha para comer. Jane le sonrió, reconociendo su ingeniosa respuesta.

– Me alegro muchísimo de haber podido salvarle la vida -dijo Jane.

Si él pensó que la frase era una falta de buen gusto, no lo demostró.

– Tengo una deuda eterna contigo -contestó.

Eso era justamente lo que ella pretendía que dijera.

– Hay algo que podrías hacer por mí -confesó.

La expresión de Mohammed era indescifrable.

– Si está a mi alcance…

Ella miró a su alrededor, en busca de algún lugar donde sentarse. Estaban de pie cerca de una casa bombardeada. El sendero se hallaba cubierto de piedras y tierra desprendidos de la pared delantera y ellos podían ver el interior del edificio donde el único utensilio que quedaba era una olla rajada y como detalle incongruente, sobre una pared, se veía una fotografía en colores de un automóvil Cadillac. Jane se sentó sobre las piedras y, después de un instante de vacilación, Mohammed se sentó a su lado.

– Está dentro de tus posibilidades -aseguró ella-. Pero te provocará una pequeña molestia.

– ¿De qué se trata?

– Es posible que lo consideres como el capricho de una mujer tonta.

– Tal vez.

– Te sentirás tentado de engañarme, aceptando mi petición y después olvidándote de llevarla a cabo.

– No.

– Lo único que te pido es que seas veraz conmigo, tanto si lo aceptas como si no.

– Lo seré.

Ya basta, pensó Jane.

– Quiero que envíes un mensajero al encuentro de la caravana y que les ordene modificar la ruta de regreso.

El quedó desconcertado, posiblemente esperaba una petición trivial, doméstica.

– ¿Por qué? -preguntó.

– ¿Tú crees en los sueños, Mohammed Khan?

Mohammed se encogió de hombros.

– Los sueños son sueños -dijo evasivamente.

Tal vez haya sido una manera equivocada de dirigirme a él -pensó Jane-. Tal vez hubiese sido mejor hablar de una visión.

– Mientras estaba tendida a solas en mi cueva, durante las horas de calor, me pareció ver una paloma blanca.

De repente él la escuchó con atención, y Jane supo que había pronunciado la frase justa: los afganos creían que a veces las palomas estaban habitadas por espíritus.